Leer x leer

Literatura para chicos y no tan chicos

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Destino antroponímico

Publicado por kareche en julio 17, 2010

Adelina Marina Rovina odiaba la rima. Su nombre, por lo tanto, era su peor desgracia, la única en realidad.¿Qué culpa tenía ella de haber heredado el nombre de sus abuelas? ¿Cuál era su responsabilidad en el apellido italiano del abuelo que venía a coronar como la cereza del postre dos nombres rimados? ¡Qué injusto el destino que venía a llamarla de ese manera redundante y monótona!

De pequeña le hubiera gustado aprender a tocar la mandolina, pero con sólo imaginar la presentación de su primer concierto: “Y en la mandolina, Adelina Marina Rovina”, había desistido inmediatamente. En el jardín de infantes no se atrevía a tocar la plastilina, temiendo que alguien le dijese: “Dejá la plastilina, Adelina Marina Rovina”. No hubiera podido soportar semejante vergüenza.

Nunca pudo comprar mandarinas en la verdulería del barrio, ni harina en el almacén, ni aspirinas en la farmacia. Descartó el sueño de ser bailarina, ignoró sus dotes de adivina y negó su natural inclinación por la cocina. Nunca viviría en las Malvinas, ni tomaría Hesperidina, ni comería sardinas. Eran tantas las cosas que Adelina había descartado a causa de su nombre, que por eso lo odiaba tanto.

Cuando cumplió dieciséis años, Adelina supo que el nombre podía cambiarse, sólo debía esperar hasta la mayoría de edad. Entonces sí sería libre de hacer lo que quisiera: abusar de la sal fina, comprarse una mascota felina, navegar una lancha a turbina, gritar de esquina a esquina que no era una asesina sólo por matar una rima. Porque en el fondo, a pesar de que ella sentía tanta inquina no podía renegar de la culpa inquilina que la embargaba ante la idea de cambiar su nombre.

Al cumplir los dieciocho, Adelina fue al registro civil y tras un trámite burocrático pasó a ser Teresa. Al principio se sintió feliz, eso era lo que siempre había deseado. Sin embargo, casi inmediatamente empezó a sentir que algo le faltaba. No lograba darse cuenta de qué era. Quiso espantar, como un mal sueño, esa tenue desazón que parecía abrirse en el fondo de su estómago. Pero no pudo. Al cruzar la calle, frente a la vidriera empañada de una rotisería, como una sutil nostalgia de algo perdido, con la expresa certeza de lo irrecuperable, comenzó a sentir el deseo de comer milanesa…

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El día que los animales hablen

Publicado por kareche en enero 27, 2010

Desde los 5 años.

Autor: Matt (Carlos Matera)
Editorial: Susaeta
ISBN: 84-305-8692-X
Cant. de páginas: 148

Con citas de autores como Alejandro Dumas, Gabriel García Márquez, Graham Green, o personajes históricos como Napoleón, Leonardo Da Vinci o Winston Churchill, este libro propone desde el humor una reflexión acerca de los derechos de los animales.

Las viñetas del autor provocan la risa y dejan al descubierto las paradojas de nuestra relación con la naturaleza, con nuestra naturaleza animal, más allá de la sociedad y la cultura.

Para leer de a poco, para releer, para mirar los dibujitos y para compartir también con los más pequeños, aunque la ironía y la sutileza convoca a los lectores adultos.

Un pequeño ejemplo de lo que esconden sus páginas:

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“Hay quienes cruzan

el bosque y solo ven

leña para el fuego.”

Tolstoi

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La lectura y la imaginación

Publicado por kareche en noviembre 17, 2009

El Liniers de cada día…

Salió hoy en el diario La Nación, Argentina.

 

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Universos de palabras

Publicado por kareche en octubre 13, 2009

liniers

por Liniers

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Gripe, madres, niños y libros

Publicado por kareche en julio 4, 2009

La lucidez y la inspiración de Rep, en esta tira que salió ayer en el diario Página 12, de Buenos Aires:

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Un elefante en el bolsillo

Publicado por kareche en diciembre 28, 2008

un-elefante-009Un elefante en el bolsillo es poco práctico. Por empezar, pesa mucho y casi siempre termina descosiendo el bolsillo o rompiendo el forro, y así no hay ropa que aguante. Como si esto fuera poco, no resulta sencillo hacerlo salir del bolsillo en caso de que uno quisiera mostrárselo a un amigo o pedirle alguna gracia.

