Un elefante en el bolsillo

un-elefante-009Un elefante en el bolsillo es poco práctico. Por empezar, pesa mucho y casi siempre termina descosiendo el bolsillo o rompiendo el forro, y así no hay ropa que aguante. Como si esto fuera poco, no resulta sencillo hacerlo salir del bolsillo en caso de que uno quisiera mostrárselo a un amigo o pedirle alguna gracia.

Por eso, Ricardito prefirió la soga cuando la chica de la tienda de mascotas le dijo con una sonrisa y la naturalidad de quien vende un combo en una casa de comidas rápidas:

– ¿Lo llevás en el bolsillo o querés una soga?

Cinco minutos más tarde, Ricardito llevaba su elefante, como si tal cosa, sujeto por una gruesa soga mientras cruzaba la Avenida Santa Fe. Algunos se daban vuelta para mirarlo, otros sencillamente lo ignoraban creyendo que debían aumentar las sesiones de terapia o que habían bebido demasiado la noche anterior.

La mamá de Ricardito no se esperaba un elefante cuando su hijo por la mañana le pidió permiso para traer una mascota. Sólo había exigido que estuviera vacunada y que Ricardito se encargara de cuidarla. Así que cuando vio la inmensa mole gris cruzar el garage para llegar al jardín, casi se desmaya. Habría caído al piso si no la hubiera atajado el papá de Ricardito, que venía de la calle furioso con los vecinos que siempre dejaban a las mascotas hacer sus necesidades en cualquier lado. Justo en ese momento, Ricardito salía con una pala de albañil y dos bolsas de consorcio a recoger la suciedad que el elefante había dejado en la vereda.

Inmediatamente hubo una junta familiar:

– Vos me dejaste – dijo Ricardito a su mamá mientras acariciaba la trompa que se metía por la ventana de la cocina. – además está vacunado.

– Pero, ¿dónde va a dormir? – preguntó el papá

– En el jardín.un-elefante-008

– Y ¿si llueve? – dijo la mamá

– Se mete debajo de la glorieta.

– ¿Cómo vas a alimentarlo? – contraatacó el padre.

– Ya encargué cinco kilos diarios de maní en el kiosco.

– ¿Y los vecinos? – preguntó la madre.

– ¿Qué? ¿También quieren maní? – La junta se prolongó dos horas, pero a todas las preguntas Ricardito tenía respuesta y finalmente el elefante se quedó en la casa. A prueba, dos semanas.

La primera semana fue dura: Rumbo, que así le había puesto Ricardito, se empachó porque el kiosquero había entendido que el maní debía ser con chocolate. Estuvo tres días tirado en la vereda, porque con el estómago inflamado no entraba por el garage, y además no tenía ánimos para levantarse. Los vecinos protestaron, porque no podían pasar y porque los chicos llegaban tarde a la escuela entretenidos acariciando la barriga de Rumbo. Juntaron firmas, mandaron delegados a hablar con el papá de Ricardito y sólo se tranquilizaron cuando recibieron dos kilos de maní con chocolate por las molestias.

El cuarto día Rumbo se sintió mejor y Ricardito lo llevó a dar un paseo. En el camino el elefante se puso a jugar con otras mascotas que llevaba un paseador y que se divertían persiguiéndose. Rumbo los persiguió, con tanta mala suerte que los alcanzó. Dos pequineses terminaron como felpudos, conectados a un tubo de oxígeno para re-inflarlos, y un salchicha perdió la cola debajo de la pata de Rumbo. Los dueños de los perros también presentaron sus quejas y recibieron el correspondiente maní con chocolate.

El fin de semana, el papá de Ricardito prohibió los paseos para evitar más protestas, ya que el maní con chocolate se había acabado. Rumbo se quedó en el jardín, pero pronto empezó a aburrirse y optó por jugar con el agua de la pileta. Llenaba su trompa y la volvía a vaciar tirando grandes chorros de agua por encima de las medianeras. Los vecinos no tardaron en protestar, y en exigir que alguien secara los patios, las bicicletas, las reposeras y la ropa colgada en las sogas. Terminaron muy enojados porque ni siquiera les habían ofrecido maní.

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Faltaba un día para que acabara la primera semana de prueba, y Ricardito veía que la situación estaba complicada. Así que sentó a Rumbo sobre las baldosas del patio y le dijo:

– Mirá Rumbo, la cosa está difícil. La cuenta del kiosquero está en rojo, los vecinos están enojadísimos con vos, y papá en cualquier momento pierde la paciencia. – el elefante lo miraba con los ojos fijos y la trompa baja. No decía nada, pero escuchaba atentamente las palabras del chico. Cuando Ricardito terminó, se oyó una especie de trueno y de repente, como si se hubiera largado una tormenta le empezaron a caer salpicaduras inmensas de agua salada. Tardó un rato en entender que Rumbo estaba llorando, y más todavía en lograr calmarlo. Le sonó la nariz con una sábana y le contó un cuento para que se durmiera.

Cuando Rumbo se quedó dormido, Ricardito se sentó junto a la glorieta a pensar qué hacer. Él sabía que si las cosas seguían igual tendría que devolver el elefante. Tenía dos problemas serios. El primero era la plata que estaba costando la comida de su mascota: a él se le habían acabado los ahorros y el kiosquero venía todos los días a reclamar lo que se le debía. El segundo era la tendencia de Rumbo a hacer desastres. Esa tarde, sin ir más lejos, había vaciado la pileta sobre las casas de los vecinos, y todos se habían quejado acaloradamente. Todos no. El señor López, que vivía en el fondo, no se había quejado. Eso era muy extraño porque el hombre era un maniático de la pulcritud de su auto último modelo y siempre protestaba por las hojitas que caían del paraíso, por la tierra que se levantaba cuando barrían el patio, por la lluvia, por el sol, por casi todo. Ricardito sintió curiosidad y quiso saber por qué el señor López no había protestado, así que puso una silla junto a la medianera, se subió en ella y se asomó por encima de la pared.

– ¿Qué hacés nene? Decime, ¿tu papá ya guardó la hidrolavadora? Tira bárbaro, mirá, me dejó el auto impecable… ¿Adónde vás? Contestame, che, ¡qué maleducado!

Al día siguiente, Ricardito colgó un cartel en la puerta: “Lavo autos, cobro barato”. Fue un éxito total: los vecinos dejaron de protestar ya que junto a la fuente de la plaza, Ricardito y Rumbo les lavaban el auto por unas pocas monedas. Con la plata que juntaban, le pagaban al kiosquero el maní del elefante que estaba chocho jugando todo el día con el agua.

Rumbo se quedó con Ricardito, y en un par de meses el negocio prosperó tanto que el papá le dio permiso para comprar otro elefante.

– ¿Lo llevás en el bolsillo o querés una soga? – preguntó la chica de la tienda de mascotas. Ricardito esta vez eligió el bolsillo, pero ésa es otra historia.

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Karina Echevarría

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
Esta entrada fue publicada en cuentos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Un elefante en el bolsillo

  1. Juan dijo:

    Qué lindo! Los dibujos son tuyos?
    Veo que las etiquetas revivieron!

  2. kareche dijo:

    Sí, estoy experimentado con pasteles a la tiza… jaja ¡Una fiesta!

  3. eze dijo:

    quien es el autor y la editorial

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