Televisión y lectura (2da parte)

La televisión como motivación: de la pantalla al libro.

Se ha planteado ya el importante espacio que la televisión ocupa en la vida del niño y el adolescente.  Es considerada “el más universal y más concreto de todos los medios de comunicación” y se ha señalado que “ejerce una verdadera fascinación sobre el público”[1]. Ahora bien, si su atracción es tan grande, ¿por qué no utilizarla como un medio para llegar al libro? No se puede ya pensar en prohibir, ni seguir oponiendo las actividades de leer y ver TV. Sino, por el contrario, se deben hacer evidentes ciertas analogías de ambos medios para la satisfacción de las necesidades más urgentes que plantean los jóvenes. Ambos textos, el audiovisual y el impreso, pueden acercarnos la información sobre los cantantes de moda que tanto enfervorizan a las adolescentes; ambos pueden suspender nuestra respiración en un relato de suspenso o deleitar la imaginación romántica a través de una novelita rosa, prima hermana de la telenovela de mayor rating.

Hay determinados textos, que por su temática o por referencias directas a programas televisivos, son ideales puentes hacia la lectura. Si de promoción se trata habrá que ser cauteloso y sobre todo abierto a lecturas no del todo académicas, pues no podemos pretender que la promoción comience con la lectura de los clásicos.  Sandroni sugiere, por el contrario, libros de autores contemporáneos, con temáticas modernas y un lenguaje cercano a la oralidad, revistas de historietas que tan claramente combinan imágenes y palabras, y los periódicos (especialmente en la adolescencia) por la actualidad y variedad de temáticas. “Una película es un libro de imágenes en movimiento”[2], si nuestra intención es crear un puente entre la pantalla y el libro, ¿por qué no buscar aquellos libros cuyas imágenes los niños ya conocen de la pantalla televisiva? Se agregarían entonces libros de temática televisiva: colecciones que narran uno a uno los capítulos de los Simpson, descripciones de los videoclips de moda, revistas que cuentan el final de una telenovela. No pretendo con esto conformarme con el contenido de estas lecturas, ni sumarme al cíclico debate de si los clásicos forman el gusto, o si a través de la formación del gusto se llega a los clásicos. Pero si a escribir aprendimos gradualmente y escribiendo torcido, creo que es fundamental en primer lugar crear el hábito de la lectura, la selección llegará después. Los adolescentes de hoy no son los mismos de hace 40 años en lo que a competencias y hábitos lectores se refiere; muchos de ellos se estrenan en la lectura literaria con los libros que leen en la escuela, y empezar con un clásico definitivamente dificulta la convicción de que la lectura es placentera.

Por otro lado, no creo que un mal libro arruine a un lector, como tampoco un mal lápiz hace daño al escritor que lo emplea.

Se señaló entonces como primer analogía entre la televisión y la lectura, la capacidad de satisfacer ciertas necesidades de los adolescentes. Pero no es esta la única, hay muchas otras a nivel del proceso de decodificación de los mensajes (impresos o audiovisuales), que nos permiten hablar de procesos paralelos.

La televisión paralela a la lectura: en la pantalla y en el libro

Plantear un cierto paralelismo entre los procesos de lectura y visionado de televisión abre un sin fin de discusiones y posturas opuestas. Ignacio de Bofarull[3], por su parte, plantea que la televisión y la lectura activan procesos mentales distintos. La primera privilegia la pasividad y la satisfacción inmediata, mientras que la segunda supone una actividad y una satisfacción diferida. Desde este punto de vista, en el caso del telespectador la decodificación sería absolutamente automática. Aquí tendríamos que hacer una objeción y marcar dos niveles de visionado: uno rutinario e inocente que tal vez se acercaría al automatismo, y uno un poco más profundo que permite al espectador detectar mensajes solapados en la ironía, citas de intertextualidad, frases de doble sentido. No podemos creer que el reconocimiento de elementos de otros textos como recurso de efecto, tal como lo plantea la intertextualidad, sea un proceso automático, porque además de requerir competencias culturales – conocimiento previo del intertexto – requiere un proceso activo de identificación de aquellas pautas que refieren al mismo. Los mismo sucede con la parodia, la ironía, las metáforas y tantos otros recursos que son de empleo cotidiano en la televisión. Ningún televidente puede interpretar automáticamente los mensajes que se valen de estos recursos, sino que por el contrario se le exigen unas ciertas competencias televisivas  y un cierto grado de práctica en el visionado. Esto se comprueba fácilmente cuando se coloca a un adulto frente a la profusión de metáforas y al fragmentarismo y la velocidad propios de algunos videoclips; es muy probable que llegue a leer menos que un adolescente entrenado en la lectura de este tipo de textos.

