Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (4)

Cuarto Capítulo

En el bosque anduvo un rato largo, hasta que empezó a sentir hambre. A su lado crecían varios manzanos, pero como apenas medía diez centímetros, no alcanzaba a arrancar ni una fruta.

– Quisiera ser grande… – suspiró – no muy grande, pero tan grande como era hace unas horas, antes de entrar por ese túnel.

– A mí me parece que ya sos suficientemente grande. – dijo una vocecita. Era una oruga, gorda y muy verde que la miraba fijamente desde arriba de un hongo.

– ¡Claro que no! – protestó Alicia – Apenas mido diez centímetros.

– El tamaño ideal. – dijo la oruga, bajando del hongo y poniéndose en dos patas al lado de Alicia justo hasta la altura de su mirada.

– Perdón,  Señora Oruga, diez centímetros están muy bien para una oruga, pero evidentemente son poco para una niña.

– ¿Sos una niña? – preguntó curiosa la oruga – Yo creí que eras una flor.

– Soy una niña y soy demasiado pequeña. Pero desde que llegué a este lugar no hago más que cambiar de tamaño todo el tiempo. Quisiera volver a tener mi tamaño normal.

– Eso es muy sencillo. – dijo la oruga – ¿Ves este hongo? Si comés de un lado crecerás, y si comés del otro te harás más pequeña.

– ¿Y de cuál debo comer para crecer?

– ¡Ah! Eso no lo sé – dijo la oruga, dio media vuelta y se fue.

Alicia caminó un rato alrededor del hongo y finalmente decidió tomar dos pedacitos, uno de cada lado.

– Si al probar uno, comienzo a achicarme, inmediatamente comeré el otro. Y así volveré a ser grande.

Cerró los ojos y dio un mordisco al pedacito de hongo que tenía en la mano izquierda. Inmediatamente sintió que subía, como si fuera en un ascensor. Abrió los ojos y vio sus pies que se alejaban rápidamente, allí abajo, en el piso. Pero también sus hombros habían quedado abajo, el que había crecido ¡era su cuello!

– ¡Epa! ¡Una víbora! – gritó una paloma al ver el largo cuello de Alicia.

– No soy una víbora. – lloriqueba Alicia – es que mi cuello creció de golpe, y mucho.

– Sí, sí, sos una víbora que querés comerte mis huevos. Pero no voy a permitirlo.

– Soy una niña, y no como huevos. Bueno, a veces sí, pero fritos o duros…

– ¡Fuera, fuera! – gritaba la paloma pegándole a Alicia aletazos en la cabeza. Ella quiso alejarse, pero el cuello era tan largo que se le enredaba entre las ramas. Entonces recordó que aún tenía un pedacito de hongo en la mano derecha. Acercó la cabeza hasta su mano y empezó a masticarlo. Por suerte, su cuello empezó a acortarse de a poquito hasta que volvió a ser lo que era en un principio.

Más aliviada, Alicia siguió caminando por el bosque.

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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