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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (8)

Publicado por kareche en noviembre 19, 2011

Octavo Capítulo

- ¡Qué bueno que estés aquí! – le dijo Alicia al gato sonriente, pero él no la escuchó, porque solamente era una sonrisa, no tenía oídos. Alicia esperó a que tuviera ojos para hacerle un saludo con la mano, y cuando ya tenía la cabeza completa volvió a decirle:

- ¡Qué bueno que viniste! Me estaba aburriendo mucho. Ahora por lo menos tendré con quién conversar un rato.

- ¿Qué tal el partido? – preguntó el gato.

- ¡Uff, es un lío!. Cada uno hace lo que quiere, y se la pasan peleando y discutiendo.

- ¿Y la reina?

- Esa mujer está loca, tiene un carácter terrible… – en ese momento Alicia se dio cuenta de que la reina estaba detrás de ella. – terriblemente hermoso. – completó. La reina la miró y sonrió complacida.

- ¿Con quién hablás? – le preguntó sin ver al gato.

- Con un gato amigo, es muy inteligente y simpático.

- Yo no veo ningún gato, solamente veo una cabeza, y por cierto, una cabeza bastante despeinada y bigotuda.

- Más despeinada está usted. – respondió el gato con insolencia. La reina se puso roja de vergüenza y furia y gritó tan fuerte que todo el reino la escuchó:

- ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza!

Inmediatamente llegaron los soldados, y con ellos el verdugo que era el encargado de cortar la cabeza a los sentenciados. Pero entonces comenzó una gran discusión:

- Su majestad, – decía el verdugo – no puedo cortarle la cabeza si solamente tiene cabeza.

- Justamente – insistía la reina – si tiene cabeza, se le puede cortar. Usted no podría cortar la cabeza a un cuerpo sin cabeza, pero a una cabeza sin cuerpo, ¿por qué no?

Y así seguían sin llegar a ninguna decisión. El gato los miraba divertido, y en cuanto los vio muy enfrascados en la discusión, le guiñó un ojo a Alicia y desapareció completamente, dejando su sonrisa suspendida en el aire un par de segundos.

Cuando la reina se dio cuenta de la desaparición del gato se puso más furiosa todavía.

- ¿Dónde está esa cabeza? ¿Quién se la ha llevado? ¿Fuiste vos? – preguntó señalando a Alicia con el dedo índice.

- Yo no – respondió – ese gato está siempre apareciendo y desapareciendo misteriosamente.

- Es tu gato, así que vos sos la responsable de sus insolencias. Ya que no hay gato…, ¡que le corten la cabeza a esta niña! – ordenó la reina.

Alicia tragó saliva, y empezó a pensar en cómo escapar.

No podía creer el lío en el que estaba metida. Ahora la culpaban por la insolencia del gato que encima había desaparecido. Dos soldados la tomaron, uno de cada brazo, para que no pudiera escaparse.

- Pero, si yo no hice nada. – se quejaba Alicia. Pero nadie parecía escucharla. De repente se había formado un jurado con pájaros y otros animales de todas clases que ocupaban doce asientos en una tribuna. El rey se había vestido de juez con una larga túnica negra y una peluca llena de rulos, y golpeaba una mesita que tenía delante con un martillo de madera.

- ¡Orden en la sala! – gritaba – Que comience el juicio.

- ¿Qué juicio? – preguntaba Alicia – Si yo no hice nada…

- Guarde silencio la acusada, o la haré retirarse de la sala.

- Yo no me voy nada. – respondió Alicia que una vez más había empezado a agrandarse.

- Póngase de pie para escuchar la acusación. – ordenó una de las sotas mientras desenrollaba un pergamino larguísimo. – Está usted acusada de haber hecho desaparecer al gato, de destruir la casa del Conejo Blanco, de inundar el jardín con sus lágrimas, y de hacer trampa jugando al croquet.

- ¡Yo nunca hago trampa! – protestó Alicia, que seguía creciendo y ahora tenía que mirar hacia abajo para hablar con la sota.

- ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza! – gritaba la Reina.

- ¡Eso es un disparate, Señora! Usted quiere que le corten la cabeza a todo el mundo – le contestó Alicia.

