Destino antroponímico

Adelina Marina Rovina odiaba la rima. Su nombre, por lo tanto, era su peor desgracia, la única en realidad.¿Qué culpa tenía ella de haber heredado el nombre de sus abuelas? ¿Cuál era su responsabilidad en el apellido italiano del abuelo que venía a coronar como la cereza del postre dos nombres rimados? ¡Qué injusto el destino que venía a llamarla de ese manera redundante y monótona!

De pequeña le hubiera gustado aprender a tocar la mandolina, pero con sólo imaginar la presentación de su primer concierto: “Y en la mandolina, Adelina Marina Rovina”, había desistido inmediatamente. En el jardín de infantes no se atrevía a tocar la plastilina, temiendo que alguien le dijese: “Dejá la plastilina, Adelina Marina Rovina”. No hubiera podido soportar semejante vergüenza.

Nunca pudo comprar mandarinas en la verdulería del barrio, ni harina en el almacén, ni aspirinas en la farmacia. Descartó el sueño de ser bailarina, ignoró sus dotes de adivina y negó su natural inclinación por la cocina. Nunca viviría en las Malvinas, ni tomaría Hesperidina, ni comería sardinas. Eran tantas las cosas que Adelina había descartado a causa de su nombre, que por eso lo odiaba tanto.

Cuando cumplió dieciséis años, Adelina supo que el nombre podía cambiarse, sólo debía esperar hasta la mayoría de edad. Entonces sí sería libre de hacer lo que quisiera: abusar de la sal fina, comprarse una mascota felina, navegar una lancha a turbina, gritar de esquina a esquina que no era una asesina sólo por matar una rima. Porque en el fondo, a pesar de que ella sentía tanta inquina no podía renegar de la culpa inquilina que la embargaba ante la idea de cambiar su nombre.

Al cumplir los dieciocho, Adelina fue al registro civil y tras un trámite burocrático pasó a ser Teresa. Al principio se sintió feliz, eso era lo que siempre había deseado. Sin embargo, casi inmediatamente empezó a sentir que algo le faltaba. No lograba darse cuenta de qué era. Quiso espantar, como un mal sueño, esa tenue desazón que parecía abrirse en el fondo de su estómago. Pero no pudo. Al cruzar la calle, frente a la vidriera empañada de una rotisería, como una sutil nostalgia de algo perdido, con la expresa certeza de lo irrecuperable, comenzó a sentir el deseo de comer milanesa…

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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3 respuestas a Destino antroponímico

  1. Una lectura que disfruté y con la cual me divertí. Siempre he dicho que hasta para hacer reír hay que ser inteligentes. Felicitaciones.

  2. andrés sobico dijo:

    ¡Esa es mi Teresa!

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