Leer x leer

Literatura para chicos y no tan chicos

Posts etiquetados ‘cuentos’

Miniaturas

Publicado por kareche en noviembre 1, 2011

Para adultos (y algunos niños para los que leer es animarse a la aventura).

Autor: María Teresa Andruetto
Ilustradora: Irene Singer
Editorial: Macmillan
Año: 2011
ISBN: 978-987-672-089-2
Cant. de páginas: 48

Las castañas no atrapan la primera vez que se las prueba. Necesitan un tiempo. Una maduración del sabor en el paladar. Pero son únicas, irremplazables.

Estas breves historias tradicionales de Oriente y Occidente necesitan más de una lectura. Y el tiempo del estacionamiento en la memoria, paladar de las palabras. Necesitan resonar en ecos, en imágenes. Y son también únicas, irremplazables.

Miniaturas. Pequeños grandes placeres.

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Cuentos y más cuentos

Publicado por kareche en mayo 28, 2011

El cuento, género en el que es posible todo, también ha despertado el talento y la creatividad de muchos hombres célebres, y, para ilustrar esta afirmación, valga recordar la anécdota vertida por la bibliotecaria norteamericana Virginia Haviland, en el XV Congreso Internacional del IBBY, celebrado en Atenas en 1976: Un día, una madre angustiada se dirige al padre de la Teoría de la Relatividad para pedirle un consejo: ¿Qué debo de leerle a mi hijo para que mejore sus facultades matemáticas y sea un hombre de ciencia? Cuentos, contestó Einstein. Muy bien, dijo la madre. Pero, ¿Qué más? Más cuentos, replicó Einstein. ¿Y después de eso?, insistió la madre. Aún más cuentos, acotó Einstein.

Fragmento del artículo “El poder de la fantasía y la literatura infantil“, de Victor Montoya.

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La memoria de los elefantes

Publicado por kareche en mayo 22, 2011

Luc-H-14 no podía recordar que hasta hacía dos meses había sido Luc-H-13. Al cumplir años su nombre había cambiado como cambiaba el de todos los seres humanos. Automáticamente y sin que el cambio provocara conflictos con la MP o Memoria Permanente.

Esto nada tenía que ver con el tratamiento antidolor de los últimos dos meses en los que había asistido a su CiberPsiq con absoluta puntualidad.

Ahora caminaba por la calle, hacia la casa de unos amigos para ver el último partido de la copa Intergaláctica de King-Ball, y se sentía ligero como un colibrí.  Un sol otoñal se derramaba suavemente y lo acariciaba sin sofocarlo. Era una mañana de lo más agradable.  Pasó frente al vivero y las manchas rojas y fucsias de los geranios le trajeron la imagen de telas estampadas y volados. No supo definirlo. Eran sensaciones dulzonas y antiguas. Una intuición tierna y vaga. Pero le gustó lo que veía y se quedó allí un instante admirando las flores.

Bordeó la plaza y se detuvo frente a las hamacas vacías. Todas permanecían inmóviles excepto una que iba y venía con lentitud aplacando un último vaivén. No pudo entender el motivo, pero tuvo la necesidad de esperar a que por fin frenara totalmente. Una imagen táctil, tibia y húmeda lo desconcertó sin explicaciones. Un sabor conocido se pegó a sus labios.

Apuró el paso, sentía el bullicio de las hinchadas por los parlantes públicos. El partido comenzaría en cualquier momento.

Sus amigos lo esperaban impacientes en medio de la teletransmisión tridimensional. Cuando Luc-H-14 llegó, el partido acababa de comenzar.

Entre bebidas sintéticas, golosinas y habilidosas jugadas, la tarde transcurría mansamente. Luc-H-14 estaba a gusto con sus amigos, como estrenando días. Se sentía despreocupado y liviano. La vida era a los 14 años una laguna serena y luminosa, en la que él podía echarse de espaldas y flotar haciendo la plancha. Nada lo hundía. Todo era suave.

