Los guantes del pulpo

Cazuelo salió de su cueva furioso. Llevaba los ocho tentáculos desnudos y cada tanto se estremecía con un escalofrío. Largaba chorros de tinta y revolvía el fondo del mar provocando una nube densa y oscura.

– ¡¿Dónde están mis guantes?! ¿Quién se ha atrevido, en pleno invierno, a quitarme mis preciosos guantes de anémona? El que haya sido pagará por ello.

Los demás animales marinos, se hacían a un lado para dejarlo pasar y se miraban con sospechas y acusaciones. Provocar la ira del pulpo era muy peligroso. La última vez que se había enojado, había convertido el mar en un tintero, y nadie había podido salir de su casa durante días.

La ostra Perlina se abrió un poquitín, apenas unos milímetros y dijo:

– Yo tengo uno. – y se cerró inmediatamente, esperando que su vocecita se hubiera disimulado entre los murmullos generales.

El pulpo la tomó entre dos tentáculos y la sacudió violentamente.

– ¡¿Cóoooomo?! ¿Qué has dicho? ¡¡¡Repítelo ahora mismo!!!

– Perdone, Señor pulpo,… – burbujeó la ostra entre sacudones.

– ¡¡¡Insensata!!! ¡¡¡Atrevida!!! Robarme un guante, ¿Para qué quiere una ostra un guante de pulpo? Quisiera saberlo ahora mismo.

– Bueno, yo… quería… quería guardar mis perlas, y no sabía dónde. Además era el último que quedaba, yo pensé que un guante solo no puede ya servirle a un pulpo, ¿no le parece?

– No, claro que no, para eso tengo cuatro pares. Pero es usted igualmente una ladrona.

– Por favor, Señor pulpo, no me quite su guante. Es solamente uno, a usted no le alcanza, y si yo dejo mis perlas sueltas en el mar, los hombres me las robarán y todo mi esfuerzo será inútil…

– ¿Inútil? ¿Es que acaso las perlas sirven para algo?

– ¡Claro que sí! Los hombres las buscan para hacer collares, y son collares muy hermosos. Yo quiero hacer collares también, y poner una joyería bajo el mar. Pero si no protejo mis perlas, no lo lograré nunca, se lo ruego, no me quite su guante…

– Está bien, ya no lloriquee. Puede quedarse con el guante, después de todo es solo uno, y si recupero los otros siete, me daré por contento. – y diciendo esto, comenzó una vez más a dirigir miradas inquisidoras al resto de los animales marinos.

– Y ahora, ¿quién más confesará? ¡¿Dónde están mis guantes?!

– Ejem… eh… bueno… yo… este… – la vocecita de Ico, el caballito de mar, sonó en el medio del silencio. Todos giraron para mirarlo y vieron lo que llevaba en su cabeza: ¡un guante de pulpo!

– ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡Ladrón! Ya veo que lo llevas puesto como un bonete, ¡devuélvelo! – y con un rápido movimiento de tentáculos le arrancó el sombrero. Los animales se paralizaron al ver lo que el guante había estado ocultando.

– Pero – el pulpo estaba confundido – ¿qué le pasó a usted en la cabeza?

– Buaaaaaa….Buaaaaaaaaaa… buuuuuuaaaaaaaaa…, ¡me estoy quedando pelado! Mis bellas y doradas crines han desaparecido. Buaaaaaaaaa…

– Bueno, bueno – dijo el pulpo volviendo a acomodarle el guante como bonete – no haga tanto escándalo, después de todo yo soy calvo de nacimiento y no digo nada. Quédese con el guante nomás, con tal que aparezcan los otros seis estaré conforme.

– Gracias, snif, gracias, Señor pulpo. Y para devolverle este inmenso favor, le diré algo, yo he visto otro de sus guantes, en el bosque de corales, cerca de la playa, lo tenía un pez anaranjado, de labios gruesos y ojos saltones.

– ¡El pez Garibaldi! Me pagará la osadía, ya verá cuando lo agarre.

Inmediatamente el pulpo se impulsó con sus tentáculos rumbo a la playa. Todos lo siguieron en comitiva, por pura curiosidad, claro. Peces grandes y pequeños, camarones y langostinos, calamares y almejas, la ostra Perlina, Ico el caballito, el doctor Tiburón,  y hasta un pez espada de nariz torcida y desafilada, nadaban a gran velocidad. Como si fueran un prolijo desfile, giraban a un lado o al otro casi al mismo tiempo y en absoluto silencio. Detrás de sí dejaban una hilera de burbujitas que subían y desaparecían en la claridad de la superficie, lejos, allá arriba.

A medida que se aproximaban a la costa, el agua se fue haciendo más tibia y el sol hacía clarear las piedras y las plantas. Pronto entraron al bosque de corales y allí encontraron al pez Garibaldi, aleteando sobre el guante de Cazuelo. La primera intención del pulpo fue tironear de su prenda, pero antes que le fuera posible hacerlo, el pez naranja le ordenó:

– ¡Alto, Cazuelo!

