Las aventuras de Sebastián Holmes 2

Capítulo 2: El misterio de los chocolates

Sebastián bajó las escaleras casi sin pisar los escalones. Acababa de hablar con Doña Rosa quien le había preparado una torta de chocolate en agradecimiento y además le había contado que Matías estaba castigado, sin poder salir a la calle. La tranquilidad de pasear sin la posibilidad de cruzárselo, lo hacía inmensamente feliz.

Al llegar a la puerta de entrada se encontró con los dos niños de la Planta baja, sus nuevos admiradores, y estaba por ofrecerles su autógrafo cuando el más grande habló:

– Necesitamos contratarte.

Recién entonces reconoció lo que el otro llevaba entre su manos. Era un chanchito de cerámica que tintineaba con ruido de monedas.

– Tenemos dinero, vamos a pagarte. – agregó el primer niño ante la cara de sorpresa de Sebastián.

– Pero, ¿para qué quieren contratarme?

– Alguien robó nuestro tesoro.

-¿¡Un tesoro!? ¿De qué están hablando?

Los dos niños hicieron un gesto para que no hablara fuerte y lo invitaron a pasar a la casa. La madre de los pequeños estaba allí, a punto de salir con el cachorro de Fox Terrier envuelto en una manta.

– ¡Qué suerte que viniste, Sebastián! Me estoy yendo con Puchi a la veterinaria, mi marido llega en cualquier momento. ¿Te quedás un ratito con Pablo y Javier?

Sebastián no tuvo tiempo de pensarlo, la mujer ya había salido con el animalito que se veía bastante mal.

– Ahora estamos solos – dijo Pablo, el niño más grande – te contaremos nuestro secreto, pero tenés que prometer que vas a ayudarnos.

– A ver, chicos, que no entiendo nada de nada. ¿Ustedes hablaron de un tesoro?

Los dos pequeños se miraron antes de seguir hablando. Esta vez fue Javier el que dijo:

– Teníamos chocolates guardados desde Pascua, todos los chocolates que nos trajo el abuelo de su viaje, y los que nos compró mamá, pero alguien se lo llevó.

– Estaban bien escondidos en el jardín, en una caja de plástico, entre las ligustrinas, pero desaparecieron. El ladrón nos dejó la caja vacía. – Los chicos le mostraron a Sebastián la caja completamente vacía.

– Tratándose de chocolates, lo primero que puedo pensar es que fue Matías. Es capaz de matar por un chocolate. – dijo Sebastián provocando el espanto en el rostro de los dos niños. – Pero hace una semana que está castigado por robar las mascotas del edificio y casi no lo dejan salir de su casa. Vamos a ver el lugar del crimen.

Los tres chicos salieron al jardín. En la ligustrina había una especie de cueva, y entre las ramas habían escondido el tesoro de chocolates. Alrededor no se veía ni un envoltorio, seguramente el ladrón se había llevado todo sin siquiera probarlo.

– ¿Y estas huellas? – preguntó Sebastián señalando unas pisadas enormes en el barro. – Parecen de un hombre adulto, ¿las reconocen? – Los dos niños pequeños se miraron sin entender demasiado. – Aprovechemos que sus padres no están, hay que revisar todos los zapatos a ver si alguno tiene este dibujo en la suela.

Se metieron en el dormitorio de sus padres y vaciaron la parte del calzado. Botas, botines, zapatos, pantuflas, sandalias… Sin embargo ninguna suela correspondía con el dibujo de las huellas en el barro.

– Tiene que ser alguien de afuera, tal vez trepó por encima de la ligustrina, o se metió entre las ramas. Vamos a sacar un molde de la huella.

Los dos hermanitos seguían a Sebastián con admiración, mientras este calcaba en un papel el dibujo de las pisadas en el barro.

– Con esto ya tengo algo para empezar. – dijo Sebastián. Justo en ese momento el papá de los chicos entró con un bolso que parecía para irse de campamento.

– Hola, chicos, ¿y mamá?

