Mensajes lejanos

“Mi nombre es Juliana, quisiera que fueras mi amigo. Si te gusta la idea, escribime, mi dirección está al final de este mensaje.” Eso decía el papelito que Juliana había enrollado y metido en una botella. Caminó por la playa más de una hora, hasta encontrar el lugar apropiado para lanzarla al mar. Recorrió el espigón completo y llegó hasta la parte de las piedras, donde no había turistas ni pescadores. Se internó lo más que pudo mojándose las zapatillas con la espuma que trepaba entre las rocas. Con un impulso que casi le cuesta un chapuzón, arrojó el mensaje. Su mirada cristalina y luminosa siguió por unos minutos el rumbo de la botella que flotaba alejándose, después la perdió de vista.

La semana siguiente la pasó imaginando el posible destinatario de su invitación. Calculó distancias, velocidad, dirección de las mareas y concluyó que su carta podía llegar a cualquier región entre el Amazonas y Ushuaia en unos veinte días, y casi a cualquier rincón del planisferio con un poco más de tiempo. La idea de tener un amigo desconocido en otra parte del mundo la llenaba de ansiedad y no pasaba un día en que no revisara el buzón por lo menos dos o tres veces.

— Ojalá me escriba antes de mi cumple, si no vive lejos lo invito —se dijo a sí misma, aunque en el fondo soñaba con que su amigo viviera lejos, muy lejos, en algún lugar exótico. Lo imaginaba con turbante en medio de un desierto. Otras veces lo creía bajo un grueso abrigo en medio de la nieve. Lo soñaba de su edad y de las otras edades, varón y mujer, alto y chiquito, gordo y delgado, rubio casi albino y negro como el carbón. Siempre lo pensaba y no se cansaba de pensarlo.

Llegó su cumpleaños, y hasta último momento Juliana guardó un globo y una bolsita. Tuvo una porción de torta en el freezer durante un mes entero. No había noticias del amigo, quizás no pensaba escribir, sino caer de sorpresa un día y tocarle el timbre y contarle cómo la había imaginado a ella misma, su amiga lejana. A veces la asaltaba el temor de que la botella se hubiera roto en los acantilados y el mensaje borrado por completo. ¿Había sellado bien el corcho? ¿Y si se llenaba de agua y se hundía para siempre? Pero trataba de alejar esas ideas de su cabeza.

Pasaron varios cumpleaños. Las playas se llenaron de turistas en los veranos para después quedar despojadas en invierno. La jornada de ocho horas en el correo le dejaba a Juliana poco tiempo para pasear por la orilla, algo que siempre había disfrutado de pequeña. Sin embargo, ocasionalmente lograba escaparse temprano para ver la caída del sol sentada en la arena. A veces se acordaba de la botella y sonreía, sintiendo una extraña ternura por aquella aventura infantil. Su mirada, algo más opaca y oscura, entonces se escapaba por el espigón para terminar trepando al horizonte en busca de algo indefinible.

Un día estaba separando la correspondencia cuando encontró aquella carta. Un sobre amarillento, de letras borroneadas por la humedad y las inevitables peripecias de un largo viaje. Apenas pudo leer su nombre y dirección en el lugar del destinatario. El remitente resultaba ilegible. Adentro, un papel escrito con letra apretada en una lengua que nunca nadie supo identificar. Una foto turbia pero visible mostraba a una nena de unos ocho o nueve años, con largo cabello rubio que le cubría el torso desnudo y una plateada cola de pez que se apoyaba suavemente en una piedra. Desde la fotografía, una mirada cristalina y luminosa la interpelaba a la distancia. El resto era la inmensidad celeste del mar.

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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3 respuestas a Mensajes lejanos

  1. Juan dijo:

    ¡Qué lindo Kari! 🙂

  2. pipermenta dijo:

    Oye, que relato más bonito. Purito ingenio, de esas historias que dices ¿y como no se me ocurrió a mi?
    Una delicia.
    Saludos.

  3. solsilvestre dijo:

    Kari, voy a leerles este cuento en el taller literario para niños que doy en casa. Estoy segura de que mis quijotinas van a estar encantadas con él… Dopo te cuento!

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