Leer x leer

Literatura para chicos y no tan chicos

Posts etiquetados ‘cuentos infantiles’

Cuentos de por acá

Publicado por kareche en diciembre 4, 2011

A partir de 8 años.

Autor: Iris Rivera
Editorial: Edelvives
Colección: Ala Delta
Año: 2011
ISBN: 978-987-642-119-5
Cant. de páginas: 72

El zorro, el quirquincho, el tigre, el sapo, el cuervo, el suri y hasta la garrapata se pasean por estos cuentos populares de pícaros y picardías. Cada uno con su carácter e idiosincrasia, nos reflejan a los seres humanos, en virtudes y defectos.

Sin embargo, la narración no se agota en la intención didáctica. La creación de un universo original y único, las inconfundibles voces de los protagonistas y la imaginación que alza vuelo a través del lenguaje nos permiten gozar de historias divertidas, muchas de ellas conocidas, que se recrean en la nueva lectura.

Para todas las edades. Para la hora del mate.

Publicado en reseñas | Etiquetado: , , , | Deja un Comentario »

De pueblo en pueblo

Publicado por kareche en agosto 1, 2011

Desde los 10 años.

Autora: Ángeles Durini
Ilustrador: Marcelo Santorelli

Editorial: Amauta
Año: 2011
ISBN: 978-987-26232-4-1
Cant. de páginas: 72

El arte en general y la literatura como expresión artística deben rescatar la originalidad, la novedad, lo diferente. Por supuesto que el mercado editorial a veces promueve lo contrario: la repetición, porque es más fácil entonces dirigir el consumo.

De pueblo en pueblo es un paseo por lugares que, lejos de ser los más transitados, proponen nuevos paisajes y nuevas lecturas. Una combinación de tradición y transgresión, a través de textos para crecer como lectores literarios. No son los sabores a los que estamos acostumbrados y por eso vale la pena paladear estas nuevas texturas.

Cada libro debería ser una experiencia única. Este libro, sin dudas, lo es.

Publicado en reseñas | Etiquetado: , , , | Deja un Comentario »

Torta de limón

Publicado por kareche en julio 13, 2011

Este cuento de mi autoría salió hoy en la revista Billiken, de Buenos Aires. Lo comparto, para los que están un poco lejos del kiosco de revistas…

–Cinco minutos de siesta, nada más.

–¿Cuánto es cinco minutos? –preguntó Carolina a su mamá.

–Hay que contar cinco veces hasta sesenta.

Carolina protestó un poco y finalmente se tendió en la cama, boca arriba, mirando el cielo raso sin mucho entusiasmo.

–Uno, dos, tres… –contó en voz alta para no olvidarse– …cuatro, cinco, seis… –su mamá cerró la puerta sin hacer ruido al salir– …siete, ocho, nueve… –una mosca daba vueltas cerca de la lámpara– …diez… –y la habitación se dio vuelta.

El techo se convirtió en el piso, y el piso en el techo. Carolina se encontró de pronto junto a la lámpara de vidrio que siempre estaba muy alta y que parecía una torta de limón. Porque las tortas de limón tienen una cubierta blanca, medio transparente, justo como el vidrio de la lámpara de la habitación de Carolina. La mosca se había parado sobre ella. ¿Qué gusto tendría? Espantó a la mosca y pensó en probar la torta-lámpara o la lámpara-torta, pero no encontraba un cuchillo para cortar una porción. Entonces recordó que en el último cajón de la cómoda su mamá guardaba un cuchillito de plata que usaba para abrir cartas.

–Ese me va a servir –se dijo–. Solamente tengo que cruzar hasta el otro lado del cuarto.

Eso era fácil cuando el cuarto estaba en su lugar, pero ahora que estaba patas para arriba se hacía un poco más complicado. En el medio del cielo raso el ventilador giraba amenazante haciendo un ronroneo repetido. Por suerte, su mamá lo había puesto muy despacio y las paletas daban vueltas lentamente. Carolina se acercó lo más que pudo y saltó la primera, hizo dos pasos cortitos y saltó la segunda, respiró hondo y saltó la tercera. Cayó sentada justo al lado de la cómoda. Sin embargo, no la veía. Tuvo que levantar la vista para descubrirla. El mueble estaba como atornillado en lo que ahora era el techo.

