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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (8)

Publicado por kareche en noviembre 19, 2011

Octavo Capítulo

- ¡Qué bueno que estés aquí! – le dijo Alicia al gato sonriente, pero él no la escuchó, porque solamente era una sonrisa, no tenía oídos. Alicia esperó a que tuviera ojos para hacerle un saludo con la mano, y cuando ya tenía la cabeza completa volvió a decirle:

- ¡Qué bueno que viniste! Me estaba aburriendo mucho. Ahora por lo menos tendré con quién conversar un rato.

- ¿Qué tal el partido? – preguntó el gato.

- ¡Uff, es un lío!. Cada uno hace lo que quiere, y se la pasan peleando y discutiendo.

- ¿Y la reina?

- Esa mujer está loca, tiene un carácter terrible… – en ese momento Alicia se dio cuenta de que la reina estaba detrás de ella. – terriblemente hermoso. – completó. La reina la miró y sonrió complacida.

- ¿Con quién hablás? – le preguntó sin ver al gato.

- Con un gato amigo, es muy inteligente y simpático.

- Yo no veo ningún gato, solamente veo una cabeza, y por cierto, una cabeza bastante despeinada y bigotuda.

- Más despeinada está usted. – respondió el gato con insolencia. La reina se puso roja de vergüenza y furia y gritó tan fuerte que todo el reino la escuchó:

- ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza!

Inmediatamente llegaron los soldados, y con ellos el verdugo que era el encargado de cortar la cabeza a los sentenciados. Pero entonces comenzó una gran discusión:

- Su majestad, – decía el verdugo – no puedo cortarle la cabeza si solamente tiene cabeza.

- Justamente – insistía la reina – si tiene cabeza, se le puede cortar. Usted no podría cortar la cabeza a un cuerpo sin cabeza, pero a una cabeza sin cuerpo, ¿por qué no?

Y así seguían sin llegar a ninguna decisión. El gato los miraba divertido, y en cuanto los vio muy enfrascados en la discusión, le guiñó un ojo a Alicia y desapareció completamente, dejando su sonrisa suspendida en el aire un par de segundos.

Cuando la reina se dio cuenta de la desaparición del gato se puso más furiosa todavía.

- ¿Dónde está esa cabeza? ¿Quién se la ha llevado? ¿Fuiste vos? – preguntó señalando a Alicia con el dedo índice.

- Yo no – respondió – ese gato está siempre apareciendo y desapareciendo misteriosamente.

- Es tu gato, así que vos sos la responsable de sus insolencias. Ya que no hay gato…, ¡que le corten la cabeza a esta niña! – ordenó la reina.

Alicia tragó saliva, y empezó a pensar en cómo escapar.

No podía creer el lío en el que estaba metida. Ahora la culpaban por la insolencia del gato que encima había desaparecido. Dos soldados la tomaron, uno de cada brazo, para que no pudiera escaparse.

- Pero, si yo no hice nada. – se quejaba Alicia. Pero nadie parecía escucharla. De repente se había formado un jurado con pájaros y otros animales de todas clases que ocupaban doce asientos en una tribuna. El rey se había vestido de juez con una larga túnica negra y una peluca llena de rulos, y golpeaba una mesita que tenía delante con un martillo de madera.

- ¡Orden en la sala! – gritaba – Que comience el juicio.

- ¿Qué juicio? – preguntaba Alicia – Si yo no hice nada…

- Guarde silencio la acusada, o la haré retirarse de la sala.

- Yo no me voy nada. – respondió Alicia que una vez más había empezado a agrandarse.

- Póngase de pie para escuchar la acusación. – ordenó una de las sotas mientras desenrollaba un pergamino larguísimo. – Está usted acusada de haber hecho desaparecer al gato, de destruir la casa del Conejo Blanco, de inundar el jardín con sus lágrimas, y de hacer trampa jugando al croquet.

- ¡Yo nunca hago trampa! – protestó Alicia, que seguía creciendo y ahora tenía que mirar hacia abajo para hablar con la sota.

- ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza! – gritaba la Reina.

- ¡Eso es un disparate, Señora! Usted quiere que le corten la cabeza a todo el mundo – le contestó Alicia.

La reina estaba otra vez roja y no paraba de gritar. El rey daba golpes con el martillo y nadie le hacía caso. Y Alicia no paraba de crecer. Los miembros del jurado conversaban entre sí, y ponían cara de indignación.

- Yo la declaro culpable – anunció el rey –. Y ahora sí… ¡que le corten la cabeza!

Alicia, que había recuperado su tamaño normal, dijo:

- Usted no puede hacer eso, ninguno de ustedes puede, porque no son más que un mazo de cartas.

En cuanto acabó de pronunciar estas palabras todas las cartas volaron por el aire. Desaparecieron la tribuna del jurado, el campo de croquet, las rosas y los rosales. Alicia sintió que otra vez caía y flotaba en el aire, muy suave y lentamente. Pronto se sintió cansada de tanto caer y cerró los ojos. Volvió a abrirlos cuando sintió que aterrizaba sobre un montón de hojas secas.

- Alicia, Alicia – la llamaba la voz de su hermana –. Parece que te quedaste dormida. Vamos, que ya casi es de noche.

- No sabés que sueño tan extraño tuve. Estuve en un país maravilloso. – Mientras caminaban hacia la casa, Alicia le contó a su hermana sus increíbles aventuras.

FIN.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (7)

Publicado por kareche en octubre 20, 2011

Séptimo Capítulo

Esta vez Alicia llegó hasta un verdadero jardín, con pasto muy cortito, rosales y rosas. Sin embargo, la sorprendió ver a tres jardineros muy preocupados en pintar las rosas con pintura roja.

- ¿Qué hacen? – preguntó.

- Es que nos equivocamos, – comenzó a explicar uno – y plantamos un rosal blanco en el lugar en que iba uno rojo.

- Sí – siguió otro – y si la reina lo descubre, nos cortará la cabeza.

- ¡Caramba! – exclamó Alicia – No debe ser tan grave el asunto.

- Me parece que vos no conocés a la reina, – volvió a hablar el primero – si la conocieras, seguramente nos ayudarías a pintar…

- ¡La reina! ¡La reina! – gritó el tercero que había estado vigilando.