Pérez Tornero[4] opone parcialmente televisión y libro en los siguientes aspectos: la escritura es lineal, mientras que la imagen es simultánea; la palabra es arbitraria, mientras que la imagen es analógica. Pero inmediatamente completa el planteo aclarando que la televisión no es sólo imagen, sino también palabra y texto. A su vez deberíamos agregar que el libro no es sólo palabra, sino que se complementa con imágenes – especialmente los libros infanto-juveniles – y que aún el más sobrio ejemplar no puede escapar al diseño icónico de las letras y de las formas.  Además, plantea el autor, el discurso de la televisión formado por imagen y palabra se desarrolla en el tiempo, no es una imagen estática, es progresivo y en este sentido se asemeja a la palabra, que en la oralidad tiene una linealidad temporal. Esta dimensión temporal del discurso televisivo es la que lleva al espectador a tener que obrar sobre las imágenes y las palabras para reconstruir el relato; la televisión no se ve pasivamente, reclama actividad cerebral, reclama un esfuerzo de construcción o de reconstrucción. En este sentido Perez Tornero habla de una lectura de la televisión, de la misma manera que podemos hablar de una lectura de textos impresos; y leer televisión, lejos de ser una operación automática requiere todo un esfuerzo de raciocinio y de imaginación. “En lo que se refiere a las operaciones semióticas que implican su lectura, la TV se asemeja al libro”[5]. Este claro paralelismo a nivel de lectura se hace más evidente en el empleo de muchos elementos de análisis surgidos de la teoría literaria en el análisis cinematográfico, y viceversa en la apropiación de recursos cinematográficos por parte de la literatura. “Gran parte del desarrollo de la narratología y del análisis textual puede ser aplicada al análisis del discurso y del lenguaje de la televisión. En ella reconocemos estructuras profundas y superficiales, actantes y transformaciones, espacios y tiempos, universos discursivos, tópicos y estrategias enunciativas… Y la televisión se nos aparecerá entonces como un texto y el espectador como un lector activo de ese texto.”[6]

La televisión no se ve pasivamente, como tampoco se lee pasivamente; y en todo caso si hay un visionado rutinario de TV que se acerca mucho a la pasividad, hay también una lectura mecánica que nos lleva a pasar una y otra vez por las letras de un texto sin lograr enterarnos de su contenido. No es que el texto audiovisual lleve a la pasividad y el texto impreso a la actividad racional, en todo caso hay diferentes niveles de lectura para ambos textos.

Desde el punto de vista de la comunicación, en ambos casos el receptor – televidente o lector – es igualmente indispensable. La imagen en movimiento en la pantalla, al igual que las palabras impresas en el libro, sólo se complementan mediante la recepción; ambas reclaman para su realización como mensajes, la presencia activa de un receptor que las reciba e interprete. Lo que el receptor hace con estos mensajes también puede ofrecernos un punto de convergencia. El interés y la necesidad que los niños y jóvenes plantean frente a ciertos mensajes televisivos hablan de que en ellos encuentran más que un trivial entretenimiento. Hablando de la TV y los adolescentes, Rosa María Bueno Fisher dice que “ella también les sirve como un medio de proyección e identificación de sentimientos y deseos. En ella, ese público ha demostrado que encuentra narraciones tan mitológicas como las que envuelven la vida de nuestros pueblos primitivos”[7]. La función simbólica del mito que halló en su momento el lugar ideal para desarrollarse en el relato popular oral y luego en la literatura escrita, encuentra hoy su sitio también en  el soporte audiovisual. La identificación que surge por parte de los telespectadores con los personajes de ficción no siempre ha sido bien vista, ya que en muchos casos promueve la masificación en relación a conductas o maneras de pensar.  Sin embargo, Marro y Dellamea, advierten al respecto que esta identificación no necesariamente aparece “como un perder identidad (individual o colectiva) por un convertirse en otro ajeno, sino por el contrario en un apropiarse de lo ajeno y lo nuevo reconocido por alguna analogía con uno mismo”[8]. Volveríamos a esa idea de autoconocimiento que habíamos planteado como uno de los objetivos de la lectura. Tendríamos que decir entonces que la literatura y la televisión nos acercan a los mitos, y a través de ellos a un mejor conocimiento de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.