—La memoria de los elefantes es tan inmensa como ellos— le había dicho el CyberPsiq en su primera sesión—. Y eso la vuelve una carga pesada. No es bueno recordar tanto, y absolutamente insalubre recordarlo todo. La ciencia moderna nos permite activar químicamente los mecanismos cerebrales de la memoria y el olvido, para labrar en nosotros recuerdos que solamente nos sean útiles para avanzar en la vida, que no se conviertan en lastre. En dos meses te sentirás como nuevo.

—Imposible —murmuró entonces Luc-H-13, porque entonces aún era Luc-H-13. Todo lo que había vivido estaba tan claro, tan densamente impregnado en sus vivencias, que no podría olvidarlo sin entregar parte de sí mismo. “Adherido a mi esencia” se dijo, “perderlo sería perderme”.

—Pamplinas —retrucó el CyberPsiq—. Créeme que sé de lo que hablo. Esto está probado y la experimentación de los últimos 20 años lo prueba.

El partido terminó 53 a 46 para los locales. Luc-H-14 y sus amigos festejaron con la ciudad entera hasta entrada la noche. Las calles iluminadas invitaban a compartir su alegría. Había música y hologramas animados por todas partes. Una inmensa rosa roja que se deshojaba provocó en Luc-H-14 una sensación extraña, indefinible. Pero la algarabía generalizada pronto lo hizo olvidar lo que no recordaba. El bullicio resultaba contagioso y analgésico.

Visitaron varios locales de realidad virtual antes de volver a la plaza. El aire aún no se enfriaba. Era una noche serena, sin lluvias de meteoritos ni estridencias luminosas. La gente se hamacaba en la placidez del momento, como presintiendo que era una clara excepción del clima, una de las últimas noches de un otoño con vestigios del verano que había acabado.

Entre la multitud de personas festejando, Caro-T-15 atravesó la plaza con un vestido estampado de geranios rojos y fucsias, cargado de volados.

Pero Luc-H-14 estaba curado y no supo reconocerla. No podía recordar que en las hamacas de esa misma plaza, un año atrás, ella le había dado el primer beso, tibio y húmedo. Tampoco recordaría que allí él le había dado una rosa roja que se deshojaba impiadosa entre sus dedos. Y menos aún, que tiempo después ella le había roto el corazón. La primera pena de amor puede ser un recuerdo-lastre, de esos que borra la terapia antidolor.

Luc-H-14 ya no podía recordarlo. Se sentía liviano como un colibrí. Flotaba casi. Sin embargo, la liviandad de repente le supo a vacío.

Karina Echevarría

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The Windmill Farmer

Publicado por kareche en diciembre 9, 2010

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Destino antroponímico

Publicado por kareche en julio 17, 2010

Adelina Marina Rovina odiaba la rima. Su nombre, por lo tanto, era su peor desgracia, la única en realidad.¿Qué culpa tenía ella de haber heredado el nombre de sus abuelas? ¿Cuál era su responsabilidad en el apellido italiano del abuelo que venía a coronar como la cereza del postre dos nombres rimados? ¡Qué injusto el destino que venía a llamarla de ese manera redundante y monótona!

De pequeña le hubiera gustado aprender a tocar la mandolina, pero con sólo imaginar la presentación de su primer concierto: “Y en la mandolina, Adelina Marina Rovina”, había desistido inmediatamente. En el jardín de infantes no se atrevía a tocar la plastilina, temiendo que alguien le dijese: “Dejá la plastilina, Adelina Marina Rovina”. No hubiera podido soportar semejante vergüenza.

Nunca pudo comprar mandarinas en la verdulería del barrio, ni harina en el almacén, ni aspirinas en la farmacia. Descartó el sueño de ser bailarina, ignoró sus dotes de adivina y negó su natural inclinación por la cocina. Nunca viviría en las Malvinas, ni tomaría Hesperidina, ni comería sardinas. Eran tantas las cosas que Adelina había descartado a causa de su nombre, que por eso lo odiaba tanto.

Cuando cumplió dieciséis años, Adelina supo que el nombre podía cambiarse, sólo debía esperar hasta la mayoría de edad. Entonces sí sería libre de hacer lo que quisiera: abusar de la sal fina, comprarse una mascota felina, navegar una lancha a turbina, gritar de esquina a esquina que no era una asesina sólo por matar una rima. Porque en el fondo, a pesar de que ella sentía tanta inquina no podía renegar de la culpa inquilina que la embargaba ante la idea de cambiar su nombre.