La reina no llegaba sola, sino que estaba rodeada por toda una comitiva. Primero venían diez soldados con tréboles en el pecho. Despues venían otros diez con diamantes. A continuación marchaban diez con picas y por último venían los diez soldados de corazones. ¡Todos eran cartas!

Junto a la reina, la sota de corazones traía la corona apoyada en un pequeño almohadón rojo de terciopelo. Y un poco más atrás venía el rey.

Los tres jardineros se habían tirado al piso en cuanto vieron llegar al grupo. Alicia, en cambio, prefirió quedarse de pie para poder ver el desfile. Cuando la reina llegó hasta donde estaba ella se detuvo y preguntó:

- ¿Y vos quién sos?

- Mi nombre es Alicia, su Majestad. – respondió muy educadamente.

- ¿Y sabés jugar al crocket?

- ¡Sí! – dijo entusiasmada.

- Entonces vení con nosotros.

Alicia se unió al grupo y muy pronto llegaron al campo de juego, pero el partido parecía más complicado de lo que hubiera esperado. Las bolas eran pequeños erizos que se enroscaban sobre sí mismos. Los palos eran en realidad flamencos, debían tomarlos de las patas, y con el pico curvo golpear las bolas. Y los arcos eran soldados, que se ponían en cuatro patas para que las bolas pasaran por debajo de ellos. El problema estaba en que los jugadores no tenían turnos, como debiera ser, sino que jugaban todos al mismo tiempo. Los erizos, a veces se desenroscaban y se iban a dar un paseo por ahí. Los soldados se movían para que la reina acertara todos sus tiros. Si de casualidad ella no acertaba, enseguida gritaba:

- ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza!

El juego se estaba poniendo un poco peligroso, y Alicia pensó en marcharse. Pero justo en ese momento vio algo entre los árboles que llamó su atención. ¡Era la sonrisa del gato sonriente!

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (6)

Publicado por kareche en octubre 11, 2011

Sexto Capítulo

Como era un día soleado, el sombrerero y la liebre habían sacado una mesa larguísima al jardín, debajo de un árbol. Allí se encontraban los dos sentados a la mesa, y entremedio de ellos, dormía un lirón. Todo estaba dispuesto para tomar el té: las tazas, los platos, el azúcar, la manteca y el dulce. Cuando la vieron acercarse a Alicia dijeron en voz alta:

- ¡No hay lugar! ¡No hay lugar!

- Hay muchísimo lugar. – respondió ella sentándose en la punta de la mesa.

- ¿En qué mes estamos? – preguntó el sombrerero mirando su reloj.

- En mayo. – respondió Alicia.

- Este reloj sigue atrasando, se ve que la manteca no lo arregló.

- Es que usaste el cuchillo del pan – le dijo la liebre – y seguramente tenía algunas miguitas. Deberías ponerle un poco de dulce. – y le alcanzó el frasco al sombrerero, que volcó una cucharada bien llena sobre el reloj.

- Pero los relojes no marcan los meses. – interrumpió Alicia.

- ¡Qué disparate! ¿Acaso vos tenés un reloj que marque los años?

- Claro que no – dijo Alicia que empezaba a enojarse – los años duran tanto que cualquiera se acuerda en qué año estamos. Los relojes marcan las horas.

- Eso sería absolutamente inútil. – le dijo el Sombrerero.

- Inútil… – repitió el lirón que parecía hablar en sueños.

- Claro que sí – confirmó la liebre – aquí siempre son las cinco de la tarde.

- ¡Son las cinco! – exclamó el sombrerero – ¡La hora del té, la hora del té!. – e inmediatamente se sirvió una taza llena.

- ¿Querés un poco más de té? – preguntó la liebre a Alicia.

- ¡Pero si todavía no tomé nada! No puedo tomar más.

- Dirás que no podés tomar menos. – la corrigió el sombrerero, sirviéndole en su taza. Alicia ya no quería discutir, así que no dijo nada.

- ¿En qué se parecen un cuervo y un escritorio? – preguntó de repente la liebre. Alicia se puso contenta, porque le gustaban las adivinanzas.

- Déjeneme pensar, a ver… – dijo haciendo un esfuerzo por concentrarse.

- No es muy difícil el acertijo. – agregó el sombrerero, lo que puso un poco nerviosa a Alicia. Pero no se le ocurría la respuesta.

- Me doy por vencida. – dijo al final.

- Entonces perdiste. – le respondió la liebre.

- ¿Y cuál es la respuesta? – preguntó Alicia.

- No tenemos la menor idea. – respondieron los dos a coro – si no, ¿para qué te lo preguntaríamos? – y empezaron a reírse a carcajadas.

Alicia empezaba a enojarse otra vez. Esos dos le estaban tomando el pelo. De cualquier manera, ya estaba aburrida de esa merienda de locos, así que se levantó de la mesa y se fue.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (5)

Publicado por kareche en octubre 2, 2011

Quinto Capítulo

Alicia caminaba pensando qué camino debería tomar, cuando de repente y de la nada se le apareció un gato sonriente. Primero se asustó, pero después se llenó de curiosidad. Ella había visto muchos gatos, pero este era distinto de todos, porque debajo de sus bigotes de gato tenía una enorme sonrisa.

- ¡Qué raro! – dijo – Un gato con sonrisa. – y enseguida se dirigió a él: – Disculpe, minino, ¿podría usted decirme por dónde tengo que ir?

- Bueno, eso depende, ¿a dónde querés ir?

- A cualquier parte. – dijo Alicia.

- Entonces podés tomar cualquier camino. – respondió el gato con toda razón.

- No, en realidad yo quisiera ir a algún lugar en donde haya personas interesantes para conocer.

- ¿Interesantes?

- Sí, personas para charlar un rato.

- Si vas por ese camino, – le dijo el gato – vas a llegar  a la casa de un sombrerero, pero está loco.

- ¿Y por ese otro camino a dónde llego?

- Por ahí vas a la casa de una liebre, que también está loca.

- Pero, ¿todos están locos en este lugar? – preguntó Alicia un poco enojada.

- Absolutamente todos, hasta yo estoy loco, y creo que vos también.

El gato desapareció repentinamente sin darle tiempo a Alicia para responder.

- ¡Pero qué gato desvergonzado! – protestaba ella – decir que yo estoy loca, ¡qué atrevimiento!

