La calle Edison

arboles

Los escépticos que no creen en la vida de las plantas deberían conocerme y escuchar mi historia. ¡Entonces sí que cambiarían de opinión!

Yo iba al colegio como todos los días. Bueno, como todos los días no. Algunas veces mi papá me lleva en la camioneta, pero ese día a mí me había costado mucho salir de la cama, y mi papá se puso nervioso y mi hermanita lloraba porque llegaba tarde al jardín, y entonces mi mamá dijo:

–         ¡Váyanse nomás!, y que Ricardito camine hasta la escuela.

A mí no me importó ni un poquito. La escuela no está tan lejos, apenas diez cuadras, y a mí me divertía contar los árboles del camino. Eran exactamente veintiocho  del lado derecho y treinta y dos del izquierdo, sesenta en total.

Ya salía tarde, así que no me apuré, y conté tranquilamente todos los árboles de la calle Edison. Sin embargo, cuando llegué a la escuela apenas iba por cincuenta y nueve. Me pareció raro, porque yo no me había distraído nunca, ni siquiera cuando el colectivo levantó toda el agua que se juntaba en el cordón y me mojó las zapatillas y las medias blancas. Tampoco perdí la cuenta cuando corrí perseguido por Bungo, el salchicha de mi vecina que siempre me corre cuando le saco la lengua. Estaba seguro de haber contado cincuenta y nueve.

Cualquier chico responsable hubiera entrado a la escuela y se hubiera olvidado del árbol que faltaba. Pero mi papá siempre me dice: “¡Sos un irresponsable!”, entonces yo di media vuelta y volví a casa para contar otra vez.

¿Saben cuántos conté esa vez? Cincuenta y nueve, igual que la vez anterior. Faltaba un árbol, no cabía ninguna duda.

Yo no me acordaba la especie de todos los árboles, así que aunque sabía que faltaba uno, no tenía idea de cuál era, si tenía flores, frutos, hojas o piñas. Lo que sí sabía muy bien, es que los árboles no se vuelven transparentes ni invisibles, que es casi lo mismo, así que algo raro pasaba.

Otra vez di media vuelta y caminé hacia la escuela, pero esta vez buscando algún rastro de sierras eléctricas, de aserrín fresco o de astillas de hachazos. Nada. Todo estaba tranquilo, si hasta parecía que los demás árboles disimulaban porque se oía como un cuchicheo y un silbar distraído.

De repente tropecé con un montoncito de tierra, y por un momento temí lo peor: que Bungo, o cualquier otro perro, hubiera estado haciendo de las suyas en la vereda y hubiera tapado su regalito con tierra. Pero no, era tierra limpia y fresca, y era un montoncito muy chiquito, y detrás había otro y otro más, y otro, como huellitas de tierra que se alejaban hasta la esquina. Yo saqué mi lupa, porque ese día tenía Ciencias Naturales y el profe siempre dice que llevemos lupa, y me puse a mirar los detalles. Y estaba así, concentrado en la pista cuando alguien me dijo:

–         ¿Qué haces? Andate que me van a descubrir.

Yo saqué el ojo de la lupa y solamente vi un tronco gris con un poco de musgo de un lado. Levanté la cabeza y entonces vi las ramas, y las hojas, y las flores rojas. Después cuando quise volver a mi montoncito de tierra fue que vi las raíces, pero lo raro, lo extraño de la situación es que las raíces estaban ahí, al aire, ¡no estaban enterradas!

–         Dale, nene, andate que si me descubren soy leña.

¡¡¡El árbol hablaba!!! Y me hablaba a mí, me decía que me fuera. Yo quería correr, pero las zapatillas se me habían pegado a la vereda, era como si se hubieran derretido de repente, no podía moverme.

–         ¿Qué pasa? ¿No entendés el idioma arbóreo? Si me seguís mirando con la boca abierta pronto se va a juntar todo el barrio a ver qué pasa y a mí me convierten en biblioteca o mesa. ¿Podés moverte?

–         No – le dije, y cerré la boca, con esfuerzo.

–         ¿Qué te pasa? ¿Te agarró un calambre? ¿Te atacaron las termitas? ¿Te picó un pájaro carpintero?

–         No – volví a decir, pero no pude emitir otro sonido.

–         Bueno, bueno, no te pongas repetitivo. Es la primera vez que hablo con un ser humano y no parece muy divertido, ¿no?

–         No – dije por tercera vez y me sentí muy tonto.

–         No hay caso, me parece que no nos entendemos…

En ese momento se oyó muy lejos un ruido como de sierras eléctricas, probablemente de la carnicería de Cacho, y el árbol pareció asustarse. Giró sobre sus raíces, dio media vuelta y se alejó por la vereda dejando montoncitos de tierra a cada paso, y un sonido de ramas sacudiéndose despacio.

Me quedé ahí, plantado en la vereda, y de repente sentí las cosquillas de las primeras hojitas que brotaban en mis manos. La calle Edison seguiría teniendo sus sesenta árboles.

raíces

Karina Echevarría

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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4 respuestas a La calle Edison

  1. Mery dijo:

    Pobre Ricardito!!!! ¿Sigue siendo árbol en Edison? ¿Cuál es?

  2. ANDRÉS dijo:

    qUE BUENA HISTORÍA!!!!! ES UNA AYUDA PARA REENCANTAR ESTE MUNDO..
    SE LO CONTARÉ A MIS HIJOSSSS…………..

  3. Andrés Sobico dijo:

    Me gustó mucho el giro del final, siempre me ha parecido es una mejor experiencia de lectura no saber a qué género pertenece un cuento, hasta que terminamos de leerlo, o nunca.

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