Al cumplir los dieciocho, Adelina fue al registro civil y tras un trámite burocrático pasó a ser Teresa. Al principio se sintió feliz, eso era lo que siempre había deseado. Sin embargo, casi inmediatamente empezó a sentir que algo le faltaba. No lograba darse cuenta de qué era. Quiso espantar, como un mal sueño, esa tenue desazón que parecía abrirse en el fondo de su estómago. Pero no pudo. Al cruzar la calle, frente a la vidriera empañada de una rotisería, como una sutil nostalgia de algo perdido, con la expresa certeza de lo irrecuperable, comenzó a sentir el deseo de comer milanesa…

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Mensajes lejanos

Publicado por kareche en junio 7, 2010

“Mi nombre es Juliana, quisiera que fueras mi amigo. Si te gusta la idea, escribime, mi dirección está al final de este mensaje.” Eso decía el papelito que Juliana había enrollado y metido en una botella. Caminó por la playa más de una hora, hasta encontrar el lugar apropiado para lanzarla al mar. Recorrió el espigón completo y llegó hasta la parte de las piedras, donde no había turistas ni pescadores. Se internó lo más que pudo mojándose las zapatillas con la espuma que trepaba entre las rocas. Con un impulso que casi le cuesta un chapuzón, arrojó el mensaje. Su mirada cristalina y luminosa siguió por unos minutos el rumbo de la botella que flotaba alejándose, después la perdió de vista.

La semana siguiente la pasó imaginando el posible destinatario de su invitación. Calculó distancias, velocidad, dirección de las mareas y concluyó que su carta podía llegar a cualquier región entre el Amazonas y Ushuaia en unos veinte días, y casi a cualquier rincón del planisferio con un poco más de tiempo. La idea de tener un amigo desconocido en otra parte del mundo la llenaba de ansiedad y no pasaba un día en que no revisara el buzón por lo menos dos o tres veces.

— Ojalá me escriba antes de mi cumple, si no vive lejos lo invito —se dijo a sí misma, aunque en el fondo soñaba con que su amigo viviera lejos, muy lejos, en algún lugar exótico. Lo imaginaba con turbante en medio de un desierto. Otras veces lo creía bajo un grueso abrigo en medio de la nieve. Lo soñaba de su edad y de las otras edades, varón y mujer, alto y chiquito, gordo y delgado, rubio casi albino y negro como el carbón. Siempre lo pensaba y no se cansaba de pensarlo.

Llegó su cumpleaños, y hasta último momento Juliana guardó un globo y una bolsita. Tuvo una porción de torta en el freezer durante un mes entero. No había noticias del amigo, quizás no pensaba escribir, sino caer de sorpresa un día y tocarle el timbre y contarle cómo la había imaginado a ella misma, su amiga lejana. A veces la asaltaba el temor de que la botella se hubiera roto en los acantilados y el mensaje borrado por completo. ¿Había sellado bien el corcho? ¿Y si se llenaba de agua y se hundía para siempre? Pero trataba de alejar esas ideas de su cabeza.

Pasaron varios cumpleaños. Las playas se llenaron de turistas en los veranos para después quedar despojadas en invierno. La jornada de ocho horas en el correo le dejaba a Juliana poco tiempo para pasear por la orilla, algo que siempre había disfrutado de pequeña. Sin embargo, ocasionalmente lograba escaparse temprano para ver la caída del sol sentada en la arena. A veces se acordaba de la botella y sonreía, sintiendo una extraña ternura por aquella aventura infantil. Su mirada, algo más opaca y oscura, entonces se escapaba por el espigón para terminar trepando al horizonte en busca de algo indefinible.