El gato volvió a aparecer tan repentinamente como había desaparecido, y Alicia casi se cae sentada de la sorpresa.

- ¡Usted otra vez! ¿Quiere matarme del susto? No se aparezca de esa manera, por favor.

- Me olvidé de avisarte, que ya es la hora del té, y que seguramente la liebre esté en casa del sombrerero tomando la merienda con él.

- Eso sí que suena bien, – dijo Alicia – estoy muriendo de hambre, y me encantaría tomar una rica merienda. Creo que iré a visitarlos.

- Muy bien, – opinó el gato – nos veremos luego en el partido de croquet de la reina.

- ¿Qué partido? – preguntó Alicia, pero el gato ya había empezado a desaparecer; esta vez muy despacito, de a poco, primero la cola, después el cuerpo, la cabeza, y por último, la sonrisa que quedó flotando unos segundos en el aire.

- ¡Qué raro! – pensó Alicia en voz alta – Ya era extraño un gato con sonrisa, pero más extraña es una sonrisa sin gato. – y siguió caminando hacia la casa del sombrerero loco.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (4)

Publicado por kareche en septiembre 22, 2011

Cuarto Capítulo

En el bosque anduvo un rato largo, hasta que empezó a sentir hambre. A su lado crecían varios manzanos, pero como apenas medía diez centímetros, no alcanzaba a arrancar ni una fruta.

- Quisiera ser grande… – suspiró – no muy grande, pero tan grande como era hace unas horas, antes de entrar por ese túnel.

- A mí me parece que ya sos suficientemente grande. – dijo una vocecita. Era una oruga, gorda y muy verde que la miraba fijamente desde arriba de un hongo.

- ¡Claro que no! – protestó Alicia – Apenas mido diez centímetros.

- El tamaño ideal. – dijo la oruga, bajando del hongo y poniéndose en dos patas al lado de Alicia justo hasta la altura de su mirada.

- Perdón,  Señora Oruga, diez centímetros están muy bien para una oruga, pero evidentemente son poco para una niña.

- ¿Sos una niña? – preguntó curiosa la oruga – Yo creí que eras una flor.

- Soy una niña y soy demasiado pequeña. Pero desde que llegué a este lugar no hago más que cambiar de tamaño todo el tiempo. Quisiera volver a tener mi tamaño normal.

- Eso es muy sencillo. – dijo la oruga – ¿Ves este hongo? Si comés de un lado crecerás, y si comés del otro te harás más pequeña.

- ¿Y de cuál debo comer para crecer?

- ¡Ah! Eso no lo sé – dijo la oruga, dio media vuelta y se fue.

Alicia caminó un rato alrededor del hongo y finalmente decidió tomar dos pedacitos, uno de cada lado.

- Si al probar uno, comienzo a achicarme, inmediatamente comeré el otro. Y así volveré a ser grande.

Cerró los ojos y dio un mordisco al pedacito de hongo que tenía en la mano izquierda. Inmediatamente sintió que subía, como si fuera en un ascensor. Abrió los ojos y vio sus pies que se alejaban rápidamente, allí abajo, en el piso. Pero también sus hombros habían quedado abajo, el que había crecido ¡era su cuello!

- ¡Epa! ¡Una víbora! – gritó una paloma al ver el largo cuello de Alicia.

- No soy una víbora. – lloriqueba Alicia – es que mi cuello creció de golpe, y mucho.

- Sí, sí, sos una víbora que querés comerte mis huevos. Pero no voy a permitirlo.

- Soy una niña, y no como huevos. Bueno, a veces sí, pero fritos o duros…

- ¡Fuera, fuera! – gritaba la paloma pegándole a Alicia aletazos en la cabeza. Ella quiso alejarse, pero el cuello era tan largo que se le enredaba entre las ramas. Entonces recordó que aún tenía un pedacito de hongo en la mano derecha. Acercó la cabeza hasta su mano y empezó a masticarlo. Por suerte, su cuello empezó a acortarse de a poquito hasta que volvió a ser lo que era en un principio.

Más aliviada, Alicia siguió caminando por el bosque.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (2)

Publicado por kareche en septiembre 11, 2011

Segundo Capítulo

Alicia nadaba en sus propias lágrimas cuando delante de ella apareció un ratón.

- Hola, Señor Ratón. Estoy cansada de nadar. ¿Sabe usted cómo puedo salir de estas aguas?

- ¡Qué animal tan extraño! – dijo el ratón. – No tenés cola larga, ni orejas grandes, ni hocico.

- Yo no soy un animal, por eso no tengo cola, la que sí tiene cola larga es mi gata Dina… – el ratón se puso pálido – ¡Uy! Perdone, me olvidaba que ustedes no se llevan muy bien con los gatos.

- ¡¿Llevarnos bien?! – gritó con voz aguda – ¿Qué opinarías vos de los gatos si fueras un ratón? – y dando media vuelta se alejó ofendido. Alicia lo siguió.

- Perdón, Señor Ratón, no se vaya, espere…

Pronto llegaron a la orilla, y junto a ellos descubrieron un montón de animales con pelos y plumas de colores. Estaban empapados, entonces un loro propuso:

- Hagamos una carrera para secarnos.

- ¿Una carrera? – preguntó Alicia.

- Sí, una carrera. Hay que correr para ver quién gana, y mientras corremos el agua se escurre y nos secamos.

Inmediatamente todos los animales empezaron a correr. Corrían en círculos, yendo y viniendo, sin ningún orden.

- ¿Qué hacen? – preguntó Alicia. Ninguno le contestó, y en cambio la empujaron y la hicieron correr también. De repente el loro dijo:

- ¡Basta!, se acabó la carrera. – y todos los animales se detuvieron.

- ¿Quién ganó? – preguntó Alicia que no entendía nada.

- ¿Quién ganó? – repitió el loro – ¡Todos!, por supuesto, todos ganaron.

- ¡Qué bueno! – dijo un pato – ¿Y quién reparte los premios?

- ¿Los premios? – repitió el loro de nuevo, mirando para todos lados – ¡Ella! – y la señaló a Alicia.

Por suerte, Alicia llevaba una caja de confites en el bolsillo, y aunque la caja estaba mojada, los confites todavía estaban ricos. Los estaba repartiendo, cuando volvió a ver al conejo blanco que se acercaba como buscando algo.

- Hola, Señor Conejo, ¿qué busca?