– Se fue con Puchi al veterinario.

– ¿Al veterinario? ¿Qué tenía?

– No sabemos, parecía muy enfermo.

– ¿Y ustedes qué hacen?

– Nada, nada, charlamos con Sebastián.

– Igualmente, yo tengo que irme, solamente me quedé hasta que usted llegara. Su señora no quería dejar solos a los chicos. – Los hermanitos miraron con odio a Sebastián, pero este les guiñó un ojo disimuladamente y el gesto se aflojó en sus labios.

Sebastián quería ver la parte de atrás del edificio para comprobar si las huellas continuaban fuera del cerco y con qué rumbo. Sin embargo no pudo hallar ni una sola. Parecía como si el misterioso ladrón de los chocolates se hubiera esfumado dentro del jardín. Cuando volvía, tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse con Matías.

– ¿Me extrañabas cuatro-ojos?

– No, seguro que no, ¿y vos? ¿extrañás tu bici nueva?

La cara de Matías se puso roja, y con un fuerte empujón salió hacia las cocheras.

– Tenés suerte, porque no tengo tiempo, mi papá me espera en el auto… – y desapareció escaleras abajo. Matías empezaba a sonreír cuando vio en el piso unas extrañas huellas: eran de un pie grande, y se parecían mucho a las del molde. Las comparó y descubrió que eran las mismas y se dirigían a ¡la cochera! ¿Era posible que otra vez Matías hubiera hecho de las suyas? Sebastián no podía creerlo, todavía no le habían levantado la penitencia y ya volvía a las andadas. Decidió seguir el camino de huellas para confirmar sus sospechas.  Sin embargo, fue muy grande su sorpresa cuando siguiendo el camino que le marcaban las pisadas llegó hasta el auto del papá de los chicos.

– Sebastián, ¿qué hacés acá abajo? – la voz del hombre lo sobresaltó – ¿Pasa algo con mi auto?

– No, yo… en realidad… buscaba…

– Sí, decime, ¿qué buscabas?

– Señor, ¿puedo preguntarle algo?

– Sí, claro, ¿qué?

– ¿Usted vio estas huellas que llegan hasta su auto?

El hombre se ruborizó, y parecía estar nervioso.

– No parecen de sus zapatos, creo que tal vez alguien estuvo tratando de abrir su auto, o algo parecido…

– No, no, Sebastián, vos no entendés, estas huellas son mías.

– ¿Suyas? Pero no parecen suyas, no de sus zapatos.

– Esto es un secreto, y tenés que prometerme que no vas a decírselo a mi mujer. Estoy un poco… gordito, y empecé a hacer ejercicio, pero me da vergüenza que me vean en jogging y zapatillas. Así que ando con el bolso en el baúl todo el tiempo y me cambio en el club. Pero no digas nada, por lo menos no hasta que baje un par de kilos. ¿De acuerdo?

A Sebastián toda esa historia le sonó rara, la verdad es que el vecino era un poco raro, pero no lo creía capaz de robarles los chocolates a sus propios hijos. Lo malo del caso era que la única pista que tenía acababa de desvanecerse. Hizo un bollo con la hoja de papel en la que había dibujado la huella y decidió volver a revisar los hechos. Se sentó en la escalera de entrada, frente a la puerta y se quedó un rato ensimismado.

A los quince minutos vio a la mamá de los chicos que llegaba con Puchi en brazos.

– ¿Qué pasó? ¿Dejaste a los chicos solos? ¿Se pelearon?

– No, hace un rato llegó su marido. – dijo Sebastián tratando de sonar natural.- ¿qué tenía el perro?

– Un terrible empacho, – contestó la mujer – parece que se comió ¡casi medio kilo de golosinas con papel y todo! Te dejo, Sebastián, tengo que darle un purgante.

Sebastián subió los escalones despacio. “Caso resuelto” pensó, “me merezco una buena merienda con la torta de Doña Rosa”.

(Esta historia continuará…)

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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