La reina estaba otra vez roja y no paraba de gritar. El rey daba golpes con el martillo y nadie le hacía caso. Y Alicia no paraba de crecer. Los miembros del jurado conversaban entre sí, y ponían cara de indignación.

- Yo la declaro culpable – anunció el rey –. Y ahora sí… ¡que le corten la cabeza!

Alicia, que había recuperado su tamaño normal, dijo:

- Usted no puede hacer eso, ninguno de ustedes puede, porque no son más que un mazo de cartas.

En cuanto acabó de pronunciar estas palabras todas las cartas volaron por el aire. Desaparecieron la tribuna del jurado, el campo de croquet, las rosas y los rosales. Alicia sintió que otra vez caía y flotaba en el aire, muy suave y lentamente. Pronto se sintió cansada de tanto caer y cerró los ojos. Volvió a abrirlos cuando sintió que aterrizaba sobre un montón de hojas secas.

- Alicia, Alicia – la llamaba la voz de su hermana –. Parece que te quedaste dormida. Vamos, que ya casi es de noche.

- No sabés que sueño tan extraño tuve. Estuve en un país maravilloso. – Mientras caminaban hacia la casa, Alicia le contó a su hermana sus increíbles aventuras.

FIN.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (7)

Publicado por kareche en octubre 20, 2011

Séptimo Capítulo

Esta vez Alicia llegó hasta un verdadero jardín, con pasto muy cortito, rosales y rosas. Sin embargo, la sorprendió ver a tres jardineros muy preocupados en pintar las rosas con pintura roja.

- ¿Qué hacen? – preguntó.

- Es que nos equivocamos, – comenzó a explicar uno – y plantamos un rosal blanco en el lugar en que iba uno rojo.

- Sí – siguió otro – y si la reina lo descubre, nos cortará la cabeza.

- ¡Caramba! – exclamó Alicia – No debe ser tan grave el asunto.

- Me parece que vos no conocés a la reina, – volvió a hablar el primero – si la conocieras, seguramente nos ayudarías a pintar…

- ¡La reina! ¡La reina! – gritó el tercero que había estado vigilando.

La reina no llegaba sola, sino que estaba rodeada por toda una comitiva. Primero venían diez soldados con tréboles en el pecho. Despues venían otros diez con diamantes. A continuación marchaban diez con picas y por último venían los diez soldados de corazones. ¡Todos eran cartas!

Junto a la reina, la sota de corazones traía la corona apoyada en un pequeño almohadón rojo de terciopelo. Y un poco más atrás venía el rey.

Los tres jardineros se habían tirado al piso en cuanto vieron llegar al grupo. Alicia, en cambio, prefirió quedarse de pie para poder ver el desfile. Cuando la reina llegó hasta donde estaba ella se detuvo y preguntó:

- ¿Y vos quién sos?

- Mi nombre es Alicia, su Majestad. – respondió muy educadamente.

- ¿Y sabés jugar al crocket?

- ¡Sí! – dijo entusiasmada.

- Entonces vení con nosotros.

Alicia se unió al grupo y muy pronto llegaron al campo de juego, pero el partido parecía más complicado de lo que hubiera esperado. Las bolas eran pequeños erizos que se enroscaban sobre sí mismos. Los palos eran en realidad flamencos, debían tomarlos de las patas, y con el pico curvo golpear las bolas. Y los arcos eran soldados, que se ponían en cuatro patas para que las bolas pasaran por debajo de ellos. El problema estaba en que los jugadores no tenían turnos, como debiera ser, sino que jugaban todos al mismo tiempo. Los erizos, a veces se desenroscaban y se iban a dar un paseo por ahí. Los soldados se movían para que la reina acertara todos sus tiros. Si de casualidad ella no acertaba, enseguida gritaba:

- ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la cabeza!

El juego se estaba poniendo un poco peligroso, y Alicia pensó en marcharse. Pero justo en ese momento vio algo entre los árboles que llamó su atención. ¡Era la sonrisa del gato sonriente!