- ¡Mariana! ¿Qué hace acá? Vaya ya mismo a casa a buscarme otro par de guantes.

Alicia quería explicarle que ella no era Mariana, pero el conejo no le dio tiempo y le señaló la dirección de la casa gritando:

- ¡Ya mismo, Mariana!, ¿no ve que es muy tarde?

Alicia obedeció inmediatamente.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (1)

Publicado por kareche en septiembre 4, 2011

(adaptación de Karina Echevarría)


Primer Capítulo

 

Alicia empezaba a aburrirse de estar sentada junto a su hermana a la orilla del río. Su gata Dina dormía y su hermana leía un libro sin ningún dibujo. “¿Qué puede tener de divertido un libro sin dibujos?”, pensaba Alicia mientras deshojaba una margarita.

Entonces vio pasar un conejo un poco raro. Era blanco, con ojos rojos, ¡con anteojos, abanico y una par de guantes! Corría como loco y miraba un reloj mientras protestaba:

— ¡Qué tarde! ¡Qué tarde!

Alicia no lo pensó dos veces. Se levantó de un salto y siguió al conejo. Llegó hasta la puerta de un túnel, debajo de las raíces de un árbol, y entró. Estaba muy oscuro, y no veía dónde pisaba. De repente, tropezó y empezó a caer. Caía y flotaba, ¡como si se tirase en un paracaídas!

Pensaba que nunca llegaría al fondo cuando por fin aterrizó sobre un montón de hojas secas.  Se levantó y se sacudió el vestido mientras miraba alrededor. Estaba en una habitación sin ventanas, y con una sola puerta muy chiquita. A través de ella se veía un jardín hermoso, y también le pareció ver al conejo blanco que se alejaba corriendo.

—¡Qué pena que soy tan grande! —se dijo a sí misma—. Me encantaría ir a ese jardín. Entonces vio sobre una mesa un pan que decía “COMEME”. Sin pensar lo que hacía, Alicia le dio un buen mordisco al pan e inmediatamente empezó a crecer y crecer hasta convertirse en un gigante.

—¡Esto está cada vez peor!, ¿qué voy a hacer? —dijo y se puso a llorar, porque encima había quedado un poco apretada en la habitación. Lloró un buen rato, hasta formar un charco con sus lágrimas.

Entonces vio una botella que decía “TOMAME”, y se la tomó toda de un trago. Al instante empezó a achicarse, tanto que pronto quedó sumergida en el charco de lágrimas que ella misma había formado. Claro que ahora era un verdadero mar de lágrimas.

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Las aventuras de Sebastián Holmes 4

Publicado por kareche en octubre 22, 2009

Capítulo 4: El nieto perdido

Aunque vivían en la puerta de enfrente, Sebastián casi nunca se cruzaba con la pareja de ancianos de su mismo piso. Por eso le llamó la atención encontrarse al hombrecito parado frente a su puerta cuando espió por la mirilla tras oír el timbre. El hombre comenzaba a irse cuando Sebastián abrió.

- Buenos días. – saludó el anciano – Soy Daniel Nuñez, su vecino.

- Sí, lo sé, pero mis papás no están en este momento.

- Yo quería hablar con usted. – dijo el viejito. A Sebastián, que lo trataran de usted le parecía muy extraño, pero muy interesante.

- ¿Conmigo?

- Si, ayer en la reunión de consorcio, usted resolvió el enigma de aquella carta, y pensé que quizás podría ayudarnos, a mí y a mi esposa.

- ¿De qué se trata?

- Verá, yo tengo un único hijo, que hace muchos años se fue a vivir a Canadá. Por una discusión muy vieja, no nos hablábamos. Pero él tiene un hijo, mi nieto, que todos los meses escribía varias cartas a sus abuelos. Para Ana, mi esposa, y para mí, estas cartas eran lo único que ansiábamos todos los días. Mi esposa era la que se encargaba de contestar cada una. Sin embargo, hace ya unos seis meses que no tenemos noticias de él. Ayer esperábamos que alguna de las cartas borroneadas fuera suya, pero no tuvimos esa suerte. Encima, como ya no sabemos de él, Ana ni siquiera quiere seguir escribiendo. Hace ya tres meses que no lo hace ni quiere que yo lo haga. A mí me preocupa su salud, porque con la tristeza se va resintiendo cada día.

- Entiendo, ¿no intentó hablar por teléfono?

- No tienen teléfono, viven en medio de un bosque y cada diez o quince días visitan la ciudad. Allí sí tienen acceso a las comunicaciones. Yo pensé que quizás vos podías probar por Internet, es que yo no sé de eso.

- Sí, eso es fácil, pase, Daniel, vamos a la computadora y lo intentamos.

El anciano pasó tímidamente y se acercó a la pantalla encendida de Amerita. Sebastián enseguida empezó a teclear y hacer clicks con el Mouse.

- ¿Cuál es el nombre de su nieto?

- Sergio Núñez.

- ¿No tiene segundo nombre?

- No, solamente Sergio.

- Eso lo hace más difícil. – Sebastián tecleó el nombre en el buscador de amigos de facebook. Por supuesto, había alrededor de doscientas personas con ese nombre en su perfil. Miraron todos los que tenían fotos, pero el anciano no identificó a ninguno. Sebastián decidió dejar un mensaje a todos los demás, más de cuarenta.

- Ahora hay que esperar. – dijo al anciano que lo miraba como esperando que Amerita hiciera el milagro de devolverle a su nieto.

- ¿Mucho tiempo?

- Eso depende. Si su nieto es alguna de estas personas, tendremos que esperar hasta que se conecte y revise su perfil. Entonces verá nuestro mensaje y se pondrá en contacto.

- ¿Y si no es ninguno?

- Entonces, tendríamos que pensar otras posibles búsquedas. Vamos a probar con algunas direcciones de mensajería instantánea y mails gratuitos. Pero no podemos saber con seguridad que recibirá nuestro mensaje.

- Entiendo. – mintió el viejito – Avíseme cualquier novedad, ¿sí?

- Por supuesto, Daniel. No se preocupe.