–¿Y ahora? ¿Cómo llegó hasta allá arriba?

Decepcionada, Carolina no podía creer que ese cajón que siempre había estado tan cerca de sus manos ahora fuera el más lejano.  Se estiró todo lo que pudo y ni siquiera alcanzó la manija del primero. Y estaba a punto de darse por vencida cuando vio la biblioteca llena de libros que se extendía como una escalera sobre la pared opuesta.

Pasó por encima del ventilador repitiendo sus tres saltos, pero esta vez cayó parada como una bailarina. Eligió algunos libros gordos y duros y volvió junto a la cómoda. Armó unos escalones con los libros y se subió haciendo equilibrio hasta que alcanzó la manija dorada del primer cajón. Se sujetó con fuerza y empezó a balancearse. Muy pronto pudo agarrar la segunda manija, y después la tercera, y por fin la cuarta y última. Carolina se sostenía con los pies en el aire. Abajo, la pila de libros empezaba a desmoronarse. Arriba, el último cajón empezó a ceder y deslizarse muy suavemente. Cerró los ojos justo en el momento en que una lluvia de lápices, botones, tarjetas, moños de regalo, y otras chucherías sin importancia le caían desde el cajón abierto. Se soltó y ella también cayó sobre los libros que terminaron de desparramarse. El cielo raso antes vacío y blanco, ahora estaba cubierto por todas las cosas que habían salido del cajón.

–¡Qué desastre! –dijo Carolina– Voy a tener que ordenar todo esto –pero en ese momento vio junto a su pie derecho el cuchillito de plata y se acordó de la torta de limón.

No esperó ni un segundo, lo tomó y fue directo a la lámpara. Saltó por tercera vez las tres paletas del ventilador y estaba por hundir la punta reluciente del cuchillo en esa torta que seguramente era de limón cuando la voz de su mamá la detuvo.

–Arriba, Caro, dormiste más de dos horas –y la habitación volvió a darse vuelta. El techo fue techo, el piso fue piso, y la lámpara quedó otra vez lejos y en lo alto. Carolina la observaba desde la cama, acostada boca arriba. ¿Qué gusto tendría?

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , | 5 Comentarios »

Por arte de magia

Publicado por kareche en marzo 12, 2011

 

Calibrí limpió su varita mágica con mucho cuidado. La última vez que le había dado por pasarle el lustra-muebles se le había resbalado de las manos y había terminado con los sillones del comedor convertidos en miniaturas de colección. Es que era una varita muy potente, de madera de caoba, lustrosa y suave, lo que hacía mucho más sencilla su manipulación, pero lo que también implicaba cierta precaución para evitar accidentes de magia involuntaria.

Esperaba detrás del telón, en el escenario del Teatro Municipal, su turno en la Competencia Anual de Magia y Prestidigitación. Lo suyo en realidad no era magia, así como suelen llamarla los magos de galera que se limitan a hacer trucos, a engañar a los espectadores. Calibrí era en realidad un potente hechicero, un mago auténtico, de poderes mágicos y conjuros, de pociones y varita. Su presencia en la competencia no era del todo legal después de todo. Le llevaba gran ventaja al resto, y sin duda se llevaría el trofeo con cualquier desaparición de primer nivel, sin tener que llegar siquiera a las transformaciones, a la transmutación o a la teletransportación.

-No deberías participar -le había dicho su esposa. Pero Calibrí había insistido en que ninguna cláusula del reglamento indicaba impedimento para magos auténticos como él-. Eso es lógico –insistió ella- porque no creen en la magia, ¿cómo prohibirían algo que para ellos no existe?

El caso es que Calibrí aguardaba su turno impaciente mientras acababa de lustrar con una franela su varita mágica. Hasta el momento se habían presentado los típicos trucos de todos los años: la mujer seccionada a la mitad, el conejo que salía de la galera, la desaparición de la paloma y aburridos juegos de cartas. Calibrí saboreaba anticipadamente su triunfo. Era tan fácil como quitarle un caramelo a un niño.

