Las aventuras de Sebastián Holmes 1

Capítulo 1: Detective de mascotas

Sebastián terminó las palabras cruzadas antes del desayuno, y estaba a punto de retomar su novela de detectives cuando tocaron el timbre del departamento. Sus papás estaban en el supermercado, así que no le quedó otra que ver quién molestaba un domingo tan temprano.

– Ojalá que no sea Matías – dijo en voz baja, pensando en lo desagradable que le resultaba su vecino. Era más pequeño que Sebastián, pero eso no le impedía burlarse de sus anteojos o atropellarlo con su bicicleta destartalada cada vez que podía. Sebastián sentía que podía odiarlo.

– Hola, Sebastián, perdoná la hora – le dijo la viejita del departamento de arriba – es que no encuentro a Pussy y pensé que podría haberse pasado a tu balcón.

– En seguida me fijo, Doña Rosa.

Al abrir la puerta-ventana, Sebastián sintió un viento frío y recordó que aún estaba en pijama. Se asomó un poco sosteniendo sus anteojos que parecían querer volar con el viento y no vio ni un rastro del gatito. Sin embargo le llamó la atención algo que brillaba en el borde final del balcón. Se acercó para ver de qué se trataba. Parecían lentejuelas plateadas, pero más finitas. Sebastián tomó una y la acercó a su nariz, olía terrible. Eran escamas de pescado.

– No está aquí, pero ¿cuánto hace que desapareció?

– Desde ayer a la noche. Yo llegué muy tarde. Me quedé a cenar en casa de una amiga y no vine para la hora de su atún. Quizás se enojó por eso, la cuestión es que cuando llegué, a las once, ya no estaba… – Doña Rosa estaba a punto de ponerse a llorar y retorcía en sus manos un pañuelo. – Sebastián, ¿me ayudarías a encontrar a Pussy? Te pagaré, por favor.

Sebastián, miró la novela de detectives que había dejado sobre la mesa y pensó que tal vez era tiempo de entrar en acción. El detective  Sherlock Holmes habría aceptado el caso inmediatamente.

– Haré todo lo posible.

– ¡Gracias! No sabes cuánto te lo agradezco.

Cuando la vecina se fue, Sebastián se vistió de prisa, agarró su lupa y volvió al balcón para investigar el rastro de las escamas de pescado. Tomó dos y las guardó en su bolsillo. Después se detuvo a observar el vecindario. Su edificio era el único de dos pisos en la manzana. En la planta baja vivían el portero y una familia nueva con dos chicos. En el primero, Sebastián y sus papás, y una pareja de ancianos. Finalmente en el segundo piso vivían Doña Rosa, sola, y el malcriado de Matías con su madre. Los balcones de Doña Rosa y de Sebastián daban al contrafrente, y desde ellos podían verse todos los techos y patios de las casas vecinas. A simple vista no había rastro de la gatita siamesa de la anciana, pero Sebastián pensó que los tejados siempre esconden muchas cosas que suceden bajo ellos.

– Pussy tuvo que bajar por aquí. La puerta estaba cerrada, la única salida era su balcón, y no pudo llegar al suelo sin antes pasar por el nuestro. Es una pena que los gatos sean tan limpios, y no dejen huellas de sus pisadas.

Dispuesto a tener una vista más amplia del barrio, Sebastián subió a la terraza. El viento se sentía mucho más allí, y lamentó no haber tomado su bufanda. Sin embargo, se sorprendió de encontrar una bufanda enganchada en los cables del teléfono, como esperándolo. Se trepó al poste y la alcanzó sin dificultad. Era una bufanda a rayas azules y verdes que le resultaba familiar. ¿Qué hacía allí? Tal vez a su dueño se le había volado y, no siendo tan alto como Sebastián, no pudo recuperarla. Sebastián se la ató fuerte en el cuello y pensó que más tarde la dejaría en la caja de objetos perdidos que había en portería.

La terraza estaba llena de cosas viejas. Los habitantes del edificio solían dejar allí lo que no usaban: había tres ruedas de bicicleta, media docena de latas con restos de pintura, dos sillas rotas, una pelota pinchada, una pala de jardinero con tierra fresca, un remo partido y medio podrido. Encontró también una caña de pescar apoyada en la pared del contrafrente, con hilo y anzuelo, como si la hubieran usado poco tiempo antes. Se asomó. Desde ese lugar podía ver el balcón de Doña Rosa, y el platito de Pussy, vacío. Debajo estaría su propio balcón, pero no podía verlo. Desde allí veía la manzana entera y las calles que la rodeaban. Pocos autos transitaban el lugar los domingos. Fue hasta el lado que daba al frente, no se veía ningún auto, solamente un camión verde estacionado en la puerta del edificio.