Daniel acompañó al vecino hasta la puerta. Después, solo, empezó a pensar qué podría haber sucedido para que el nieto dejara de escribirles. Tal vez el padre le había contado de la discusión con el abuelo, y ahora también el nieto estaba enojado. O peor aún, si el padre estaba muy enojado tal vez escondiera las cartas de los abuelos para que el nieto no las recibiera. ¿Cómo podían un padre y un hijo dejar de hablarse? Eso le resultaba difícil de entender. Aunque él discutía muy a menudo con el suyo, no podía pensar en irse al Canadá y nunca más hablarle. El timbre lo sacó de sus reflexiones. Era su padre que había olvidado las llaves, y seguramente se sorprendió con el abrazo tan efusivo de Sebastián.

- Te quiero mucho, viejo, ¿sabías?

- Gracias, hijo, yo también te quiero mucho… – respondió un poco asombrado.

- ¿Qué es eso que traés ahí todo mojado?

- ¿Esto? ¡La cuenta del teléfono!

- ¡Otra vez cartas mojadas! Pero si hoy no llovió.

- Es lo mismo que le dije a Manuel, pero no sé qué le pasa a este portero. Está en la luna de Valencia, dice que tiró el primer balde de agua y recién ahí vio el sobre en el piso, pero ya era tarde…

- Me parece que está enamorado, pa, por eso está tan distraído.

Los dos se rieron un rato del portero, y empezaron a preparar la cena. La mamá de Sebastián llegaría un poco más tarde, pero a él le gustaba a veces estar con su padre a solas. Y ese día, lo disfrutaba especialmente.

Después de cenar, Sebastián se sentó frente a Amerita para organizar el caso. No había ninguna novedad en internet, nadie había respondido aún. Así que abrió la libreta de notas y escribió: SOSPECHOSOS, dispuesto a hacer una lista. Repasó mentalmente y escribió: 1- Manuel. Así como había estropeado la cuenta del teléfono, pudo haber hecho lo mismo con las cartas del nieto de Daniel. Tendría que hablar con el portero. 2- Pablo. Después de todo, Pablo coleccionaba estampillas y tal vez había estado robando las cartas para guardarse las estampillas de Canadá. Le haría una visita. 3- Matías. Porque siempre estaba en medio de los líos, y no podía descartarlo. Tendría que vigilarlo atentamente. Con tres sospechosos, Sebastián ya tenía una investigación en marcha. Se sacó los anteojos y se durmió pensando en los pasos a seguir.

Al día siguiente se levantó bien temprano, tenía una nota de la mamá encargándole algunas compras. Desayunó, agarró la lista, su anotador y un par de sobres viejos que venía guardando. Tocó timbre en el departamento de la planta baja y le abrió Pablo.

- Hola, Sebastián. ¿Qué hacés por acá?

- Tomá, te traje estos sobres con estampillas, ¿cómo va la colección?

- No, ya no junto más. Pero gracias igual, vení, estamos jugando con Javier a la pelota. Tenés que ir al arco, claro.

- Eh… no, no puedo… – Sebastián odiaba casi todos los deportes, en realidad no era bueno en ninguno. – Pero, ¿hace mucho que abandonaste la colección?

- ¿Qué colección?

- La de estampillas.

- ¡Ah, eso! Sí, meses, era muy aburrido… ¡Dale, jugá con nosotros!

- No puedo, tengo que… ayudar a mi mamá.

- ¿Ayudarla a qué?

- Aaa… a hacer unas compras. Chau. – y salió tan pronto como pudo. Una vez en el pasillo tachó el nombre de Pablo de la lista.

- ¿Qué haces anteojito? – lo sorprendió Matías y le arrancó el anotador de las manos – ¿Siempre estudiando vos? ¿No te diste cuenta de que estamos en vacaciones?

- Yo sí – dijo Sebastián recuperando lo suyo antes de que Matías pudiera leerlo – el que ya tendría que empezar a preparar las materias que se llevó sos vos, ¿no?

Matías le dio una patada en el tobillo y salió corriendo. Sebastián no tuvo tiempo de reaccionar, y tuvo que agacharse a causa del dolor que le subía por la pierna. ¿Por qué siempre Matías acababa pegándole sin que él lograra defenderse?

Cuando el dolor pasó y pudo caminar normalmente tocó timbre en la casa del portero, pero nadie respondió. Sebastián salió para hacer las compras, ya habría tiempo de hablar con Manuel. De hecho, se lo encontró en la verdulería, cosa que no lo sorprendió, aunque dejó las preguntas para otro momento más oportuno.

Amerita no tenía novedades cuando llegó a casa. Dos o tres personas habían respondido indicando que no eran la persona que buscaba, nada que sirviera. De repente, Sebastián tuvo un pensamiento que hasta ahora no se le había ocurrido. ¿Y si Sergio no existía? ¿Y si el viejo lo había inventado para sentirse menos solo? Después de todo no era raro que las personas mayores fabularan o creyeran cosas que no eran reales. A veces mezclaban el pasado con el presente, o creían reales sus sueños y deseos. Daniel se veía bastante mayor, y Sebastián jamás, en los años que llevaba viviendo en el edificio – toda su vida – lo había escuchado hablar de un hijo o un nieto, ni los había visto, ni había visto sus cartas. ¡Esa sería la prueba! ¡Las cartas!

Tuvo que tocar varias veces el timbre para que por fin Daniel le abriera. Lo hizo pasar, casi con alegría, le ofreció gaseosa, té, chocolate, galletitas…

- No, gracias, Daniel, acabo de merendar.

Recién cuando se habituó a la oscuridad del departamento la vio. Ella estaba en un rincón, junto a la pesada cortina de la ventana. Parecía una estatua de cera, no hablaba, no pestañaba, Sebastián empezó a preguntarse si acaso respiraba.

- Hace una semana que está así. – dijo Daniel que había advertido la mirada curiosa de Sebastián sobre su esposa Ana. – Sólo se levanta para ir al baño o para acostarse, pasada la medianoche. Casi ni come. No sé qué hacer, y todo es por las cartas de Sergio.

- De eso quería hablarle, Daniel, ¿usted me mostraría alguna de esas cartas? A lo mejor encontramos en ellas algún dato que nos ayude a entender qué sucedió.

- No creo,  yo ya las leí cientos de veces, para mí y en voz alta para Ana. Son absolutamente normales. No hay enojo, ni miedo, ni nada que explique su repentino silencio.

- Si no le importa, me gustaría verlas.