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (6)

Publicado por kareche en octubre 11, 2011

Sexto Capítulo

Como era un día soleado, el sombrerero y la liebre habían sacado una mesa larguísima al jardín, debajo de un árbol. Allí se encontraban los dos sentados a la mesa, y entremedio de ellos, dormía un lirón. Todo estaba dispuesto para tomar el té: las tazas, los platos, el azúcar, la manteca y el dulce. Cuando la vieron acercarse a Alicia dijeron en voz alta:

- ¡No hay lugar! ¡No hay lugar!

- Hay muchísimo lugar. – respondió ella sentándose en la punta de la mesa.

- ¿En qué mes estamos? – preguntó el sombrerero mirando su reloj.

- En mayo. – respondió Alicia.

- Este reloj sigue atrasando, se ve que la manteca no lo arregló.

- Es que usaste el cuchillo del pan – le dijo la liebre – y seguramente tenía algunas miguitas. Deberías ponerle un poco de dulce. – y le alcanzó el frasco al sombrerero, que volcó una cucharada bien llena sobre el reloj.

- Pero los relojes no marcan los meses. – interrumpió Alicia.

- ¡Qué disparate! ¿Acaso vos tenés un reloj que marque los años?

- Claro que no – dijo Alicia que empezaba a enojarse – los años duran tanto que cualquiera se acuerda en qué año estamos. Los relojes marcan las horas.

- Eso sería absolutamente inútil. – le dijo el Sombrerero.

- Inútil… – repitió el lirón que parecía hablar en sueños.

- Claro que sí – confirmó la liebre – aquí siempre son las cinco de la tarde.

- ¡Son las cinco! – exclamó el sombrerero – ¡La hora del té, la hora del té!. – e inmediatamente se sirvió una taza llena.

- ¿Querés un poco más de té? – preguntó la liebre a Alicia.

- ¡Pero si todavía no tomé nada! No puedo tomar más.

- Dirás que no podés tomar menos. – la corrigió el sombrerero, sirviéndole en su taza. Alicia ya no quería discutir, así que no dijo nada.

- ¿En qué se parecen un cuervo y un escritorio? – preguntó de repente la liebre. Alicia se puso contenta, porque le gustaban las adivinanzas.

- Déjeneme pensar, a ver… – dijo haciendo un esfuerzo por concentrarse.

- No es muy difícil el acertijo. – agregó el sombrerero, lo que puso un poco nerviosa a Alicia. Pero no se le ocurría la respuesta.

- Me doy por vencida. – dijo al final.

- Entonces perdiste. – le respondió la liebre.

- ¿Y cuál es la respuesta? – preguntó Alicia.

- No tenemos la menor idea. – respondieron los dos a coro – si no, ¿para qué te lo preguntaríamos? – y empezaron a reírse a carcajadas.

Alicia empezaba a enojarse otra vez. Esos dos le estaban tomando el pelo. De cualquier manera, ya estaba aburrida de esa merienda de locos, así que se levantó de la mesa y se fue.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (5)

Publicado por kareche en octubre 2, 2011

Quinto Capítulo

Alicia caminaba pensando qué camino debería tomar, cuando de repente y de la nada se le apareció un gato sonriente. Primero se asustó, pero después se llenó de curiosidad. Ella había visto muchos gatos, pero este era distinto de todos, porque debajo de sus bigotes de gato tenía una enorme sonrisa.

- ¡Qué raro! – dijo – Un gato con sonrisa. – y enseguida se dirigió a él: – Disculpe, minino, ¿podría usted decirme por dónde tengo que ir?

- Bueno, eso depende, ¿a dónde querés ir?

- A cualquier parte. – dijo Alicia.

- Entonces podés tomar cualquier camino. – respondió el gato con toda razón.

- No, en realidad yo quisiera ir a algún lugar en donde haya personas interesantes para conocer.

- ¿Interesantes?

- Sí, personas para charlar un rato.

- Si vas por ese camino, – le dijo el gato – vas a llegar  a la casa de un sombrerero, pero está loco.

- ¿Y por ese otro camino a dónde llego?

- Por ahí vas a la casa de una liebre, que también está loca.

- Pero, ¿todos están locos en este lugar? – preguntó Alicia un poco enojada.

- Absolutamente todos, hasta yo estoy loco, y creo que vos también.