Durante los diez minutos que duró su presentación, Calibrí mantuvo al público con la boca abierta. Hizo la prueba de la levitación del elefante, con transformación en lluvia de papelitos de colores que cayeron sobre el público justo cuando esperaban recibir el peso del paquidermo en sus cabezas. Después hizo la transportación de un dragón desde las tierras de Dragonia, lo enfrentó solamente con su varita y lo convirtió en un fósforo que utilizó para encender una vela. La vela fue convertida en volcán, y cuando la lava comenzó a desbordar el escenario y los espectadores de primera fila se quitaban los abrigos chamuscados, convirtió todo en una nube de vapor que se voló por las ventilaciones. La gente aplaudía, gritaba, lloraba y reía ante la destreza de aquel prestidigitador. Sin sospechar, claro, que lo que veían no era un truco, sino auténtica magia.

Los participantes que siguieron a Calibrí recibieron abucheos y gestos de aburrimiento o burlas despectivas. Todos sus trucos parecían bromas de mal gusto. Algunos, incluso, se retiraron de la competencia para evitar el papelón. Solamente quedaba una mujercita de cabello oscuro y gruesos anteojos. Llevaba un vestido gris, un sombrero del mismo color y una canasta con un gato negro que dormía y ronroneaba sin enterarse de nada. Calibrí se sentó a esperar que la mujer acabara, con la alegría del ganador pintada en su sonrisa.

Pero no pudo ser.

Calibrí tuvo que conformarse con un segundo puesto. Su primo Augusto, sí, su mismísimo primo Augusto, el que había estudiado en la academia de arte dramático, el que había seguido todos los cursos de cultura musical por correspondencia, el que había terminado la carrera de arquitectura, el que solía transformarse en gato negro cada mes, le robó el primer puesto.

Es que no hay muchos gatos que reciten Shakespeare, toquen el piano y construyan una catedral gótica solo por arte de magia. Y tampoco había en el reglamento ninguna cláusula que impidiera la participación de un gato.

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , | 1 comentario

La Cenicienta que no quería comer perdices

Publicado por kareche en febrero 12, 2011

Desde los 9 años y especialmente para adultos.

Autor: Nunila López Salamero
Ilustraciones: Myriam Cameros Sierra
Editorial: Planeta
Año: 2010
ISBN: 978-84-08-08864-6
Cant. de páginas: 100

Algo más que una moderna versión de La cenicienta. Un alegato contra el sexismo en la literatura infantil, llena de humor y ternura. Con una fina ironía y un tono poético que reconcilian la realidad y los cuentos de hadas.

Una Cenicienta capaz de torcer su destino y forjar un futuro sin libro ni fórmulas hechas. Para creer en esa otra magia que es la libertad y la creatividad sin límites de la vida humana.

 

Publicado en reseñas | Etiquetado: , , | 1 comentario

Las historias nunca se terminan

Publicado por kareche en diciembre 4, 2010

Mi tía Marta siempre cuenta unos cuentos maravillosos. Bah, en realidad los cuentos no son tan buenos, lo que pasa es que ella los cuenta de una manera especial, sabe darle vida a los personajes: hace voces extrañas tapándose la nariz, inventa caras de miedo, de alegría, de tristeza, y le encanta difrazarse y dramatizar la historia que nos cuenta

- Contanos un cuento, contanos un cuento, contanos un cuento… – mis hermanos y yo no la dejábamos en paz ni un segundo. Hasta que un día, estábamos por irnos a dormir cuando mi tía se cansó y nos dijo que se le habían agotado las historias y que ya no nos podría contar más cuentos. La miramos asombrados y dijimos:

- No puede ser, las historias nunca se acaban.

- ¿Ah, no? Pues a mí se me acabaron, ya no se me ocurren más historias que contar.

- Bueno, pero esto que nos decís podría ser parte de una historia, una historia en la que se acaban las historias.