Por eso, Ricardito prefirió la soga cuando la chica de la tienda de mascotas le dijo con una sonrisa y la naturalidad de quien vende un combo en una casa de comidas rápidas:

- ¿Lo llevás en el bolsillo o querés una soga?

Cinco minutos más tarde, Ricardito llevaba su elefante, como si tal cosa, sujeto por una gruesa soga mientras cruzaba la Avenida Santa Fe. Algunos se daban vuelta para mirarlo, otros sencillamente lo ignoraban creyendo que debían aumentar las sesiones de terapia o que habían bebido demasiado la noche anterior.

La mamá de Ricardito no se esperaba un elefante cuando su hijo por la mañana le pidió permiso para traer una mascota. Sólo había exigido que estuviera vacunada y que Ricardito se encargara de cuidarla. Así que cuando vio la inmensa mole gris cruzar el garage para llegar al jardín, casi se desmaya. Habría caído al piso si no la hubiera atajado el papá de Ricardito, que venía de la calle furioso con los vecinos que siempre dejaban a las mascotas hacer sus necesidades en cualquier lado. Justo en ese momento, Ricardito salía con una pala de albañil y dos bolsas de consorcio a recoger la suciedad que el elefante había dejado en la vereda.

Inmediatamente hubo una junta familiar:

- Vos me dejaste – dijo Ricardito a su mamá mientras acariciaba la trompa que se metía por la ventana de la cocina. – además está vacunado.

- Pero, ¿dónde va a dormir? – preguntó el papá

- En el jardín.un-elefante-008

- Y ¿si llueve? – dijo la mamá

- Se mete debajo de la glorieta.

- ¿Cómo vas a alimentarlo? – contraatacó el padre.

- Ya encargué cinco kilos diarios de maní en el kiosco.

- ¿Y los vecinos? – preguntó la madre.

- ¿Qué? ¿También quieren maní? – La junta se prolongó dos horas, pero a todas las preguntas Ricardito tenía respuesta y finalmente el elefante se quedó en la casa. A prueba, dos semanas.

La primera semana fue dura: Rumbo, que así le había puesto Ricardito, se empachó porque el kiosquero había entendido que el maní debía ser con chocolate. Estuvo tres días tirado en la vereda, porque con el estómago inflamado no entraba por el garage, y además no tenía ánimos para levantarse. Los vecinos protestaron, porque no podían pasar y porque los chicos llegaban tarde a la escuela entretenidos acariciando la barriga de Rumbo. Juntaron firmas, mandaron delegados a hablar con el papá de Ricardito y sólo se tranquilizaron cuando recibieron dos kilos de maní con chocolate por las molestias.

El cuarto día Rumbo se sintió mejor y Ricardito lo llevó a dar un paseo. En el camino el elefante se puso a jugar con otras mascotas que llevaba un paseador y que se divertían persiguiéndose. Rumbo los persiguió, con tanta mala suerte que los alcanzó. Dos pequineses terminaron como felpudos, conectados a un tubo de oxígeno para re-inflarlos, y un salchicha perdió la cola debajo de la pata de Rumbo. Los dueños de los perros también presentaron sus quejas y recibieron el correspondiente maní con chocolate.

El fin de semana, el papá de Ricardito prohibió los paseos para evitar más protestas, ya que el maní con chocolate se había acabado. Rumbo se quedó en el jardín, pero pronto empezó a aburrirse y optó por jugar con el agua de la pileta. Llenaba su trompa y la volvía a vaciar tirando grandes chorros de agua por encima de las medianeras. Los vecinos no tardaron en protestar, y en exigir que alguien secara los patios, las bicicletas, las reposeras y la ropa colgada en las sogas. Terminaron muy enojados porque ni siquiera les habían ofrecido maní.

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Faltaba un día para que acabara la primera semana de prueba, y Ricardito veía que la situación estaba complicada. Así que sentó a Rumbo sobre las baldosas del patio y le dijo:

- Mirá Rumbo, la cosa está difícil. La cuenta del kiosquero está en rojo, los vecinos están enojadísimos con vos, y papá en cualquier momento pierde la paciencia. – el elefante lo miraba con los ojos fijos y la trompa baja. No decía nada, pero escuchaba atentamente las palabras del chico. Cuando Ricardito terminó, se oyó una especie de trueno y de repente, como si se hubiera largado una tormenta le empezaron a caer salpicaduras inmensas de agua salada. Tardó un rato en entender que Rumbo estaba llorando, y más todavía en lograr calmarlo. Le sonó la nariz con una sábana y le contó un cuento para que se durmiera.

