Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (7)

Séptimo Capítulo

Esta vez Alicia llegó hasta un verdadero jardín, con pasto muy cortito, rosales y rosas. Sin embargo, la sorprendió ver a tres jardineros muy preocupados en pintar las rosas con pintura roja.

– ¿Qué hacen? – preguntó.

– Es que nos equivocamos, – comenzó a explicar uno – y plantamos un rosal blanco en el lugar en que iba uno rojo.

– Sí – siguió otro – y si la reina lo descubre, nos cortará la cabeza.

– ¡Caramba! – exclamó Alicia – No debe ser tan grave el asunto.

– Me parece que vos no conocés a la reina, – volvió a hablar el primero – si la conocieras, seguramente nos ayudarías a pintar…

– ¡La reina! ¡La reina! – gritó el tercero que había estado vigilando.

La reina no llegaba sola, sino que estaba rodeada por toda una comitiva. Primero venían diez soldados con tréboles en el pecho. Despues venían otros diez con diamantes. A continuación marchaban diez con picas y por último venían los diez soldados de corazones. ¡Todos eran cartas!

Junto a la reina, la sota de corazones traía la corona apoyada en un pequeño almohadón rojo de terciopelo. Y un poco más atrás venía el rey.

Los tres jardineros se habían tirado al piso en cuanto vieron llegar al grupo. Alicia, en cambio, prefirió quedarse de pie para poder ver el desfile. Cuando la reina llegó hasta donde estaba ella se detuvo y preguntó:

– ¿Y vos quién sos?

– Mi nombre es Alicia, su Majestad. – respondió muy educadamente.

– ¿Y sabés jugar al crocket?

– ¡Sí! – dijo entusiasmada.

– Entonces vení con nosotros.

Alicia se unió al grupo y muy pronto llegaron al campo de juego, pero el partido parecía más complicado de lo que hubiera esperado. Las bolas eran pequeños erizos que se enroscaban sobre sí mismos. Los palos eran en realidad flamencos, debían tomarlos de las patas, y con el pico curvo golpear las bolas. Y los arcos eran soldados, que se ponían en cuatro patas para que las bolas pasaran por debajo de ellos. El problema estaba en que los jugadores no tenían turnos, como debiera ser, sino que jugaban todos al mismo tiempo. Los erizos, a veces se desenroscaban y se iban a dar un paseo por ahí. Los soldados se movían para que la reina acertara todos sus tiros. Si de casualidad ella no acertaba, enseguida gritaba:

– ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza!

El juego se estaba poniendo un poco peligroso, y Alicia pensó en marcharse. Pero justo en ese momento vio algo entre los árboles que llamó su atención. ¡Era la sonrisa del gato sonriente!

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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