- Esto me suena como el cuento de la buena pipa – protestó mi tía – y ¿se puede saber cuál va a ser el final de esta historia?

- Claro, los chicos van al kiosco y compran una bolsa de historias, entonces la tía las va sacando despacito de la bolsa, de a una, y como si fueran globos las infla con todo el aliento que lleva dentro, y la historia se va estirando, cambia de color, se eleva, flota en el aire, vuelve a bajar…

- Hasta que alguien la pincha y se revienta.

- Y sí, a veces pasa eso con las historias y con los globos, si se los infla demasiado, revientan, sobre todo si anda cerca alguien con un alfiler… Pero en nuestra historia eso no pasa, la tía empieza a contar los cuentos uno tras otro y al final, con el último los chicos se quedan dormidos… – no había terminado de decir esto cuando se me cerraron los párpados y me dormí. Mis hermanos roncaban hacía un rato largo. Pero entre sueños me pareció que mi tía hacía algo: con mucho cuidado desinflaba los globos y los volvía a guardar en la bolsa. Por eso yo sé que las historias nunca se terminan…

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , , | 1 comentario

Los guantes del pulpo

Publicado por kareche en septiembre 5, 2010

Cazuelo salió de su cueva furioso. Llevaba los ocho tentáculos desnudos y cada tanto se estremecía con un escalofrío. Largaba chorros de tinta y revolvía el fondo del mar provocando una nube densa y oscura.

- ¡¿Dónde están mis guantes?! ¿Quién se ha atrevido, en pleno invierno, a quitarme mis preciosos guantes de anémona? El que haya sido pagará por ello.

Los demás animales marinos, se hacían a un lado para dejarlo pasar y se miraban con sospechas y acusaciones. Provocar la ira del pulpo era muy peligroso. La última vez que se había enojado, había convertido el mar en un tintero, y nadie había podido salir de su casa durante días.

La ostra Perlina se abrió un poquitín, apenas unos milímetros y dijo:

- Yo tengo uno. – y se cerró inmediatamente, esperando que su vocecita se hubiera disimulado entre los murmullos generales.

El pulpo la tomó entre dos tentáculos y la sacudió violentamente.

- ¡¿Cóoooomo?! ¿Qué has dicho? ¡¡¡Repítelo ahora mismo!!!

- Perdone, Señor pulpo,… – burbujeó la ostra entre sacudones.

- ¡¡¡Insensata!!! ¡¡¡Atrevida!!! Robarme un guante, ¿Para qué quiere una ostra un guante de pulpo? Quisiera saberlo ahora mismo.

- Bueno, yo… quería… quería guardar mis perlas, y no sabía dónde. Además era el último que quedaba, yo pensé que un guante solo no puede ya servirle a un pulpo, ¿no le parece?

- No, claro que no, para eso tengo cuatro pares. Pero es usted igualmente una ladrona.

- Por favor, Señor pulpo, no me quite su guante. Es solamente uno, a usted no le alcanza, y si yo dejo mis perlas sueltas en el mar, los hombres me las robarán y todo mi esfuerzo será inútil…

- ¿Inútil? ¿Es que acaso las perlas sirven para algo?

- ¡Claro que sí! Los hombres las buscan para hacer collares, y son collares muy hermosos. Yo quiero hacer collares también, y poner una joyería bajo el mar. Pero si no protejo mis perlas, no lo lograré nunca, se lo ruego, no me quite su guante…

- Está bien, ya no lloriquee. Puede quedarse con el guante, después de todo es solo uno, y si recupero los otros siete, me daré por contento. – y diciendo esto, comenzó una vez más a dirigir miradas inquisidoras al resto de los animales marinos.

- Y ahora, ¿quién más confesará? ¡¿Dónde están mis guantes?!

- Ejem… eh… bueno… yo… este… – la vocecita de Ico, el caballito de mar, sonó en el medio del silencio. Todos giraron para mirarlo y vieron lo que llevaba en su cabeza: ¡un guante de pulpo!

- ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡Ladrón! Ya veo que lo llevas puesto como un bonete, ¡devuélvelo! – y con un rápido movimiento de tentáculos le arrancó el sombrero. Los animales se paralizaron al ver lo que el guante había estado ocultando.