Cuando Rumbo se quedó dormido, Ricardito se sentó junto a la glorieta a pensar qué hacer. Él sabía que si las cosas seguían igual tendría que devolver el elefante. Tenía dos problemas serios. El primero era la plata que estaba costando la comida de su mascota: a él se le habían acabado los ahorros y el kiosquero venía todos los días a reclamar lo que se le debía. El segundo era la tendencia de Rumbo a hacer desastres. Esa tarde, sin ir más lejos, había vaciado la pileta sobre las casas de los vecinos, y todos se habían quejado acaloradamente. Todos no. El señor López, que vivía en el fondo, no se había quejado. Eso era muy extraño porque el hombre era un maniático de la pulcritud de su auto último modelo y siempre protestaba por las hojitas que caían del paraíso, por la tierra que se levantaba cuando barrían el patio, por la lluvia, por el sol, por casi todo. Ricardito sintió curiosidad y quiso saber por qué el señor López no había protestado, así que puso una silla junto a la medianera, se subió en ella y se asomó por encima de la pared.

- ¿Qué hacés nene? Decime, ¿tu papá ya guardó la hidrolavadora? Tira bárbaro, mirá, me dejó el auto impecable… ¿Adónde vás? Contestame, che, ¡qué maleducado!

Al día siguiente, Ricardito colgó un cartel en la puerta: “Lavo autos, cobro barato”. Fue un éxito total: los vecinos dejaron de protestar ya que junto a la fuente de la plaza, Ricardito y Rumbo les lavaban el auto por unas pocas monedas. Con la plata que juntaban, le pagaban al kiosquero el maní del elefante que estaba chocho jugando todo el día con el agua.

Rumbo se quedó con Ricardito, y en un par de meses el negocio prosperó tanto que el papá le dio permiso para comprar otro elefante.

- ¿Lo llevás en el bolsillo o querés una soga? – preguntó la chica de la tienda de mascotas. Ricardito esta vez eligió el bolsillo, pero ésa es otra historia.

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Karina Echevarría

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Caramelos de menta

Publicado por kareche en diciembre 17, 2008

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Los únicos caramelos que no me gustan son los de menta. Cuando me equivoco y sin saber, o sin querer, como un caramelo de menta, siempre me pasa lo mismo. Me empieza a picar la lengua, los ojos se me ponen rojos, se me caen dos lágrimas y con un estornudo el caramelo se me escapa de la boca y sale disparado como el hombre bala del circo cuando hace su número.

Ese día mamá me pidió que fuera una niña educada – en realidad siempre me lo pide -, pero ese día me lo dijo varias veces. La razón de tanta insistencia con el tema de mi educación era que venía de visita una tía abuela mía, tía de mi papá, y parece que era una señora muy fina, muy elegante y seguramente muy aburrida.

Yo iba a decirle a mi mamá que si en seis años no me había educado bien, que no pretendiera educarme en cinco minutos, pero ella estaba tan enloquecida con el mantel de encaje que yo acababa de manchar con jugo de naranja, que decidí callarme. La tía llegó. Era una señora flaca y estirada, con un abrigo muy suavecito que olía a naftalina. Después supe que era un tapado de visón, y pensé que los visones serían unos animalitos muy felices de vivir acurrucándose uno junto al otro. Igualmente después de acariciarlo varias veces con mi mano llena de dulce de leche, ya no me parecieron tan felices los visones.

La tía me dio dos besos y me dejó los labios marcados en cada mejilla. A mí empezó a dolerme el estómago cuando escupió en un pañuelo para limpiarme sus besos, y corrí la cara cuando se me acercaba con el pañuelo. Mi mamá me agarró del brazo y me dijo en voz baja: “A partir de ahora aceptás todo lo que te diga tu tía y decís gracias”. Lo que me convenció no fue tanto su voz, sino la firmeza de sus dedos en mi brazo.

Y entonces pasó lo que pasó. La tía sonrió con todos los dientes, todos los que tenía porque le faltaban algunos, metió la mano en el bolsillo y sacó un caramelo de menta. Yo lo acepté y le di las gracias.

Mientras me lo llevaba a la boca pude ver como si fuera una película en cámara lenta la cara de espanto de mi mamá que ya presentía la tragedia, la sonrisa de la tía cada vez más cerca y con más dientes, y finalmente mi enorme estornudo, el disparo fatal y un diente de la tía volando por el aire junto con mi caramelo de menta.

Karina Echevarría

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