Sándwich de lombrices

La primera vez que lo vi, creí que estaba comiendo un sándwich de lombrices. En realidad eran spaghettis, pero así, entre dos panes cuadrados y chorreando una salsa oscura que bien podría haber sido barro, todos creíamos que el chico nuevo comía un sándwich de lombrices. Así lo llamamos: “sándwich de lombrices”, aunque él se llamaba Rubén.

Tendría unos diez años, como nosotros, pero parecía más chico. Su baja estatura, su cabello algo largo y esas enormes remeras que casi le llegaban a las rodillas lo hacían verse más pequeño y debilucho. Vivía con su madre, que siempre estaba trabajando, y con un abuelo que cuando íbamos a buscarlo solamente canturreaba:

Para ser fuertes, sándwich de lombrices. Para ser fuertes, sándwich de lombrices. – Nosotros nos reíamos y después le repetíamos la canción a Rubén hasta el cansancio.

Íbamos al río casi todos los días en verano, pescábamos mojarritas con latas agujereadas y después las llevábamos en botellas de plástico para hacer un acuario. Es curioso, nunca ninguno hizo realmente un acuario. Los peces siempre acababan muriendo. A veces, porque olvidábamos la botella al sol. Otras, porque nuestras madres protestaban por el olor a aguas estancadas y terminaban tirando todo por el desagüe.

Rubén venía con nosotros, a pesar de que los más grandes lo cargaban y le hacían bromas todo el tiempo.

– ¿Qué hacés sándwich de lombrices?

– ¿Ya desayunaste hoy, o vas a buscar lombrices en el río?

– ¿Trajiste el pan?

Las carcajadas parecían no provocar enojo ni tristeza en Rubén. A veces, incluso creo que sonreía medio a escondidas.

Un día, volvíamos del río sin haber pescado nada. Las únicas tres mojarritas que habíamos logrado atrapar las habíamos devuelto al agua por pequeñas. En cambio sí habíamos jugado guerras de barro y algas, y estábamos bastante sucios y mojados. Veníamos caminando por la calle de tierra cuando un perro inmenso – nunca antes había visto uno tan grande – salió de la nada y empezó a ladrarnos con ferocidad. Alguno de los que iban más adelante le lanzó una piedra que fue a darle justo en medio del hocico. El animal se puso rabioso, primero aulló por el dolor, pero después inició una carrera desesperada hacia nosotros mostrando los colmillos y gruñendo de un modo que nos hizo palidecer y aflojó nuestras piernas. Ya todos corrían en rápida huída, atrás quedábamos Rubén y yo. Yo bastante más atrás, no sé por qué motivo. Quería avanzar, pero no podía evitar darme vuelta para descubrir que el animal ganaba terreno y se me acercaba cada vez más. Los de adelante lloraban histéricos presintiendo la tragedia que ya era segura.

– ¡Corré, Martín, corré que te alcanza!

Yo estaba por desmayarme cuando lo vi. Desde arriba de un árbol se me tendía una mano salvadora. Era Rubén que se había trepado y estiraba su brazo para que yo me aferrara a él. Pensé que no sería lo suficientemente fuerte, que ambos caeríamos en el polvo del camino y seríamos fatalmente devorados por la bestia. Pero no tenía otra opción. Así que cuando estuve a tiro, estiré la mano y me aferré con todas mis fuerzas y los ojos cerrados. Ambos caeríamos, estaba seguro de eso y también lo estaban los otros chicos que gritaban y lloraban desde lejos, sin atreverse a intervenir en nada.

Sin embargo, algo inesperado sucedió. Mágicamente, creo, sentí que subía. Fue un tirón firme pero suave que me llevaba hacia arriba. Los ladridos amenazantes quedaron abajo y yo sostenido en el aire, a salvo. Rubén me había salvado.

Karina Echevarría

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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3 respuestas a Sándwich de lombrices

  1. solsilvestre dijo:

    ¡Me encanta cuando se hace justicia! ¿Quién necesita espinaca, cuando hay sandwiches de lombrices? Muy lindo, Karina, lo disfruté un montón.

  2. Ale Gallo dijo:

    Gracias Kari! Como siempre, tibias palabras para el alma.

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