La analogía entre el texto escrito y texto audiovisual surge también a nivel de sintaxis. Planteábamos antes que el discurso de la televisión es progresivo, y el relato surge a partir de la organización de las imágenes a través del montaje. Las relaciones que se establecen entre una imagen y la anterior, o entre una imagen y la siguiente, se corresponden con las que establecen entre palabras y frases los signos de puntuación y los conectores lógico-temporales.  Esta analogía aparece de manera explícita en un género como el de la historieta, justo entre el story-board cinematográfico y el relato ilustrado literario. En ella, muchos elementos del montaje cinematográfico se traducen en cartuchos que verbalizan conectores temporales tales como el “mientras tanto”, o “tiempo atrás”.

Más allá de las diferencias claras que pueden surgir de la lectura  de textos elaborados en dos códigos diferentes como son el audiovisual y el escrito, hay muchas analogías que no pueden ocultarse y que deben ser aprovechadas a la hora de promover la lectura. Considerar que el visionado de televisión es pasivo es crear la idea de un televidente que equivale a aquel educando ‘tabula rasa’ que algunas corrientes psicopedagógicas pretendieron vendernos, y una vez más es subestimar  a nuestros alumnos.

La transposición: del libro a la pantalla

Suele suceder cuando el docente propone una lectura extensa que los alumnos pregunten de manera inmediata: “¿no hay película de esto?”. Está clara la facilidad con que decodifican el mensaje audiovisual y la automática asociación lúdica que surge ante la sola mención de la pantalla televisiva.  Esto puede a veces desanimar la idea de la lectura, porque se les plantea como un esfuerzo inútil, frente a la posibilidad de “enterarse de lo mismo” en una película. Sin embargo, la transposición del lenguaje verbal escrito a un lenguaje audiovisual, puede ser una herramienta didáctica que colabore en la promoción de la lectura. Flood y Lapp[9] plantean que la televisión proporciona redundancia a través de las imágenes, lo cual mejora la habilidad de los televidentes para procesar mensajes verbales.  La propuesta de leer mensajes codificados en primer lugar a través de la escritura y luego en el lenguaje audiovisual permite a los alumnos no sólo una mejor comprensión de los mismos, sino acceder a un mejor conocimiento de los códigos empleados. Tanto la escritura como la televisión y el cine, plantean sus limitaciones y sus capacidades que aparecen claramente a través de la comparación. Diferentes códigos imponen diferente tratamiento, por ejemplo, de las descripciones minuciosas, tan desarrolladas en la expresión escrita y que se convierten en un paneo exasperante de detalles en la filmación; o de un mínimo gesto de dolor en la pantalla que exige un párrafo entero de explicaciones en el texto.

Rafael Rueda Guerrero[10] se pregunta si tiene una mayor influencia el ver la película para llegar al libro, o el leer el libro para ir al cine a ver la película, a lo que él mismo se responde que tanto el cine como la TV fomentan la lectura, pero la lectura a su vez también fomenta el deseo de ver cine en niños y en jóvenes; son dos lenguajes que se apoyan mutuamente. Ver proyectados en la pantalla aquellos personajes y lugares recreados por la imaginación en la lectura, es siempre un buen motivo para acercarse a la versión audiovisual de una historia leída. Las comparaciones luego surgen de manera casi espontánea, y de allí se puede llegar a enriquecedoras conclusiones sobre la fidelidad a la versión original, la óptica del realizador y las limitaciones propias de cada código.