- Pero – el pulpo estaba confundido – ¿qué le pasó a usted en la cabeza?

- Buaaaaaa….Buaaaaaaaaaa… buuuuuuaaaaaaaaa…, ¡me estoy quedando pelado! Mis bellas y doradas crines han desaparecido. Buaaaaaaaaa…

- Bueno, bueno – dijo el pulpo volviendo a acomodarle el guante como bonete – no haga tanto escándalo, después de todo yo soy calvo de nacimiento y no digo nada. Quédese con el guante nomás, con tal que aparezcan los otros seis estaré conforme.

- Gracias, snif, gracias, Señor pulpo. Y para devolverle este inmenso favor, le diré algo, yo he visto otro de sus guantes, en el bosque de corales, cerca de la playa, lo tenía un pez anaranjado, de labios gruesos y ojos saltones.

- ¡El pez Garibaldi! Me pagará la osadía, ya verá cuando lo agarre.

Inmediatamente el pulpo se impulsó con sus tentáculos rumbo a la playa. Todos lo siguieron en comitiva, por pura curiosidad, claro. Peces grandes y pequeños, camarones y langostinos, calamares y almejas, la ostra Perlina, Ico el caballito, el doctor Tiburón,  y hasta un pez espada de nariz torcida y desafilada, nadaban a gran velocidad. Como si fueran un prolijo desfile, giraban a un lado o al otro casi al mismo tiempo y en absoluto silencio. Detrás de sí dejaban una hilera de burbujitas que subían y desaparecían en la claridad de la superficie, lejos, allá arriba.

A medida que se aproximaban a la costa, el agua se fue haciendo más tibia y el sol hacía clarear las piedras y las plantas. Pronto entraron al bosque de corales y allí encontraron al pez Garibaldi, aleteando sobre el guante de Cazuelo. La primera intención del pulpo fue tironear de su prenda, pero antes que le fuera posible hacerlo, el pez naranja le ordenó:

- ¡Alto, Cazuelo!

- ¡¿Cómo?! ¿Te atreves a darme órdenes? Después de robarme, ¿te atreves a darme órdenes? Pescado insignificante, levántate de mi guante ahora mismo.

El pez obedeció al instante, y cuando se levantó, dejó al descubierto varias decenas de huevecillos transparentes. Todos los animales suspiraron enternecidos.

- Garibaldi está cuidando huevecitos, ¡va a ser padre!

- Así es – dijo el pez – y por eso tomé prestado su guante, Sr. Cazuelo, pero pienso devolverlo en cuanto hayan nacido mis pequeños.

- ¿Y cuándo será eso? – preguntó el pulpo impaciente.

- Exactamente en dos semanas. Entonces le devolveré su guante.

- ¡Ja! Para entonces mis tentáculos estarán congelados, de ninguna manera puedo permitirlo.

- Se lo suplico, Sr. Cazuelo, es la primera vez que seré padre y quiero que todo sea perfecto. Además con un solo guante, ¿qué puede usted hacer?

- Bueno, sí, eso es cierto, pero es que…

- Por favor, por favor… – suplicaron todos los animales a coro, y Cazuelo no tuvo más remedio que acceder a su pedido.

- Todavía me quedan cinco guantes, y tal vez, si los voy rotando, es posible que pase el invierno sin enfermarme.

La multitud de animales marinos decidió regresar hacia las profundidades del océano. Emprendieron otra vez la marcha, en silencio, y pensando cómo continuaría la búsqueda de los guantes. Y así iban, ensimismados, cuando se cruzaron con la Estrella Bella, con cara de preocupada y un termómetro en la mano.

- ¡Qué suerte que los encuentro! Estoy buscando al Dr. Tiburón, mi marido arde de fiebre y tiembla de frío, y yo ya no sé qué hacer.

El doctor Tiburón inmediatamente se ofreció para revisar al enfermo.

- Pero, ¿y mis guantes? – preguntó el pulpo que había pasado de la furia a la decepción y estaba por ponerse a llorar.