Un día estaba separando la correspondencia cuando encontró aquella carta. Un sobre amarillento, de letras borroneadas por la humedad y las inevitables peripecias de un largo viaje. Apenas pudo leer su nombre y dirección en el lugar del destinatario. El remitente resultaba ilegible. Adentro, un papel escrito con letra apretada en una lengua que nunca nadie supo identificar. Una foto turbia pero visible mostraba a una nena de unos ocho o nueve años, con largo cabello rubio que le cubría el torso desnudo y una plateada cola de pez que se apoyaba suavemente en una piedra. Desde la fotografía, una mirada cristalina y luminosa la interpelaba a la distancia. El resto era la inmensidad celeste del mar.

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Cuentos de la selva

Publicado por kareche en agosto 4, 2009

cuentos selvaDesde los 11 años.

Autor: Horacio Quiroga
Editorial: La estación – Estación Mandioca de Ediciones
Año de edición: 2009
ISBN: 978-987-24750-6-2
Cant. de páginas: 112

Otra edición de los cuentos de la selva de Horacio Quiroga. Con el sabor inalterable de los clásicos, Quiroga es uno de los autores rioplatenses que no pierden vigencia.

Sus cuentos, pensados por el autor para sus hijos, gustan a los niños sin dejar afuera a los adultos. Porque el lector encuentra en ellos mucho más de lo que se dice. Porque a través de ellos podemos reconocer las más sublimes virtudes del ser humano y sus más deleznables defectos. Porque en sus protagonistas animales el autor ha retratado al género humano con una habilidad inusual y una narrativa inigualable.

Las ilustraciones de Fernando Falcone suman fuerza expresiva a estas historias. Una oportunidad para viajar a la selva misionera, y al interior de nosostros mismos.

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Cuentos para niños

Publicado por kareche en julio 15, 2009

A partir de los 5 años.

Autor: José Agustín Goytisolo / Juan Ballesta (ilustr.)
Editorial: edebé
Año de edición: 2003
ISBN: 84-236-6787-1
Cant. de páginas: 112

Érase una vezreseñas 024

un lobito bueno

al que maltrataban

todos los corderos.

Y había también

un príncipe malo,

una bruja hermosa

y un pirata honrado.

Todas estas cosas

había una vez

cuando yo soñaba

un mundo al revés.

Esta canción de Goytisolo me la enseñó mi amiga Ascensión. Entonces, yo no podía imaginar que su autor había escrito las cuatro historias que en ella se perfilan: El lobito bueno, El príncipe malo, La bruja hermosa y El pirata honrado.

La originalidad de sus personajes, se duplica en cuentos que rompen las reglas, que salen de lo políticamente correcto y nos llevan a reflexionar sobre los prejuicios. Literatura grande para los más chicos, pero también para los adultos que seguimos disfrutando de las historias que cuentan y hacen pensar.

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La calle Edison

Publicado por kareche en junio 8, 2009

arboles

Los escépticos que no creen en la vida de las plantas deberían conocerme y escuchar mi historia. ¡Entonces sí que cambiarían de opinión!

Yo iba al colegio como todos los días. Bueno, como todos los días no. Algunas veces mi papá me lleva en la camioneta, pero ese día a mí me había costado mucho salir de la cama, y mi papá se puso nervioso y mi hermanita lloraba porque llegaba tarde al jardín, y entonces mi mamá dijo:

-         ¡Váyanse nomás!, y que Ricardito camine hasta la escuela.

A mí no me importó ni un poquito. La escuela no está tan lejos, apenas diez cuadras, y a mí me divertía contar los árboles del camino. Eran exactamente veintiocho  del lado derecho y treinta y dos del izquierdo, sesenta en total.

Ya salía tarde, así que no me apuré, y conté tranquilamente todos los árboles de la calle Edison. Sin embargo, cuando llegué a la escuela apenas iba por cincuenta y nueve. Me pareció raro, porque yo no me había distraído nunca, ni siquiera cuando el colectivo levantó toda el agua que se juntaba en el cordón y me mojó las zapatillas y las medias blancas. Tampoco perdí la cuenta cuando corrí perseguido por Bungo, el salchicha de mi vecina que siempre me corre cuando le saco la lengua. Estaba seguro de haber contado cincuenta y nueve.

