Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (8)

Octavo Capítulo

– ¡Qué bueno que estés aquí! – le dijo Alicia al gato sonriente, pero él no la escuchó, porque solamente era una sonrisa, no tenía oídos. Alicia esperó a que tuviera ojos para hacerle un saludo con la mano, y cuando ya tenía la cabeza completa volvió a decirle:

– ¡Qué bueno que viniste! Me estaba aburriendo mucho. Ahora por lo menos tendré con quién conversar un rato.

– ¿Qué tal el partido? – preguntó el gato.

– ¡Uff, es un lío!. Cada uno hace lo que quiere, y se la pasan peleando y discutiendo.

– ¿Y la reina?

– Esa mujer está loca, tiene un carácter terrible… – en ese momento Alicia se dio cuenta de que la reina estaba detrás de ella. – terriblemente hermoso. – completó. La reina la miró y sonrió complacida.

– ¿Con quién hablás? – le preguntó sin ver al gato.

– Con un gato amigo, es muy inteligente y simpático.

– Yo no veo ningún gato, solamente veo una cabeza, y por cierto, una cabeza bastante despeinada y bigotuda.

– Más despeinada está usted. – respondió el gato con insolencia. La reina se puso roja de vergüenza y furia y gritó tan fuerte que todo el reino la escuchó:

– ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza!

Inmediatamente llegaron los soldados, y con ellos el verdugo que era el encargado de cortar la cabeza a los sentenciados. Pero entonces comenzó una gran discusión:

– Su majestad, – decía el verdugo – no puedo cortarle la cabeza si solamente tiene cabeza.

– Justamente – insistía la reina – si tiene cabeza, se le puede cortar. Usted no podría cortar la cabeza a un cuerpo sin cabeza, pero a una cabeza sin cuerpo, ¿por qué no?

Y así seguían sin llegar a ninguna decisión. El gato los miraba divertido, y en cuanto los vio muy enfrascados en la discusión, le guiñó un ojo a Alicia y desapareció completamente, dejando su sonrisa suspendida en el aire un par de segundos.

Cuando la reina se dio cuenta de la desaparición del gato se puso más furiosa todavía.

– ¿Dónde está esa cabeza? ¿Quién se la ha llevado? ¿Fuiste vos? – preguntó señalando a Alicia con el dedo índice.

– Yo no – respondió – ese gato está siempre apareciendo y desapareciendo misteriosamente.

– Es tu gato, así que vos sos la responsable de sus insolencias. Ya que no hay gato…, ¡que le corten la cabeza a esta niña! – ordenó la reina.

Alicia tragó saliva, y empezó a pensar en cómo escapar.

No podía creer el lío en el que estaba metida. Ahora la culpaban por la insolencia del gato que encima había desaparecido. Dos soldados la tomaron, uno de cada brazo, para que no pudiera escaparse.

– Pero, si yo no hice nada. – se quejaba Alicia. Pero nadie parecía escucharla. De repente se había formado un jurado con pájaros y otros animales de todas clases que ocupaban doce asientos en una tribuna. El rey se había vestido de juez con una larga túnica negra y una peluca llena de rulos, y golpeaba una mesita que tenía delante con un martillo de madera.

– ¡Orden en la sala! – gritaba – Que comience el juicio.

– ¿Qué juicio? – preguntaba Alicia – Si yo no hice nada…

– Guarde silencio la acusada, o la haré retirarse de la sala.

– Yo no me voy nada. – respondió Alicia que una vez más había empezado a agrandarse.

– Póngase de pie para escuchar la acusación. – ordenó una de las sotas mientras desenrollaba un pergamino larguísimo. – Está usted acusada de haber hecho desaparecer al gato, de destruir la casa del Conejo Blanco, de inundar el jardín con sus lágrimas, y de hacer trampa jugando al croquet.

– ¡Yo nunca hago trampa! – protestó Alicia, que seguía creciendo y ahora tenía que mirar hacia abajo para hablar con la sota.

– ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza! – gritaba la Reina.

– ¡Eso es un disparate, Señora! Usted quiere que le corten la cabeza a todo el mundo – le contestó Alicia.

La reina estaba otra vez roja y no paraba de gritar. El rey daba golpes con el martillo y nadie le hacía caso. Y Alicia no paraba de crecer. Los miembros del jurado conversaban entre sí, y ponían cara de indignación.

– Yo la declaro culpable – anunció el rey –. Y ahora sí… ¡que le corten la cabeza!

Alicia, que había recuperado su tamaño normal, dijo:

– Usted no puede hacer eso, ninguno de ustedes puede, porque no son más que un mazo de cartas.

En cuanto acabó de pronunciar estas palabras todas las cartas volaron por el aire. Desaparecieron la tribuna del jurado, el campo de croquet, las rosas y los rosales. Alicia sintió que otra vez caía y flotaba en el aire, muy suave y lentamente. Pronto se sintió cansada de tanto caer y cerró los ojos. Volvió a abrirlos cuando sintió que aterrizaba sobre un montón de hojas secas.

– Alicia, Alicia – la llamaba la voz de su hermana –. Parece que te quedaste dormida. Vamos, que ya casi es de noche.

– No sabés que sueño tan extraño tuve. Estuve en un país maravilloso. – Mientras caminaban hacia la casa, Alicia le contó a su hermana sus increíbles aventuras.

FIN.

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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