El gato desapareció repentinamente sin darle tiempo a Alicia para responder.

- ¡Pero qué gato desvergonzado! – protestaba ella – decir que yo estoy loca, ¡qué atrevimiento!

El gato volvió a aparecer tan repentinamente como había desaparecido, y Alicia casi se cae sentada de la sorpresa.

- ¡Usted otra vez! ¿Quiere matarme del susto? No se aparezca de esa manera, por favor.

- Me olvidé de avisarte, que ya es la hora del té, y que seguramente la liebre esté en casa del sombrerero tomando la merienda con él.

- Eso sí que suena bien, – dijo Alicia – estoy muriendo de hambre, y me encantaría tomar una rica merienda. Creo que iré a visitarlos.

- Muy bien, – opinó el gato – nos veremos luego en el partido de croquet de la reina.

- ¿Qué partido? – preguntó Alicia, pero el gato ya había empezado a desaparecer; esta vez muy despacito, de a poco, primero la cola, después el cuerpo, la cabeza, y por último, la sonrisa que quedó flotando unos segundos en el aire.

- ¡Qué raro! – pensó Alicia en voz alta – Ya era extraño un gato con sonrisa, pero más extraña es una sonrisa sin gato. – y siguió caminando hacia la casa del sombrerero loco.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (4)

Publicado por kareche en septiembre 22, 2011

Cuarto Capítulo

En el bosque anduvo un rato largo, hasta que empezó a sentir hambre. A su lado crecían varios manzanos, pero como apenas medía diez centímetros, no alcanzaba a arrancar ni una fruta.

- Quisiera ser grande… – suspiró – no muy grande, pero tan grande como era hace unas horas, antes de entrar por ese túnel.

- A mí me parece que ya sos suficientemente grande. – dijo una vocecita. Era una oruga, gorda y muy verde que la miraba fijamente desde arriba de un hongo.

- ¡Claro que no! – protestó Alicia – Apenas mido diez centímetros.

- El tamaño ideal. – dijo la oruga, bajando del hongo y poniéndose en dos patas al lado de Alicia justo hasta la altura de su mirada.

- Perdón,  Señora Oruga, diez centímetros están muy bien para una oruga, pero evidentemente son poco para una niña.

- ¿Sos una niña? – preguntó curiosa la oruga – Yo creí que eras una flor.

- Soy una niña y soy demasiado pequeña. Pero desde que llegué a este lugar no hago más que cambiar de tamaño todo el tiempo. Quisiera volver a tener mi tamaño normal.

- Eso es muy sencillo. – dijo la oruga – ¿Ves este hongo? Si comés de un lado crecerás, y si comés del otro te harás más pequeña.

- ¿Y de cuál debo comer para crecer?

- ¡Ah! Eso no lo sé – dijo la oruga, dio media vuelta y se fue.

Alicia caminó un rato alrededor del hongo y finalmente decidió tomar dos pedacitos, uno de cada lado.

- Si al probar uno, comienzo a achicarme, inmediatamente comeré el otro. Y así volveré a ser grande.

Cerró los ojos y dio un mordisco al pedacito de hongo que tenía en la mano izquierda. Inmediatamente sintió que subía, como si fuera en un ascensor. Abrió los ojos y vio sus pies que se alejaban rápidamente, allí abajo, en el piso. Pero también sus hombros habían quedado abajo, el que había crecido ¡era su cuello!

- ¡Epa! ¡Una víbora! – gritó una paloma al ver el largo cuello de Alicia.

- No soy una víbora. – lloriqueba Alicia – es que mi cuello creció de golpe, y mucho.

- Sí, sí, sos una víbora que querés comerte mis huevos. Pero no voy a permitirlo.

- Soy una niña, y no como huevos. Bueno, a veces sí, pero fritos o duros…

- ¡Fuera, fuera! – gritaba la paloma pegándole a Alicia aletazos en la cabeza. Ella quiso alejarse, pero el cuello era tan largo que se le enredaba entre las ramas. Entonces recordó que aún tenía un pedacito de hongo en la mano derecha. Acercó la cabeza hasta su mano y empezó a masticarlo. Por suerte, su cuello empezó a acortarse de a poquito hasta que volvió a ser lo que era en un principio.