El anciano dudó un instante, pero finalmente dio la vuelta y fue hacia un aparador inmenso, con varias puertas. Sebastián no pudo creer lo que el viejo le mostró. Todo el mueble, sus estantes, cajones, repisas y rincones, estaban llenos de sobres. Parecía que no había lugar para uno más.

- Son todas. – dijo el anciano, limitándose a abrir todas las puertas del mueble. De repente, el comedor parecía más luminoso.

Las cartas existían, y el nieto también. Sebastián sintió vergüenza de sus sospechas, y hasta le pareció una intromisión revisar esas cartas, diálogo de un nieto y sus abuelos por más de diez años. Sin embargo un sobre cayó desde un estante, y al acercarse a recogerlo, Sebastián no pudo notar algo importante:

- Pero, la dirección está mal, Daniel. El número no es el del edificio.

- No, en realidad la numeración de esta calle cambió hace unos años. Mi nieto siempre siguió escribiendo al mismo número de siempre. Igualmente, el cartero sabe las dos numeraciones, además nos conoce. Eso nunca fue un problema.

- Sí, me acuerdo lo del cambio de numeración. ¿Y usted está seguro de que no es problema?

- No, claro que no. El cambio se hizo hace más de seis años y nosotros seguimos recibiendo las cartas de Sergio sin problemas. Sólo hace seis meses que no sabemos de él. La última carta llegó hace exactamente seis meses y cinco días.

- Seis. – corrigió Ana en un murmullo. Recién entonces recordó su presencia. Estaba oyendo todo.

Sebastián se despidió de los dos ancianos y se fue.

Ya en casa, Sebastián no podía dejar de pensar en las cartas. ¿Cuántas serían? ¿Miles? ¿Acaso el nieto escribiría todos los días? Le pareció increíble.

Decidió volver a la lista de sospechosos, y pensó que era un buen momento para hablar con Manuel. Sebastián abrió la puerta y salió decidido chocándose con el portero, que justamente estaba parado detrás d ela puerta y a punto de tocar el timbre.

- ¡Auch! Me pisaste.- se quejó.

- ¿Qué hacías ahí, atrás de la puerta? – preguntó Sebastián en tono de reproche, porque él también se había golpeado en el choque involuntario de ambos.

- Venía a tarer estos sobres. – dijo el hombre con tono culpable y tratando de irse rápido.

- Pará, Manuel, están mojados, ¿qué está pasando con el correo?

- No es mi culpa, bueno, sí, supongo que estoy un poco distraído y empiezo a baldear sin mirar el piso. Pero para algo está el buzón, ¿no? Yo no entiendo la manía de este cartero nuevo de tirar las cartas por debajo de la puerta. ¿Para qué pusimos un buzón de bronce? ¿eh? – y huyó protestando solo y en voz alta.

Sebastián se quedó en la puerta, sin entender del todo las excusas de Manuel, sin embargo… Creyó encontrar la respuesta al enigma que lo preocupaba.

Bajó las escaleras corriendo y alcanzó a Manuel justo en el momento en que este intentaba cerrar la puerta. Sin saber muy bien por qué, Sebastián se lo impidió, metiendo el pie entre la puerta y el marco.

- ¿Qué pasa? Ya te dije que no es mi culpa, ¿no?

- No, está bien, Manuel, no te preocupes, pero decime algo…

- ¿Qué?

- ¿Cuánto hace que cambiaron al cartero?

- Y hará unos seis meses más o menos, Don Lorenzo se jubiló después de 25 años de hacer el mismo recorrido. Se lo merecía, ya estaba muy cansado…

- ¡Gracias! – Sebastián desapareció escaleras arriba. Ahora podría decirle a Daniel que seguramente Sergio sufría la misma angustia que ellos al ver sus cartas devueltas. Bastaba con escribirle y comunicarle la numeración correcta para que el diálogo de una década se reanudara entre abuelos y nieto.

Quince días más tarde, Daniel volvió a tocar el timbre en casa de Sebastián.

- Esto es para vos. – y le alcanzó un libro inmenso con fotos de paisajes de Canadá. – Lo mandó mi nieto, yo le dije que a vos te gustaba mucho leer y quiso regalártelo.

- Gracias, Daniel, es hermoso. Me alegro de que hayan vuelto a comunicarse. ¿Y su esposa? ¿Cómo está?

- Ahora está en la peluquería. Queremos mandarle una foto a Sergio, y no me dejó que la sacara. ¡Cómo son las mujeres!

(Esta historia continuará…)

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Las aventuras de Sebastián Holmes 3

Publicado por kareche en septiembre 27, 2009

Capítulo 3:  Cartas mezcladas

Hacía una semana que llovía sin parar, y el agua empezaba a hacer de las suyas, pero esta vez la travesura había llegado al colmo. Aparentemente la bandolera que cerraba el buzón de la entrada había quedado abierta y todas las cartas del día se habían mojado irremediablemente. El portero las había puesto a secar sobre una toalla, pero remitentes y destinatarios se habían borroneado y ahora resultaban ilegibles.

- ¡Lo único que me faltaba! – protestó la mamá de Sebastián. – ¡Reunión de consorcio! Y tener que aguantar que abran una por una todas las cartas para que podamos enterarnos de quién es el destinatario. ¡Nada podría ser más aburrido!

- Bueno, no serán tantas, ¿no? – comentó el papá.

- Entonces podrías ir vos…

- No, no, yo hoy no puedo, tengo… tengo… un encuentro de exalumnos del secundario. No puedo faltar, claro, te imaginás, tantos años sin vernos…

- ¡Pero si se encuentran todos los jueves!

- Por eso, hoy es jueves, bueno, nos vemos a la noche, entonces. Suerte con la reunión – y el papá desapareció más rápido que el humo de las tostadas que Sebastián acababa de quemar distraído con la conversación de sus padres.

- ¡Sebastián! Abrí una ventana, por favor, vas a llenar de humo el departamento.

- Mamá, ¿querés que vaya yo a esa reunión?

- ¿Te parece? No sé…

- Es fácil, solamente tengo que escuchar cuando lean las cartas y pedir las que estén dirigidas a vos, a papá o a mí.

- Sí, en realidad es bastante sencillo. Bueno, está bien, andá vos. Yo voy a estar acá trabajando en la compu. Cualquier inconveniente o duda, subís a buscarme y bajo yo. Gracias, hijo. La verdad es que no tenía muchas ganas de perder el tiempo escuchando la correspondencia de todo el edificio. Te debo una.

