Charly y su perrito de fuego

De todas las mascotas que tuvo Charly –y tuvo muchísimas– la mejor fue su perrito de fuego, Llamarada.

Apareció cuando Charly acababa de cumplir los ocho años. Un chispazo se desprendió del fuego que su papá preparaba para el asado y tomó la forma de un perrito de unos treinta centímetros de altura, de patas cortas, un poco rechoncho, y absolutamente naranja y ardiente.

Al principio, Llamarada no cayó muy simpático en la casa. Durante la primera semana, secó todos los malvones del patio y dos veces incendió las cortinas del living. Cuando venían visitas había que repartir  trajes de amianto, porque como era cachorro tenía la costumbre de saltar sobre los recién llegados.

Después de quemar dos cuchas, decidieron que lo mejor sería que durmiera en la chimenea. Lo alimentaban con carbón dos veces al día.

Con el paso del tiempo se fue tranquilizando y muy pronto todos apreciaron su cálida presencia. Era el que encendía las velas cuando se cortaba la luz, colaboraba con los asados, y se acurrucaba junto a la pava para mantener caliente el agua del mate.

A Charly le gustaba pasear de noche con Llamarada, porque iba iluminando el camino y ya no le daba miedo la oscuridad del campo. Se acostaban los dos sobre las rocas y miraban las estrellas por horas. A veces Llamarada les aullaba, como hacen los lobos a la luna.

Otro juego favorito de los dos era masticar petardos. Charly los arrojaba y Llamarada los atrapaba en el aire con su hocico candente provocando un estallido que hacía reír a los chicos y sobresaltaba a los grandes. Podían hacer el mismo juego con una pelota, pero no era tan divertido porque no hacía ruido y largaba un olor a goma quemada muy desagradable.

Un día, Charly desafió a Llamarada: le propuso el juego de las escondidas. Llamarada era muy malo en eso, porque siempre el humo lo delataba. Pero aceptó el desafío, porque era un perro muy orgulloso. Mientras Charly contaba hasta cien apoyado contra el tronco de un paraíso, Llamarada empezó a corretear buscando el sitio perfecto para su escondite. El galpón, no, porque tenía pinturas inflamables. La leñera, imposible. El bosque, peligrosísimo. El río,…

—¡Punto y coma, el que no se escondió se embroma!

Pssssss… Apenas una nubecita de vapor, etérea y suave, incapaz de delatar el escondite perfecto de Llamarada.

De todas las mascotas que tuvo Charly, la mejor fue Llamarada. Lástima que le duró tan poco.

Karina Echevarría

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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