Más aliviada, Alicia siguió caminando por el bosque.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll(3)

Publicado por kareche en septiembre 13, 2011

Tercer Capítulo

-¡Qué extraño que es todo esto! –se decía Alicia mientras caminaba- ¿Quién será Mariana? ¿Por qué el conejo la mandaría a buscar sus guantes? Yo quería explicarle que se había equivocado, pero estaba tan enojado…, y además no me dio tiempo.

Por fin llegó a una hermosa casita, entró sin golpear y corrió escaleras arriba. Se encontró con una habitación prolijamente arreglada. Había una chimenea, una mesa y una cama sobre la cual había dos pares de guantes blancos. Alicia tomó uno y estaba por salir, cuando vio una botella. Entonces se dio cuenta de que tenía sed, y sin pensar lo que hacía, se la tomó entera.

Inmediatamente empezó a crecer. Quiso salir, pero ya no pasaba por la puerta. La habitación le quedaba muy chica, así que sacó las manos por las ventanas, una pierna por la puerta y la otra por la chimenea. Por suerte, paró de crecer antes de que la casa estallara, pero ahora estaba atrapada y casi no podía moverse.

-Bill, ¿qué es eso que sale por la ventana? –preguntó entonces el conejo que acababa de llegar.

-No sé, Señor, parece una mano –dijo una vocecita desconocida para Alicia.

-La puerta está trabada. Traé la escalera y entrá por la chimenea.

Bill, quienquiera que fuera,  obedeció al conejo y Alicia sintió cosquillas en el pie que salía por la chimenea.

-Acá parece que hay un pie –dijo Bill al conejo.

-Debe ser un monstruo. Prendamos fuego en la chimenea para que se queme y salga –dijo el conejo. Alicia no esperó un segundo, y de una patada mandó a Bill volando a aterrizar en el jardín.

-¡Hay que incendiar la casa! –gritaba el conejo desesperado-. ¡Hay que matar al monstruo! –y empezó a tirar piedras contra las ventanas.

Otros animales que habían llegado al oír los gritos hicieron lo mismo que él y Alicia sintió que un montón de piedritas le llovían en los brazos. Algunas entraban en la habitación y se convertían en galletitas. Alicia tomó una y la mordió. Inmediatamente empezó a achicarse otra vez. Cuando tuvo el tamaño suficiente para pasar por la puerta, salió corriendo. En el jardín había un montón de animales, entre ellos Bill que era una lagartija, pero Alicia no se detuvo y siguió corriendo hacia el bosque.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (2)

Publicado por kareche en septiembre 11, 2011

Segundo Capítulo

Alicia nadaba en sus propias lágrimas cuando delante de ella apareció un ratón.

- Hola, Señor Ratón. Estoy cansada de nadar. ¿Sabe usted cómo puedo salir de estas aguas?

- ¡Qué animal tan extraño! – dijo el ratón. – No tenés cola larga, ni orejas grandes, ni hocico.

- Yo no soy un animal, por eso no tengo cola, la que sí tiene cola larga es mi gata Dina… – el ratón se puso pálido – ¡Uy! Perdone, me olvidaba que ustedes no se llevan muy bien con los gatos.

- ¡¿Llevarnos bien?! – gritó con voz aguda – ¿Qué opinarías vos de los gatos si fueras un ratón? – y dando media vuelta se alejó ofendido. Alicia lo siguió.

- Perdón, Señor Ratón, no se vaya, espere…

Pronto llegaron a la orilla, y junto a ellos descubrieron un montón de animales con pelos y plumas de colores. Estaban empapados, entonces un loro propuso:

- Hagamos una carrera para secarnos.

- ¿Una carrera? – preguntó Alicia.

- Sí, una carrera. Hay que correr para ver quién gana, y mientras corremos el agua se escurre y nos secamos.

Inmediatamente todos los animales empezaron a correr. Corrían en círculos, yendo y viniendo, sin ningún orden.

- ¿Qué hacen? – preguntó Alicia. Ninguno le contestó, y en cambio la empujaron y la hicieron correr también. De repente el loro dijo:

- ¡Basta!, se acabó la carrera. – y todos los animales se detuvieron.