Sebastián estaba de vacaciones, y más allá de sus novelas policiales, algunos juegos en la computadora y sus investigaciones, el edificio ofrecía un panorama bastante aburrido. Además desde la desaparición de los chocolates no había ocurrido nada interesante. Ni siquiera había discutido con Matías. La reunión de consorcio le resultaba un plan si no divertido, por lo menos curioso.

A las siete en punto de la tarde, Sebastián bajó y tocó timbre en el departamento del portero. Allí se realizaría la apertura de la correspondencia. Ya estaban casi todos: Doña Rosa con Pussy sentado en su falda, la mamá de Matías, la pareja de ancianos del primero, el padre de los chicos de la planta baja y el portero, que se veía un poco preocupado.

- Perdonen este incidente con el buzón, en realidad, no sé cómo pudo pasar algo así. Casi siempre recibo la correspondencia en la mano, pero bueno… ayer yo no estaba cuando pasó el cartero… y… bueno, después la lluvia… en fin…

- No te preocupes, Manuel, fue un accidente nada más. – dijo Doña Rosa con la misma suavidad con que acariciaba el lomo de Pussy.

- Pero empecemos de una vez, por favor, yo tengo mil cosas que hacer. – se quejó la mamá de Matías.

- Sí, sí, empecemos. Pero, ¿cómo hacemos? – preguntó Manuel.

- Yo sugiero que abramos una por una las cartas y leamos a quién están dirigidas en el interior. – dijo el señor de la planta baja.

- Pero, entonces… todos se enterarán del contenido de las mismas… – protestó Manuel.

- Creo que no hay otra opción. – intervino el anciano, con algo de ansiedad. – Esperemos que no sean cuestiones muy íntimas…

Manuel miró a todos confundido, no estaba seguro de querer hacer eso. Pero todos asintieron aprobando el método. Finalmente, el portero tomó la primera y la abrió muy lentamente, como si temiera que fueran a salir del sobre víboras, arañas o una bomba explosiva.

- Cuenta de teléfono, a nombre de Rosa Mignone.

- Obviamente es mía, gracias Manuel.

Así siguió la reunión por más de quince minutos: dos resúmenes bancarios, una cuenta de luz, tres de gas, una carta de la sobrina de Manuel en España, una de los tíos de los chicos de la planta baja desde Miramar. Para el final quedó un sobre particularmente misterioso. Estaba borroneado como todos, pero no tenía estampillas ni huellas de matasellos postal alguno.

- Qué extraño… – dijo Sebastián – ¿puedo verlo?

- Por supuesto. Yo ya estoy aburrido de abrir sobres. – dijo Manuel y se lo dio.

- Parece que no lo trajo el cartero, sino que su remitente lo debe haber echado personalmente en el buzón. – señaló el niño.

- ¡Puede ser una amenaza! – dijo la anciana del segundo muy asustada.

- O una carta de amor… – agregó Doña Rosa intrigante.

- Abrilo de una vez, Sebastián, y terminemos con esto ya. – exigió la mamá de Matías poniéndose de pie.

Sebastián lo abrió y estuvo largo rato mirando el extraño mensaje:

“A MORMÍ OCRE OQUEPO DE MOSEN CON TRARNO SES TATAR DE EN LAPLA ZACUAN DOTER MI NE  DETRA BAJAR. YASA BÉSQUE MIJE FEES TERRI BLEMEN TE EXI GENTEY NOCRE OQUE MEDE JESALI RANTES DEL ASSI ETE. TELLE VOL OSRA BANI TOSQUE MEPE DIS TE. UNBE SOGRAN DEDE TUVER DULE RAPRE FERID A EL SA.”

- A ver, ¿qué dice? – el papá de los chicos le arrancó la hoja de la mano – ¡Pero esto no se entiende nada! Parece escrito en otro idioma.

- Manuel, ¿a vos te gustan los rabanitos? – preguntó Sebastián de la nada.

- Sí, ¿por qué?

- Entonces la carta es tuya, y yo que vos no dejaría que la lean en voz alta.

Manuel se puso colorado y empezó a leer en voz muy bajita:

- “Amor mío…” – se frenó de golpe – Sí, sí, esto es mío, y si no hay más cartas doy por terminada la reunión.

- ¡Por fin! – la mamá de Matías se fue inmediatamente. El resto de los vecinos también fue saliendo, pero con la boca abierta y medio empujados por Manuel, que de repente quería estar a solas con su misteriosa carta.

- Así, que Elsa, ¿eh? – Sebastián le guiñó un ojo al portero y desapareció cerrando la puerta.

(Esta historia continuará…)

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Las aventuras de Sebastián Holmes 2

Publicado por kareche en septiembre 8, 2009

Capítulo 2: El misterio de los chocolates

Sebastián bajó las escaleras casi sin pisar los escalones. Acababa de hablar con Doña Rosa quien le había preparado una torta de chocolate en agradecimiento y además le había contado que Matías estaba castigado, sin poder salir a la calle. La tranquilidad de pasear sin la posibilidad de cruzárselo, lo hacía inmensamente feliz.

Al llegar a la puerta de entrada se encontró con los dos niños de la Planta baja, sus nuevos admiradores, y estaba por ofrecerles su autógrafo cuando el más grande habló:

- Necesitamos contratarte.

Recién entonces reconoció lo que el otro llevaba entre su manos. Era un chanchito de cerámica que tintineaba con ruido de monedas.

- Tenemos dinero, vamos a pagarte. – agregó el primer niño ante la cara de sorpresa de Sebastián.

- Pero, ¿para qué quieren contratarme?

- Alguien robó nuestro tesoro.

-¿¡Un tesoro!? ¿De qué están hablando?

Los dos niños hicieron un gesto para que no hablara fuerte y lo invitaron a pasar a la casa. La madre de los pequeños estaba allí, a punto de salir con el cachorro de Fox Terrier envuelto en una manta.

- ¡Qué suerte que viniste, Sebastián! Me estoy yendo con Puchi a la veterinaria, mi marido llega en cualquier momento. ¿Te quedás un ratito con Pablo y Javier?

Sebastián no tuvo tiempo de pensarlo, la mujer ya había salido con el animalito que se veía bastante mal.

