Leer x leer

Literatura para chicos y no tan chicos

Posts etiquetados ‘elefante’

Luciano, el elefante celeste

Publicado por kareche en julio 17, 2011

Desde los 6 años.

Autor: Emiliano Rodriguez Egaña
Editorial: Amauta
Año: 2010
ISBN: 978-987-25320-6-2
Cant. de páginas: 32

 

¡Qué sabios los elefantes! “…ellos saben que es bueno tener algo distinto para poder diferenciarse, pero al mismo tiempo ser todos muy parecidos para reconocerse”. A veces viene bien recordarlo.

Mientras Luciano intenta cambiar su color para no despistar a los pájaros, se verá tentado por el sabor de las marulas, que además de ser deliciosas lo llaman insistentemente.

Dos historias para primeros lectores, en letra de imprenta y con la calidez de las ilustraciones de su autor.

 

Publicado en reseñas | Etiquetado: , , , | Deja un Comentario »

La memoria de los elefantes

Publicado por kareche en mayo 22, 2011

Luc-H-14 no podía recordar que hasta hacía dos meses había sido Luc-H-13. Al cumplir años su nombre había cambiado como cambiaba el de todos los seres humanos. Automáticamente y sin que el cambio provocara conflictos con la MP o Memoria Permanente.

Esto nada tenía que ver con el tratamiento antidolor de los últimos dos meses en los que había asistido a su CiberPsiq con absoluta puntualidad.

Ahora caminaba por la calle, hacia la casa de unos amigos para ver el último partido de la copa Intergaláctica de King-Ball, y se sentía ligero como un colibrí.  Un sol otoñal se derramaba suavemente y lo acariciaba sin sofocarlo. Era una mañana de lo más agradable.  Pasó frente al vivero y las manchas rojas y fucsias de los geranios le trajeron la imagen de telas estampadas y volados. No supo definirlo. Eran sensaciones dulzonas y antiguas. Una intuición tierna y vaga. Pero le gustó lo que veía y se quedó allí un instante admirando las flores.

Bordeó la plaza y se detuvo frente a las hamacas vacías. Todas permanecían inmóviles excepto una que iba y venía con lentitud aplacando un último vaivén. No pudo entender el motivo, pero tuvo la necesidad de esperar a que por fin frenara totalmente. Una imagen táctil, tibia y húmeda lo desconcertó sin explicaciones. Un sabor conocido se pegó a sus labios.

Apuró el paso, sentía el bullicio de las hinchadas por los parlantes públicos. El partido comenzaría en cualquier momento.

Sus amigos lo esperaban impacientes en medio de la teletransmisión tridimensional. Cuando Luc-H-14 llegó, el partido acababa de comenzar.

Entre bebidas sintéticas, golosinas y habilidosas jugadas, la tarde transcurría mansamente. Luc-H-14 estaba a gusto con sus amigos, como estrenando días. Se sentía despreocupado y liviano. La vida era a los 14 años una laguna serena y luminosa, en la que él podía echarse de espaldas y flotar haciendo la plancha. Nada lo hundía. Todo era suave.

—La memoria de los elefantes es tan inmensa como ellos— le había dicho el CyberPsiq en su primera sesión—. Y eso la vuelve una carga pesada. No es bueno recordar tanto, y absolutamente insalubre recordarlo todo. La ciencia moderna nos permite activar químicamente los mecanismos cerebrales de la memoria y el olvido, para labrar en nosotros recuerdos que solamente nos sean útiles para avanzar en la vida, que no se conviertan en lastre. En dos meses te sentirás como nuevo.

—Imposible —murmuró entonces Luc-H-13, porque entonces aún era Luc-H-13. Todo lo que había vivido estaba tan claro, tan densamente impregnado en sus vivencias, que no podría olvidarlo sin entregar parte de sí mismo. “Adherido a mi esencia” se dijo, “perderlo sería perderme”.

—Pamplinas —retrucó el CyberPsiq—. Créeme que sé de lo que hablo. Esto está probado y la experimentación de los últimos 20 años lo prueba.

