Por arte de magia

 

Calibrí limpió su varita mágica con mucho cuidado. La última vez que le había dado por pasarle el lustra-muebles se le había resbalado de las manos y había terminado con los sillones del comedor convertidos en miniaturas de colección. Es que era una varita muy potente, de madera de caoba, lustrosa y suave, lo que hacía mucho más sencilla su manipulación, pero lo que también implicaba cierta precaución para evitar accidentes de magia involuntaria.

Esperaba detrás del telón, en el escenario del Teatro Municipal, su turno en la Competencia Anual de Magia y Prestidigitación. Lo suyo en realidad no era magia, así como suelen llamarla los magos de galera que se limitan a hacer trucos, a engañar a los espectadores. Calibrí era en realidad un potente hechicero, un mago auténtico, de poderes mágicos y conjuros, de pociones y varita. Su presencia en la competencia no era del todo legal después de todo. Le llevaba gran ventaja al resto, y sin duda se llevaría el trofeo con cualquier desaparición de primer nivel, sin tener que llegar siquiera a las transformaciones, a la transmutación o a la teletransportación.

-No deberías participar -le había dicho su esposa. Pero Calibrí había insistido en que ninguna cláusula del reglamento indicaba impedimento para magos auténticos como él-. Eso es lógico –insistió ella- porque no creen en la magia, ¿cómo prohibirían algo que para ellos no existe?

El caso es que Calibrí aguardaba su turno impaciente mientras acababa de lustrar con una franela su varita mágica. Hasta el momento se habían presentado los típicos trucos de todos los años: la mujer seccionada a la mitad, el conejo que salía de la galera, la desaparición de la paloma y aburridos juegos de cartas. Calibrí saboreaba anticipadamente su triunfo. Era tan fácil como quitarle un caramelo a un niño.

Durante los diez minutos que duró su presentación, Calibrí mantuvo al público con la boca abierta. Hizo la prueba de la levitación del elefante, con transformación en lluvia de papelitos de colores que cayeron sobre el público justo cuando esperaban recibir el peso del paquidermo en sus cabezas. Después hizo la transportación de un dragón desde las tierras de Dragonia, lo enfrentó solamente con su varita y lo convirtió en un fósforo que utilizó para encender una vela. La vela fue convertida en volcán, y cuando la lava comenzó a desbordar el escenario y los espectadores de primera fila se quitaban los abrigos chamuscados, convirtió todo en una nube de vapor que se voló por las ventilaciones. La gente aplaudía, gritaba, lloraba y reía ante la destreza de aquel prestidigitador. Sin sospechar, claro, que lo que veían no era un truco, sino auténtica magia.

Los participantes que siguieron a Calibrí recibieron abucheos y gestos de aburrimiento o burlas despectivas. Todos sus trucos parecían bromas de mal gusto. Algunos, incluso, se retiraron de la competencia para evitar el papelón. Solamente quedaba una mujercita de cabello oscuro y gruesos anteojos. Llevaba un vestido gris, un sombrero del mismo color y una canasta con un gato negro que dormía y ronroneaba sin enterarse de nada. Calibrí se sentó a esperar que la mujer acabara, con la alegría del ganador pintada en su sonrisa.

Pero no pudo ser.

Calibrí tuvo que conformarse con un segundo puesto. Su primo Augusto, sí, su mismísimo primo Augusto, el que había estudiado en la academia de arte dramático, el que había seguido todos los cursos de cultura musical por correspondencia, el que había terminado la carrera de arquitectura, el que solía transformarse en gato negro cada mes, le robó el primer puesto.

Es que no hay muchos gatos que reciten Shakespeare, toquen el piano y construyan una catedral gótica solo por arte de magia. Y tampoco había en el reglamento ninguna cláusula que impidiera la participación de un gato.

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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2 respuestas a Por arte de magia

  1. solsilvestre dijo:

    ¡Me encantó! Y ahora me pregunto si alguno de esos prestidigitadores que nos hacen aplaudir,gritar, llorar y reír (¿acaso René Lavand?)no serán auténticos magos como Calibrí. Gracias, kari, por meterme un poco de tu mundo posible en mi vida real, que a veces aburre tanto.

  2. gbalseiro dijo:

    ¡Cuánta magia literaria en esta breve historia! ¡Felicitaciones, Karina! Leerxleer es un placer.

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