- Ahora estamos solos – dijo Pablo, el niño más grande – te contaremos nuestro secreto, pero tenés que prometer que vas a ayudarnos.

- A ver, chicos, que no entiendo nada de nada. ¿Ustedes hablaron de un tesoro?

Los dos pequeños se miraron antes de seguir hablando. Esta vez fue Javier el que dijo:

- Teníamos chocolates guardados desde Pascua, todos los chocolates que nos trajo el abuelo de su viaje, y los que nos compró mamá, pero alguien se lo llevó.

- Estaban bien escondidos en el jardín, en una caja de plástico, entre las ligustrinas, pero desaparecieron. El ladrón nos dejó la caja vacía. – Los chicos le mostraron a Sebastián la caja completamente vacía.

- Tratándose de chocolates, lo primero que puedo pensar es que fue Matías. Es capaz de matar por un chocolate. – dijo Sebastián provocando el espanto en el rostro de los dos niños. – Pero hace una semana que está castigado por robar las mascotas del edificio y casi no lo dejan salir de su casa. Vamos a ver el lugar del crimen.

Los tres chicos salieron al jardín. En la ligustrina había una especie de cueva, y entre las ramas habían escondido el tesoro de chocolates. Alrededor no se veía ni un envoltorio, seguramente el ladrón se había llevado todo sin siquiera probarlo.

- ¿Y estas huellas? – preguntó Sebastián señalando unas pisadas enormes en el barro. – Parecen de un hombre adulto, ¿las reconocen? – Los dos niños pequeños se miraron sin entender demasiado. – Aprovechemos que sus padres no están, hay que revisar todos los zapatos a ver si alguno tiene este dibujo en la suela.

Se metieron en el dormitorio de sus padres y vaciaron la parte del calzado. Botas, botines, zapatos, pantuflas, sandalias… Sin embargo ninguna suela correspondía con el dibujo de las huellas en el barro.

- Tiene que ser alguien de afuera, tal vez trepó por encima de la ligustrina, o se metió entre las ramas. Vamos a sacar un molde de la huella.

Los dos hermanitos seguían a Sebastián con admiración, mientras este calcaba en un papel el dibujo de las pisadas en el barro.

- Con esto ya tengo algo para empezar. – dijo Sebastián. Justo en ese momento el papá de los chicos entró con un bolso que parecía para irse de campamento.

- Hola, chicos, ¿y mamá?

- Se fue con Puchi al veterinario.

- ¿Al veterinario? ¿Qué tenía?

- No sabemos, parecía muy enfermo.

- ¿Y ustedes qué hacen?

- Nada, nada, charlamos con Sebastián.

- Igualmente, yo tengo que irme, solamente me quedé hasta que usted llegara. Su señora no quería dejar solos a los chicos. – Los hermanitos miraron con odio a Sebastián, pero este les guiñó un ojo disimuladamente y el gesto se aflojó en sus labios.

Sebastián quería ver la parte de atrás del edificio para comprobar si las huellas continuaban fuera del cerco y con qué rumbo. Sin embargo no pudo hallar ni una sola. Parecía como si el misterioso ladrón de los chocolates se hubiera esfumado dentro del jardín. Cuando volvía, tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse con Matías.

- ¿Me extrañabas cuatro-ojos?

- No, seguro que no, ¿y vos? ¿extrañás tu bici nueva?

La cara de Matías se puso roja, y con un fuerte empujón salió hacia las cocheras.

- Tenés suerte, porque no tengo tiempo, mi papá me espera en el auto… – y desapareció escaleras abajo. Matías empezaba a sonreír cuando vio en el piso unas extrañas huellas: eran de un pie grande, y se parecían mucho a las del molde. Las comparó y descubrió que eran las mismas y se dirigían a ¡la cochera! ¿Era posible que otra vez Matías hubiera hecho de las suyas? Sebastián no podía creerlo, todavía no le habían levantado la penitencia y ya volvía a las andadas. Decidió seguir el camino de huellas para confirmar sus sospechas.  Sin embargo, fue muy grande su sorpresa cuando siguiendo el camino que le marcaban las pisadas llegó hasta el auto del papá de los chicos.

- Sebastián, ¿qué hacés acá abajo? – la voz del hombre lo sobresaltó – ¿Pasa algo con mi auto?

- No, yo… en realidad… buscaba…

- Sí, decime, ¿qué buscabas?

- Señor, ¿puedo preguntarle algo?

- Sí, claro, ¿qué?

- ¿Usted vio estas huellas que llegan hasta su auto?

El hombre se ruborizó, y parecía estar nervioso.

- No parecen de sus zapatos, creo que tal vez alguien estuvo tratando de abrir su auto, o algo parecido…

- No, no, Sebastián, vos no entendés, estas huellas son mías.

- ¿Suyas? Pero no parecen suyas, no de sus zapatos.

- Esto es un secreto, y tenés que prometerme que no vas a decírselo a mi mujer. Estoy un poco… gordito, y empecé a hacer ejercicio, pero me da vergüenza que me vean en jogging y zapatillas. Así que ando con el bolso en el baúl todo el tiempo y me cambio en el club. Pero no digas nada, por lo menos no hasta que baje un par de kilos. ¿De acuerdo?

A Sebastián toda esa historia le sonó rara, la verdad es que el vecino era un poco raro, pero no lo creía capaz de robarles los chocolates a sus propios hijos. Lo malo del caso era que la única pista que tenía acababa de desvanecerse. Hizo un bollo con la hoja de papel en la que había dibujado la huella y decidió volver a revisar los hechos. Se sentó en la escalera de entrada, frente a la puerta y se quedó un rato ensimismado.

A los quince minutos vio a la mamá de los chicos que llegaba con Puchi en brazos.

- ¿Qué pasó? ¿Dejaste a los chicos solos? ¿Se pelearon?

- No, hace un rato llegó su marido. – dijo Sebastián tratando de sonar natural.- ¿qué tenía el perro?

- Un terrible empacho, – contestó la mujer – parece que se comió ¡casi medio kilo de golosinas con papel y todo! Te dejo, Sebastián, tengo que darle un purgante.

Sebastián subió los escalones despacio. “Caso resuelto” pensó, “me merezco una buena merienda con la torta de Doña Rosa”.

(Esta historia continuará…)

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