Cualquier chico responsable hubiera entrado a la escuela y se hubiera olvidado del árbol que faltaba. Pero mi papá siempre me dice: “¡Sos un irresponsable!”, entonces yo di media vuelta y volví a casa para contar otra vez.

¿Saben cuántos conté esa vez? Cincuenta y nueve, igual que la vez anterior. Faltaba un árbol, no cabía ninguna duda.

Yo no me acordaba la especie de todos los árboles, así que aunque sabía que faltaba uno, no tenía idea de cuál era, si tenía flores, frutos, hojas o piñas. Lo que sí sabía muy bien, es que los árboles no se vuelven transparentes ni invisibles, que es casi lo mismo, así que algo raro pasaba.

Otra vez di media vuelta y caminé hacia la escuela, pero esta vez buscando algún rastro de sierras eléctricas, de aserrín fresco o de astillas de hachazos. Nada. Todo estaba tranquilo, si hasta parecía que los demás árboles disimulaban porque se oía como un cuchicheo y un silbar distraído.

De repente tropecé con un montoncito de tierra, y por un momento temí lo peor: que Bungo, o cualquier otro perro, hubiera estado haciendo de las suyas en la vereda y hubiera tapado su regalito con tierra. Pero no, era tierra limpia y fresca, y era un montoncito muy chiquito, y detrás había otro y otro más, y otro, como huellitas de tierra que se alejaban hasta la esquina. Yo saqué mi lupa, porque ese día tenía Ciencias Naturales y el profe siempre dice que llevemos lupa, y me puse a mirar los detalles. Y estaba así, concentrado en la pista cuando alguien me dijo:

-         ¿Qué haces? Andate que me van a descubrir.

Yo saqué el ojo de la lupa y solamente vi un tronco gris con un poco de musgo de un lado. Levanté la cabeza y entonces vi las ramas, y las hojas, y las flores rojas. Después cuando quise volver a mi montoncito de tierra fue que vi las raíces, pero lo raro, lo extraño de la situación es que las raíces estaban ahí, al aire, ¡no estaban enterradas!

-         Dale, nene, andate que si me descubren soy leña.

¡¡¡El árbol hablaba!!! Y me hablaba a mí, me decía que me fuera. Yo quería correr, pero las zapatillas se me habían pegado a la vereda, era como si se hubieran derretido de repente, no podía moverme.

-         ¿Qué pasa? ¿No entendés el idioma arbóreo? Si me seguís mirando con la boca abierta pronto se va a juntar todo el barrio a ver qué pasa y a mí me convierten en biblioteca o mesa. ¿Podés moverte?

-         No – le dije, y cerré la boca, con esfuerzo.

-         ¿Qué te pasa? ¿Te agarró un calambre? ¿Te atacaron las termitas? ¿Te picó un pájaro carpintero?

-         No – volví a decir, pero no pude emitir otro sonido.

-         Bueno, bueno, no te pongas repetitivo. Es la primera vez que hablo con un ser humano y no parece muy divertido, ¿no?

-         No – dije por tercera vez y me sentí muy tonto.

-         No hay caso, me parece que no nos entendemos…

En ese momento se oyó muy lejos un ruido como de sierras eléctricas, probablemente de la carnicería de Cacho, y el árbol pareció asustarse. Giró sobre sus raíces, dio media vuelta y se alejó por la vereda dejando montoncitos de tierra a cada paso, y un sonido de ramas sacudiéndose despacio.

Me quedé ahí, plantado en la vereda, y de repente sentí las cosquillas de las primeras hojitas que brotaban en mis manos. La calle Edison seguiría teniendo sus sesenta árboles.

raíces

Karina Echevarría

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Otras páginas para visitar

Publicado por kareche en mayo 27, 2009

babar2009

La revista Babar contiene textos, reseñas, artículos, entrevistas y anuncios relacionados con la literatura infantil y juvenil. Recomendable para lectores que quieran leer y para autores que buscan ser leídos.

kahani1

Kahani, cuentos del mundo, es el comienzo de una biblioteca universal. Recopila leyendas y cuentos populares de distintos lugares del planeta. Vale la pena asomarse para leer o para contribuir con algunas historias.

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