- Usted comprenderá que esto es una urgencia – dijo imperativo el doctor – después seguiremos buscando sus guantes. – Y toda la comitiva se dirigió a la gruta de las estrellas. Allí encontraron al marido de Bella. El pobrecito tiritaba y para abrigarse se había puesto en cada una de sus cinco extremidades lo primero que había encontrado. ¿Y qué era esto? Pues nada más y nada menos que ¡los cinco guantes de Cazuelo!

- ¡Esto es el colmo! – bramó el pulpo – ¡Mis preciosos guantes de anémona!

- Por favor, Sr. Cazuelo, mi marido está muy grave, podría morir, no grite ni se enoje.

- Sería muy peligroso desabrigarlo. – confirmó el doctor – al menos por un par de días debe permanecer abrigadito y en reposo.

- ¡Un par de días!, pero estamos en pleno invierno, ya tengo la piel de gallina y no puedo disponer de mis guantes. Acabaré enfermándome yo. – protestaba Cazuelo. Y tenía un poco de razón. El pulpo era muy sensible a los cambios de temperatura y nunca había pasado un invierno sin sus preciosos guantes. Los animales estaban conmovidos. Más allá de su mal carácter, Cazuelo había sido muy generoso con la ostra, con el caballito de mar, con el pez y con la estrella. Pero ahora sufría las consecuencias de su generosidad.

- ¡Atchiiiiiiisssss! – estornudó Cazuelo y dejó escapar un chorro de tinta. – Creo que empiezo a resfriarme,…

- Tengo una idea, – dijo un camarón pequeñito – nosotros le tejeremos cuatro pares de guantes de algas.

- ¿En serio? ¿Y cuánto tardarán?

- Apenas un ratito, ya verá, somos muchos y lo haremos enseguida.

Inmediatamente se juntaron veinte, treinta, cuarenta y hasta cincuenta camarones. Empezaron a hacer ovillos de algas y a entretejerlas con una velocidad asombrosa. Subían y bajaban, iban de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Las algas se cruzaban, se trenzaban, se unían y separaban formando un tejido suave y mullido.

Cuando terminaron, Cazuelo se probó los cuatro pares. Le quedaban perfectos, a la medida.

- Son hermosísimos, y mucho más suaves que los de anémonas. Han hecho un trabajo excelente.

Los camarones se pusieron colorados de orgullo. Cada uno de los animales marinos asintió satisfecho y regresó a su hogar. Y así Cazuelo tuvo unos hermosos guantes nuevos ese invierno.

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , | 1 comentario

La hormiga música

Publicado por kareche en mayo 20, 2010

Cuando Emilia anunció que sería música, las demás hormigas se quedaron pasmadas.

—¡Eso es imposible! —gritó una.

—Jamás en la vida ha habido una hormiga música.

—Entonces yo seré la primera —dijo Emilia cada vez más contenta.

Las hormigas vivían justo debajo de la sala de ensayos de la Orquesta Municipal. Por las noches salían de su hormiguero y buscaban restos de comida entre los instrumentos y las partituras que parecían abandonados.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cómo vas a hacer música vos?

Emilia todavía no lo tenía decidido, así que empezó a pensar y dijo:

—Instrumentos de viento: creo que empezaré con la flauta, el saxofón o la trompeta.

—No tenés suficiente aire en los pulmones, ¿no has visto como inflan los cachetes los músicos de la orquesta? Vos no tenés espacio para albergar tanto aire.

—Es cierto. —admitió Emilia—. Entonces… percusión, ¿qué tal los platillos, o el tambor o la pandereta?

—¡Ay, Emilia!, qué tonta que sos. ¿Cuántas veces hemos caminado sobre estos instrumentos? —preguntó un hormiga gorda que justo estaba parada sobre la batería y había comenzado a dar grandes saltos. — ¿Acaso escuchás algún ruido? Vos, que sos más pequeña y ligera que yo, ¿cómo pensás hacer sonar una nota siquiera?

