Felipe

pelota

Felipe tiene cinco años y una pelota de fútbol profesional que le regalaron los Reyes Magos. Cuando llega del jardín, se saca la remera blanca, se pone una camiseta de su equipo y empieza a patear la pelota hasta que rompe dos floreros, vuelca una vaso con jugo sobre el mantel, descuelga varios adornos y le pega al perro que sale al balcón aullando.

Victoria, su hermanita,  se ríe como loca desde la sillita y aplaude con las manos llenas de puré de zapallo.

Mariana, la mamá, suspira con paciencia y le pide a Felipe que termine la comida sin causar más accidentes. Entonces Felipe se sienta, pero la pelota, inquieta, sigue rodando de un pie al otro por debajo de la mesa.

A la tarde, cuando los destrozos ya superan lo tolerable, Mariana decide esconder la pelota un rato, como si fuera ella la verdadera culpable del terremoto.

Felipe la busca debajo de las camas, adentro del horno, detrás de la heladera y hasta en la bañadera. La llama, le promete paseos y premios si aparece, le habla de campeonatos, de goles, de trofeos, tratando de convencerla. No hay caso, su pelota sigue en el escondite.

El departamento parece más tranquilo sin el golpeteo furioso en las paredes y los muebles, pero las lágrimas de Felipe tampoco conforman a Mariana.

– Está bien, Felipe, vamos a la plaza, ahí podés jugar todo lo que quieras.

Felipe salta, grita, corea cantitos de cancha. La pelota también salta de sus manos al piso, y al techo, y al piso otra vez.

Victoria aplaude aunque no entiende nada.

En cinco minutos están bajando en el ascensor, felices, sonrientes, expectantes.

Cuando llegan a la vereda, unas nubes grises cubren casi todo el cielo. Mariana duda, no le gusta nada el aspecto que tienen. Pero Felipe ya le está tironeando la manga, y Victoria rezonga inquieta en la sillita.

Una vez en la plaza, el cielo está casi negro. Los pocos chicos que todavía están allí comienzan a irse. Sus voces se alejan por cada esquina. De repente los juegos están vacíos, alguna hamaca todavía se mueve impulsada por un último vaivén. Sólo se escuchan algunas chicharras que protestan tanto calor y llaman a la lluvia.

Una gota redonda, gorda y fría cae sobre la nariz de Victoria que se ríe. Antes de que Felipe pueda hacer un tiro libre, el chaparrón se desata y los baña a los tres de pies a cabeza, y de cabeza a pies. Ensopados vuelven a casa.

Felipe viene pateando penales entre los charcos de la vereda. Victoria se mata de la risa y sorbe las gotas de lluvia que le resbalan por la cara. Mariana arrastra el carrito, el nombre de Felipe, sus ropas empapadas y un malhumor húmedo y negro.

Cuando llegan a casa, un estornudo le da la idea a Mariana:

– ¡Uy! Me parece que esa pelota está resfriada, Felipe, hay que dejarla descansar. – La acuestan en una caja de zapatos, la abrigan con un repasador y le ponen el termómetro para ver la temperatura.

– Tiene mucha fiebre – lee Mariana en el vidrio del termómetro – paños de agua fría y una aspirina.

Ya con ropa seca, Victoria le roba los lápices a Felipe que dibuja en el piso, interrumpiéndose cada tanto para volver a mojar la servilleta que cubre el cuero brillante de su pelota.

Mariana le dijo que mañana, cuando salga el sol y vayan con papá al club, la pelota estará totalmente recuperada.

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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Una respuesta a Felipe

  1. solsilvestre dijo:

    ¡Me encantó, Karina! Se queda en mi memoria la frase “Mariana arrastra el carrito, el nombre de Felipe, sus ropas empapadas y un malhumor húmedo y negro”. Es sencillamente genial.
    Les voy a leer el cuento a los nenes de mi taller, estoy segura de que van a disfrutarlo.

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