- ¿Quién ganó? – preguntó Alicia que no entendía nada.

- ¿Quién ganó? – repitió el loro – ¡Todos!, por supuesto, todos ganaron.

- ¡Qué bueno! – dijo un pato – ¿Y quién reparte los premios?

- ¿Los premios? – repitió el loro de nuevo, mirando para todos lados – ¡Ella! – y la señaló a Alicia.

Por suerte, Alicia llevaba una caja de confites en el bolsillo, y aunque la caja estaba mojada, los confites todavía estaban ricos. Los estaba repartiendo, cuando volvió a ver al conejo blanco que se acercaba como buscando algo.

- Hola, Señor Conejo, ¿qué busca?

- ¡Mariana! ¿Qué hace acá? Vaya ya mismo a casa a buscarme otro par de guantes.

Alicia quería explicarle que ella no era Mariana, pero el conejo no le dio tiempo y le señaló la dirección de la casa gritando:

- ¡Ya mismo, Mariana!, ¿no ve que es muy tarde?

Alicia obedeció inmediatamente.

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Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll (1)

Publicado por kareche en septiembre 4, 2011

(adaptación de Karina Echevarría)


Primer Capítulo

 

Alicia empezaba a aburrirse de estar sentada junto a su hermana a la orilla del río. Su gata Dina dormía y su hermana leía un libro sin ningún dibujo. “¿Qué puede tener de divertido un libro sin dibujos?”, pensaba Alicia mientras deshojaba una margarita.

Entonces vio pasar un conejo un poco raro. Era blanco, con ojos rojos, ¡con anteojos, abanico y una par de guantes! Corría como loco y miraba un reloj mientras protestaba:

— ¡Qué tarde! ¡Qué tarde!

Alicia no lo pensó dos veces. Se levantó de un salto y siguió al conejo. Llegó hasta la puerta de un túnel, debajo de las raíces de un árbol, y entró. Estaba muy oscuro, y no veía dónde pisaba. De repente, tropezó y empezó a caer. Caía y flotaba, ¡como si se tirase en un paracaídas!

Pensaba que nunca llegaría al fondo cuando por fin aterrizó sobre un montón de hojas secas.  Se levantó y se sacudió el vestido mientras miraba alrededor. Estaba en una habitación sin ventanas, y con una sola puerta muy chiquita. A través de ella se veía un jardín hermoso, y también le pareció ver al conejo blanco que se alejaba corriendo.

—¡Qué pena que soy tan grande! —se dijo a sí misma—. Me encantaría ir a ese jardín. Entonces vio sobre una mesa un pan que decía “COMEME”. Sin pensar lo que hacía, Alicia le dio un buen mordisco al pan e inmediatamente empezó a crecer y crecer hasta convertirse en un gigante.

—¡Esto está cada vez peor!, ¿qué voy a hacer? —dijo y se puso a llorar, porque encima había quedado un poco apretada en la habitación. Lloró un buen rato, hasta formar un charco con sus lágrimas.

Entonces vio una botella que decía “TOMAME”, y se la tomó toda de un trago. Al instante empezó a achicarse, tanto que pronto quedó sumergida en el charco de lágrimas que ella misma había formado. Claro que ahora era un verdadero mar de lágrimas.

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Las mil y una caras de Alicia

Publicado por kareche en diciembre 12, 2009

Desde que Lewis Carroll inventó a Alicia, aunque el mismo autor le puso un rostro en sus ilustraciones, la niña ha vestido otros. Es que las aventuras y las acciones que el autor le inventó dispararon en la imaginación de los lectores, mil y una posibles sonrisas, lágrimas, gestos, cabello, miradas…

Aquí van algunas de las más clásicas y conocidas. Pero como siempre en la lectura, no está todo dicho…

Imágenes del libro original de Alicia.

Imágenes de la película de 1933.



Imágenes de la clásica película de animación de Disney.

La nueva Alicia creada por Tim Burton.

¿Cuántas más existen en la imaginación de los lectores?

¿Cuántas más seguirán surgiendo?

Lewis Carroll solo arrojó la piedra al estanque…

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