
Hacer una lectura literaria es claramente diferente de cualquier otro tipo de lectura que hagamos. Leemos un diario para informarnos, leemos un mail para saber de alguien, una receta para poder cocinar o un catálogo para elegir lo que queremos comprar. Pero si nos preguntamos para qué leemos literatura, está claro que la respuesta no es tan simple ni tan concreta.
No leemos literatura para incrementar nuestro vocabulario, ni para incorporar la gramática, ni para ser más cultos, aunque todo eso pueda suceder mientras leemos. Lo que nos impulsa a leer literatura no tiene que ver con un fin pragmático e inmanente, sino justamente lo contrario: estamos buscando lo trascendente. La literatura nos permite trascender nuestros propios límites, ser otros sin el temor de dejar de ser nosotros mismos; conocer otros sentimientos, sueños y deseos sin arriesgar los propios en el intento. La literatura no tiene un para qué, pero nos es indispensable como seres humanos, porque nos hace más humanos, en la medida que nos acerca a nuestros congéneres y nos permite vivenciar las problemáticas existenciales humanas.
La lectura literaria surge entonces como una necesidad del ser humano, más importante que otras tantas lecturas que se nos presentan como más urgentes.
Sin embargo, la sociedad posmoderna tiene varias excusas para aborrecer la literatura, y los adolescentes están expuestos a ellas y las reciben con naturalidad. En primer lugar, como ya se dijo, la literatura no tiene un fin utilitario lo que la hace despreciable para una mirada economicista, resulta inútil, una pérdida del tiempo de consumo. En segundo lugar, el hoy y el aquí, la inmanencia casi absoluta, han sido erigidos como valores fundamentales, y frente a ellos la trascendencia resulta amenazante e incierta. La literatura exige una cierta soledad, otro temor de la sociedad posmoderna. Finalmente, la lectura literaria exige paciencia, para adentrarse, para bucear, para reconocer los guiños que se hacen más claros en la medida en que avanzamos en nuestro itinerario lector; no tiene la velocidad del videoclip ni la inmediatez de la televisión, pide tiempo en un mundo que todo lo quiere ya, o antes.
Hasta aquí todos parecen escollos, sin embargo ya se ha dicho que la literatura – el arte en general – es una necesidad del ser humano, por lo tanto no puede ser tan difícil despertar esa necesidad (despertarla solamente, porque ya existe en ellos) en nuestros adolescentes.
Para lograr ese entusiasmo, no deberíamos perder de vista algunos aspectos de la lectura literaria. El primero es la gratuidad. Es esta cualidad la que la acerca al juego. Los niños juegan y no se preguntan por qué lo hacen, el juego es gratuito, no tiene un fin para el niño, lo hace por placer, porque sí. En este sentido la lectura literaria sólo es tal cuando es gratuita. Esta sentencia puede ser un poco cruel y excesivamente rigurosa, pero cuando obligamos a un chico a leer un libro, así sea la obra cumbre de la literatura universal, si lo hace obligado, no es lectura literaria. La intencionalidad original del texto ha sido bastardeada, y ese chico ya no lee por placer, como presupondría la función estética del texto en cuestión, sino porque quiere aprobar, porque quiere evitarse un castigo, o (en el mejor de los casos) porque confía en el criterio de su profesor. Tampoco hay que menospreciar esta lectura que seguramente enriquecerá al lector a pesar de sí mismo, pero ya no podemos hablar de una lectura literaria. En la medida en que tiene un fin pragmático e inmanente: la evaluación, ya no es gratuita y por tanto no es literaria.
Sabemos que las primeras veces que un lector se enfrenta a un texto literario no hace una lectura literaria, pero confiamos en que el texto hace también lo suyo. En la interacción, si logramos disminuir la obligación y sabemos ver las capacidades y necesidades de nuestros alumnos, la intencionalidad estética del texto se irá imponiendo y el placer llegará.
Otro aspecto no menos esencial a la literatura tiene que ver con la ausencia de reglas que permite la ficción. Cuando Alicia se enfrenta a los disparates del País de las Maravillas la libertad es absoluta, nadie vendrá a imponer la lógica racional de este mundo ni a dejar una moraleja acerca del peligro de comer o beber alimentos de dudosa procedencia. Cuando Dailan Kifki irrumpe en la vida de aquella señorita, nadie se pone a discutir si habría que haber llamado a la Fundación Vida Silvestre o si es inmoral molestar de esa forma a los vecinos.
La censura históricamente ha ignorado el carácter ficcional de la literatura y se ha metido a juzgar lo que no existe, porque es ficción. En este sentido, a veces la literatura Infantil y juvenil ha querido convertirse en un compendio de enseñanzas y ejemplos, que por lo redundantes y obvias agobian. La intencionalidad de la literatura es estética, no didáctica, y la literatura infantil y juvenil no deja de ser literatura. Si el libro olvida esta premisa, entonces la lectura tampoco es literaria.
Tantas condiciones pueden hacer creer que será entonces imposible lograr que nuestros jóvenes alumnos logren la experiencia de la lectura literaria, pero no lo es. De hecho, muchos de ellos ya están leyendo, a pesar de la sociedad, a pesar de nosotros y a pesar de ellos mismos.