Cuando llegaron sus padres, Sebastián estaba frente a Amerita, su computadora, jugando uno de esos juegos de ingenio que lo ayudaban a relajarse cuando quería pensar. La computadora había recibido ese nombre porque a Sebastián le encantaba esa palabra, y le sonaba a eso, a nombre de PC.

– ¡No sabés lo que pasó! – saludó su madre, que siempre exageraba todo lo que decía.

– No, má, no sé porque no me lo contaste.

– A la familia de la planta baja se les escapó el cachorrito Fox Terrier que habían comprado la semana pasada. Y encima les había costado muchísima plata, porque era de raza, un perrito hermoso. Los chicos no paraban de llorar y el padre estaba a punto.

– Pero, ¿Cómo se escapó? ¿No tienen cerco en el jardín?

– Sí, pero parece que hizo un túnel y se fue. Pobrecito, seguramente se perdió y no supo volver.

Sebastián pensó que más tarde investigaría el lugar. La desaparición de dos mascotas parecía ser un caso serio, para un verdadero detective. Pero ahora tenía hambre, así que apagó la compu  y ayudó a poner la mesa.

Después del almuerzo, bajó con un block de notas y tocó timbre en la casa de los dueños del perrito perdido. Lo recibió un niño que no llegaba a los seis años.

– Mi nombre es Sebastián, vivo en el primer piso y estoy investigando la desaparición del gatito Pussy de la vecina del segundo. ¿Puedo hacerles unas preguntas?

El niño llamó a su hermano dos años más grande que estaba a cargo hasta que los padres regresaran, y dejaron que Sebastián mirara el lugar por donde había escapado el perro y hasta lo convidaron con unas galletitas. El túnel hecho por el pequeño Fox Terrier era muy curioso, porque parecía hecho con una pala y no por las patitas de un cachorro. Estaba rodeado de pelotitas de goma de un color azul eléctrico.

– Eran sus preferidas – dijo el niño pequeño – siempre las estaba masticando.

Sebastián agradeció a sus vecinos y salió a dar una vuelta por el barrio. Las calles estaban tranquilas y el sol tibiecito del otoño se escurría entre las ramas casi peladas. Caminó varias cuadras pensativo y de repente vio algo que llamó su atención: el mismo camión verde de la mañana. Tenía un cartel que decía “Animaladas – Veterinaria y tienda de mascotas”. Estaba estacionado frente a un local también verde y con el mismo cartel. Sebastián se acercó y escuchó un suave maullido. Trató de espiar por la ventana, pero no se veía ningún movimiento. Tocó timbre, pero nadie salió. Estaba cerrado. A punto de irse, encontró en la vereda junto a la puerta una pelotita azul eléctrico. Sin duda, una pista decisiva.

Cuando entraba en el edificio, casi fue atropellado por la bicicleta nueva de Matías.

– Hola, cuatro ojos, ¿te gusta mi bici nueva?

– No, no me gustan las bicicletas cuando me clavan el manubrio en el estómago.

– ¿Ni con anteojos podés ver por dónde vas? ¡Mirá que sos miope,!

– ¡Ah!, era tuya la bufanda, la encontré esta mañana en la terraza, veo que la buscaste en la caja de objetos perdidos. Está bien, no me des las gracias, estoy apurado. – y subió corriendo por las escaleras.

Al llegar a la puerta de su departamento todo se ordenó y creyó comprender. Siguió corriendo hasta la terraza, la caña de pescar todavía estaba allí. En el anzuelo algo brillaba: escamas de pescado. Las comparó con las que tenía en el bolsillo y no se sorprendió al descubrir que eran idénticas. Entonces recordó la pala, también estaba ahí, la tierra ya un poco seca se estaba desprendiendo.

Al día siguiente, Doña Rosa y los vecinos de la planta baja encontraron a sus mascotas en “Animaladas”. Matías tuvo que devolver su bicicleta y darle el dinero al dueño de la tienda, quien aseguraba haber comprado los animales sin saber que eran robados.

– No debería hacer negocios con niños – le reprochó Doña Rosa apretando a Pussy entre sus brazos.

Todos agradecieron a Sebastián por su ayuda, y desde ese día lo llamaron “Sebastián Holmes, el detective de las mascotas”.

(Esta historia continuará…)

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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Una respuesta a Las aventuras de Sebastián Holmes 1

  1. solsilvestre dijo:

    Me encantó, Karina…Qué bueno que Sebastián nos dará más aventuras.

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