– ¡¿Cómo?! ¿Te atreves a darme órdenes? Después de robarme, ¿te atreves a darme órdenes? Pescado insignificante, levántate de mi guante ahora mismo.

El pez obedeció al instante, y cuando se levantó, dejó al descubierto varias decenas de huevecillos transparentes. Todos los animales suspiraron enternecidos.

– Garibaldi está cuidando huevecitos, ¡va a ser padre!

– Así es – dijo el pez – y por eso tomé prestado su guante, Sr. Cazuelo, pero pienso devolverlo en cuanto hayan nacido mis pequeños.

– ¿Y cuándo será eso? – preguntó el pulpo impaciente.

– Exactamente en dos semanas. Entonces le devolveré su guante.

– ¡Ja! Para entonces mis tentáculos estarán congelados, de ninguna manera puedo permitirlo.

– Se lo suplico, Sr. Cazuelo, es la primera vez que seré padre y quiero que todo sea perfecto. Además con un solo guante, ¿qué puede usted hacer?

– Bueno, sí, eso es cierto, pero es que…

– Por favor, por favor… – suplicaron todos los animales a coro, y Cazuelo no tuvo más remedio que acceder a su pedido.

– Todavía me quedan cinco guantes, y tal vez, si los voy rotando, es posible que pase el invierno sin enfermarme.

La multitud de animales marinos decidió regresar hacia las profundidades del océano. Emprendieron otra vez la marcha, en silencio, y pensando cómo continuaría la búsqueda de los guantes. Y así iban, ensimismados, cuando se cruzaron con la Estrella Bella, con cara de preocupada y un termómetro en la mano.

– ¡Qué suerte que los encuentro! Estoy buscando al Dr. Tiburón, mi marido arde de fiebre y tiembla de frío, y yo ya no sé qué hacer.

El doctor Tiburón inmediatamente se ofreció para revisar al enfermo.

– Pero, ¿y mis guantes? – preguntó el pulpo que había pasado de la furia a la decepción y estaba por ponerse a llorar.

– Usted comprenderá que esto es una urgencia – dijo imperativo el doctor – después seguiremos buscando sus guantes. – Y toda la comitiva se dirigió a la gruta de las estrellas. Allí encontraron al marido de Bella. El pobrecito tiritaba y para abrigarse se había puesto en cada una de sus cinco extremidades lo primero que había encontrado. ¿Y qué era esto? Pues nada más y nada menos que ¡los cinco guantes de Cazuelo!

– ¡Esto es el colmo! – bramó el pulpo – ¡Mis preciosos guantes de anémona!

– Por favor, Sr. Cazuelo, mi marido está muy grave, podría morir, no grite ni se enoje.

– Sería muy peligroso desabrigarlo. – confirmó el doctor – al menos por un par de días debe permanecer abrigadito y en reposo.

– ¡Un par de días!, pero estamos en pleno invierno, ya tengo la piel de gallina y no puedo disponer de mis guantes. Acabaré enfermándome yo. – protestaba Cazuelo. Y tenía un poco de razón. El pulpo era muy sensible a los cambios de temperatura y nunca había pasado un invierno sin sus preciosos guantes. Los animales estaban conmovidos. Más allá de su mal carácter, Cazuelo había sido muy generoso con la ostra, con el caballito de mar, con el pez y con la estrella. Pero ahora sufría las consecuencias de su generosidad.

– ¡Atchiiiiiiisssss! – estornudó Cazuelo y dejó escapar un chorro de tinta. – Creo que empiezo a resfriarme,…

– Tengo una idea, – dijo un camarón pequeñito – nosotros le tejeremos cuatro pares de guantes de algas.

– ¿En serio? ¿Y cuánto tardarán?

– Apenas un ratito, ya verá, somos muchos y lo haremos enseguida.

Inmediatamente se juntaron veinte, treinta, cuarenta y hasta cincuenta camarones. Empezaron a hacer ovillos de algas y a entretejerlas con una velocidad asombrosa. Subían y bajaban, iban de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Las algas se cruzaban, se trenzaban, se unían y separaban formando un tejido suave y mullido.

Cuando terminaron, Cazuelo se probó los cuatro pares. Le quedaban perfectos, a la medida.

– Son hermosísimos, y mucho más suaves que los de anémonas. Han hecho un trabajo excelente.

Los camarones se pusieron colorados de orgullo. Cada uno de los animales marinos asintió satisfecho y regresó a su hogar. Y así Cazuelo tuvo unos hermosos guantes nuevos ese invierno.

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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Una respuesta a Los guantes del pulpo

  1. Juan dijo:

    ¡El cuento favorito de Manu! 😉 ¡Gracias por compartirlo!

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