El partido terminó 53 a 46 para los locales. Luc-H-14 y sus amigos festejaron con la ciudad entera hasta entrada la noche. Las calles iluminadas invitaban a compartir su alegría. Había música y hologramas animados por todas partes. Una inmensa rosa roja que se deshojaba provocó en Luc-H-14 una sensación extraña, indefinible. Pero la algarabía generalizada pronto lo hizo olvidar lo que no recordaba. El bullicio resultaba contagioso y analgésico.

Visitaron varios locales de realidad virtual antes de volver a la plaza. El aire aún no se enfriaba. Era una noche serena, sin lluvias de meteoritos ni estridencias luminosas. La gente se hamacaba en la placidez del momento, como presintiendo que era una clara excepción del clima, una de las últimas noches de un otoño con vestigios del verano que había acabado.

Entre la multitud de personas festejando, Caro-T-15 atravesó la plaza con un vestido estampado de geranios rojos y fucsias, cargado de volados.

Pero Luc-H-14 estaba curado y no supo reconocerla. No podía recordar que en las hamacas de esa misma plaza, un año atrás, ella le había dado el primer beso, tibio y húmedo. Tampoco recordaría que allí él le había dado una rosa roja que se deshojaba impiadosa entre sus dedos. Y menos aún, que tiempo después ella le había roto el corazón. La primera pena de amor puede ser un recuerdo-lastre, de esos que borra la terapia antidolor.

Luc-H-14 ya no podía recordarlo. Se sentía liviano como un colibrí. Flotaba casi. Sin embargo, la liviandad de repente le supo a vacío.

Karina Echevarría

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , , , | Deja un Comentario »

Un elefante en el bolsillo

Publicado por kareche en diciembre 28, 2008

un-elefante-009Un elefante en el bolsillo es poco práctico. Por empezar, pesa mucho y casi siempre termina descosiendo el bolsillo o rompiendo el forro, y así no hay ropa que aguante. Como si esto fuera poco, no resulta sencillo hacerlo salir del bolsillo en caso de que uno quisiera mostrárselo a un amigo o pedirle alguna gracia.

Por eso, Ricardito prefirió la soga cuando la chica de la tienda de mascotas le dijo con una sonrisa y la naturalidad de quien vende un combo en una casa de comidas rápidas:

- ¿Lo llevás en el bolsillo o querés una soga?

Cinco minutos más tarde, Ricardito llevaba su elefante, como si tal cosa, sujeto por una gruesa soga mientras cruzaba la Avenida Santa Fe. Algunos se daban vuelta para mirarlo, otros sencillamente lo ignoraban creyendo que debían aumentar las sesiones de terapia o que habían bebido demasiado la noche anterior.

La mamá de Ricardito no se esperaba un elefante cuando su hijo por la mañana le pidió permiso para traer una mascota. Sólo había exigido que estuviera vacunada y que Ricardito se encargara de cuidarla. Así que cuando vio la inmensa mole gris cruzar el garage para llegar al jardín, casi se desmaya. Habría caído al piso si no la hubiera atajado el papá de Ricardito, que venía de la calle furioso con los vecinos que siempre dejaban a las mascotas hacer sus necesidades en cualquier lado. Justo en ese momento, Ricardito salía con una pala de albañil y dos bolsas de consorcio a recoger la suciedad que el elefante había dejado en la vereda.

Inmediatamente hubo una junta familiar:

- Vos me dejaste – dijo Ricardito a su mamá mientras acariciaba la trompa que se metía por la ventana de la cocina. – además está vacunado.

- Pero, ¿dónde va a dormir? – preguntó el papá

- En el jardín.un-elefante-008

- Y ¿si llueve? – dijo la mamá

- Se mete debajo de la glorieta.

- ¿Cómo vas a alimentarlo? – contraatacó el padre.

- Ya encargué cinco kilos diarios de maní en el kiosco.

- ¿Y los vecinos? – preguntó la madre.

- ¿Qué? ¿También quieren maní? – La junta se prolongó dos horas, pero a todas las preguntas Ricardito tenía respuesta y finalmente el elefante se quedó en la casa. A prueba, dos semanas.

La primera semana fue dura: Rumbo, que así le había puesto Ricardito, se empachó porque el kiosquero había entendido que el maní debía ser con chocolate. Estuvo tres días tirado en la vereda, porque con el estómago inflamado no entraba por el garage, y además no tenía ánimos para levantarse. Los vecinos protestaron, porque no podían pasar y porque los chicos llegaban tarde a la escuela entretenidos acariciando la barriga de Rumbo. Juntaron firmas, mandaron delegados a hablar con el papá de Ricardito y sólo se tranquilizaron cuando recibieron dos kilos de maní con chocolate por las molestias.