Conclusiones

Televisión y lectura no son enemigas ni compiten por el tiempo de niños y jóvenes. Son actividades diferentes, que por los procesos que activan en el alumno pueden resultar complementarias. Es por ello que el docente puede valerse de la televisión como una herramienta eficaz para la promoción de la lectura a través de diferentes actividades que surgen de tres metodologías básicas:

  • emplear la televisión como una motivación y hacer un pasaje de la pantalla al libro;
  • aplicar de manera paralela algunos recursos comunes a ambos textos;
  • complementar y enriquecer la lectura de material impreso con textos audiovisuales, pasando del libro a la pantalla.

A medida que se expande la noción de alfabetización, deben considerarse nuevos textos para la instrucción de la misma. Nuestros alumnos no son sólo receptores de textos escritos, sino sobre todo son receptores de mensajes audiovisuales que deben decodificar. La escuela, lejos de oponer ambas actividades, debe reunirlas y desarrollar en el alumno las competencias necesarias para la interpretación y la producción de textos escritos y audiovisuales de manera eficaz.  La meta principal del proceso de alfabetización consiste en “mostrar a quien se alfabetiza la importancia de leer y cómo puede esa habilidad realmente modificar su vida, haciéndola mejor y más rica.”[11] Esto se aplica tanto a la lecto-escritura como al lenguaje audiovisual.  Las propuestas de actividades didácticas que se desarrollan a continuación tienen como objetivo establecer la complementariedad del texto escrito y el texto audiovisual y servir como herramientas de promoción de la lectura.

Karina Echevarría


[1] SANDRONI, Laura, ibid.  (p.21)

[2] DE LA TORRE, Saturnino, “El cine, un espacio formativo”, en DE LA TORRE, Saturnino, Cine formativo, Una estrategia innovadora para los docentes, Barcelona, Octaedro, 1996. (p. 26)

[3] BOFARULL, Ignacio de, “Fomentar la lectura desde la televisión”, en Primeras noticias. Comunicación y pedagogía, nº143, Barcelona, 1997. ( pp. 60 – 65).

[4] PÉREZ TORNERO, José Manuel, El desafío educativo de la televisión, Para comprender y usar el medio, Barcelona, Paidós, 1994.

[5] PÉREZ TORNERO, José Manuel, ibid. (p.94)

[6] PÉREZ TORNERO, José Manuel, ibid. (p.95)

[7] FISHER, Rosa  María Bueno, El mito en el comedor, discurso infanto-juvenil sobre televisión, Río de Janeiro, Movimiento, 1984; citado en SANDRONI, Laura, op.cit. (p.24)

[8] MARRO, Mabel S., DELLAMEA, Amalia B., La comunicación social, Buenos Aires, Fundación Universidad a distancia Hernandarias, 1993.

[9] FLOOD, James; LAPP, Diane, “Television and reading: Refocusing the debate”, en The Reading Teacher, Vol.49, nº2, Newark, October 1995.

[10] RUEDA GUERRERO, Rafael, “¿Libro o película? La animación lectora a través de dos lenguajes diferentes” en CLIJ, año 12, número 113, Torre de Papel, Barcelona,  febrero 1999, (pp. 26-31)

[11] SANDRONI, Laura, op.cit., (p.26)

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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Una respuesta a Televisión y lectura (2da parte)

  1. andres sobico dijo:

    Karina , muy interesante el ensayo, hay que imaginar otras “entradas” para que los chicos tomen el gusto a ese realto sutil que es la literatura; yo hice algunos experimentos en las escuelas de mis hijos (“2001, Odisea Espacial, eje y tensión entre libro y peli, lo terminamos on un video-historieta hecho por ellos- año2001)
    ¿Sabés si en youtube se ven libros leídos?

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