El cuarto día Rumbo se sintió mejor y Ricardito lo llevó a dar un paseo. En el camino el elefante se puso a jugar con otras mascotas que llevaba un paseador y que se divertían persiguiéndose. Rumbo los persiguió, con tanta mala suerte que los alcanzó. Dos pequineses terminaron como felpudos, conectados a un tubo de oxígeno para re-inflarlos, y un salchicha perdió la cola debajo de la pata de Rumbo. Los dueños de los perros también presentaron sus quejas y recibieron el correspondiente maní con chocolate.

El fin de semana, el papá de Ricardito prohibió los paseos para evitar más protestas, ya que el maní con chocolate se había acabado. Rumbo se quedó en el jardín, pero pronto empezó a aburrirse y optó por jugar con el agua de la pileta. Llenaba su trompa y la volvía a vaciar tirando grandes chorros de agua por encima de las medianeras. Los vecinos no tardaron en protestar, y en exigir que alguien secara los patios, las bicicletas, las reposeras y la ropa colgada en las sogas. Terminaron muy enojados porque ni siquiera les habían ofrecido maní.

un-elefante-010

Faltaba un día para que acabara la primera semana de prueba, y Ricardito veía que la situación estaba complicada. Así que sentó a Rumbo sobre las baldosas del patio y le dijo:

- Mirá Rumbo, la cosa está difícil. La cuenta del kiosquero está en rojo, los vecinos están enojadísimos con vos, y papá en cualquier momento pierde la paciencia. – el elefante lo miraba con los ojos fijos y la trompa baja. No decía nada, pero escuchaba atentamente las palabras del chico. Cuando Ricardito terminó, se oyó una especie de trueno y de repente, como si se hubiera largado una tormenta le empezaron a caer salpicaduras inmensas de agua salada. Tardó un rato en entender que Rumbo estaba llorando, y más todavía en lograr calmarlo. Le sonó la nariz con una sábana y le contó un cuento para que se durmiera.

Cuando Rumbo se quedó dormido, Ricardito se sentó junto a la glorieta a pensar qué hacer. Él sabía que si las cosas seguían igual tendría que devolver el elefante. Tenía dos problemas serios. El primero era la plata que estaba costando la comida de su mascota: a él se le habían acabado los ahorros y el kiosquero venía todos los días a reclamar lo que se le debía. El segundo era la tendencia de Rumbo a hacer desastres. Esa tarde, sin ir más lejos, había vaciado la pileta sobre las casas de los vecinos, y todos se habían quejado acaloradamente. Todos no. El señor López, que vivía en el fondo, no se había quejado. Eso era muy extraño porque el hombre era un maniático de la pulcritud de su auto último modelo y siempre protestaba por las hojitas que caían del paraíso, por la tierra que se levantaba cuando barrían el patio, por la lluvia, por el sol, por casi todo. Ricardito sintió curiosidad y quiso saber por qué el señor López no había protestado, así que puso una silla junto a la medianera, se subió en ella y se asomó por encima de la pared.

- ¿Qué hacés nene? Decime, ¿tu papá ya guardó la hidrolavadora? Tira bárbaro, mirá, me dejó el auto impecable… ¿Adónde vás? Contestame, che, ¡qué maleducado!

Al día siguiente, Ricardito colgó un cartel en la puerta: “Lavo autos, cobro barato”. Fue un éxito total: los vecinos dejaron de protestar ya que junto a la fuente de la plaza, Ricardito y Rumbo les lavaban el auto por unas pocas monedas. Con la plata que juntaban, le pagaban al kiosquero el maní del elefante que estaba chocho jugando todo el día con el agua.

Rumbo se quedó con Ricardito, y en un par de meses el negocio prosperó tanto que el papá le dio permiso para comprar otro elefante.

- ¿Lo llevás en el bolsillo o querés una soga? – preguntó la chica de la tienda de mascotas. Ricardito esta vez eligió el bolsillo, pero ésa es otra historia.

un-elefante-0011

Karina Echevarría

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , | 2 Comentarios »

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 28 seguidores