—Es verdad, —aceptó Emilia— me falta fuerza para esto. Pero, ¿qué tal con las cuerdas? Podría ser el chelo o la guitarra o el violín…

—¿Ah, sí? ¿Y con qué dedos si se puede saber?

Emilia miró las pinzas de sus extremidades, no servirían para las cuerdas.

—Dejá ya de soñar y terminemos de juntar las miguitas que los músicos dejaron después del ensayo, que ya pasa de la medianoche.

Las hormigas hicieron la recolección de las migas y en fila india volvieron al hormiguero. Todas, menos Emilia, que se subió al atril del director y empezó a caminar por los pentagramas llenos de notas. De repente, el músico entró y sin dar tiempo a nada cerró su cuaderno con todas las partituras de un golpe. Emilia quedó adentro, aplastada entre las hojas.

Al día siguiente, cuando empezó a dirigir la orquesta, el director descubrió una nueva nota en el pentagrama. La marcó y la orquesta la tocó, clara y vibrante. Emilia, por fin, era música.

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , | 3 Comentarios »

Gotas de lluvia

Publicado por kareche en mayo 1, 2010

El cielo se puso gris de a poquito. Cada vez más oscuro, cada vez más lleno de nubes esponjosas, algodonosas, gordas y grises. La gente tuvo que encender las luces de adentro de las casas y los chicos pegaron las narices en los cristales de las ventanas para ver la lluvia que muy pronto comenzaría a caer. Las mamás cerraron las puertas y ventanas justo cuando el viento empezaba a levantar hojitas y tierra de las calles formando remolinos en las esquinas. Salieron los paraguas de los rincones, los pilotos de los armarios y las botas de goma de los placards.

Un relámpago iluminó de pronto el cielo y los chicos cerraron los ojos como si les hubieran sacado una foto. Después vino el trueno que hizo retumbar todo: cristales, puertas, ventanas y narices también.

Desde el cielo, como con paracaídas empezaron a bajar dos gotitas jóvenes y transparentes. Una de ellas le dijo a la otra:

- ¡Cómo me gustaría caer en un río! Entonces me convertiría en agua de su cauce, agua de río, y sería el hogar de los peces y las ranas, y los chicos en el verano me buscarían para bañarse y jugar conmigo, ¡sería tan divertido!

La otra dijo:

- Yo quisiera caer en la tierra y ser absorbida por la raíz de un rosal y transformarme en una rosa. Un señora me llevaría a su casa, me pondría en un florero y me convertiría en el centro de mesa más bello. Todas las visitas le dirían : “¡Que flor más hermosa!”

La primera entonces dijo:

- Si no, podríamos caer en una montaña y mezclarnos con el agua de las vertientes y calmar la sed de los alpinistas que suben con tanto esfuerzo hasta la cima.

- ¿O por qué no en una piscina? – volvió a sugerir la segunda – Entonces jugaríamos todo el tiempo con los chicos que practican natación.

Tan entretenidas estaban soñando dónde caerían que no vieron que los chicos habían salido a la puerta esperando la lluvia. Y cayeron en las narices de los niños, resbalando hasta la punta y haciéndoles cosquillas. Los chicos se rieron a carcajadas, y las gotas también.

Karina Echevarría

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , | 10 Comentarios »

Sándwich de lombrices

Publicado por kareche en febrero 27, 2010

La primera vez que lo vi, creí que estaba comiendo un sándwich de lombrices. En realidad eran spaghettis, pero así, entre dos panes cuadrados y chorreando una salsa oscura que bien podría haber sido barro, todos creíamos que el chico nuevo comía un sándwich de lombrices. Así lo llamamos: “sándwich de lombrices”, aunque él se llamaba Rubén.

Tendría unos diez años, como nosotros, pero parecía más chico. Su baja estatura, su cabello algo largo y esas enormes remeras que casi le llegaban a las rodillas lo hacían verse más pequeño y debilucho. Vivía con su madre, que siempre estaba trabajando, y con un abuelo que cuando íbamos a buscarlo solamente canturreaba:

- Para ser fuertes, sándwich de lombrices. Para ser fuertes, sándwich de lombrices. – Nosotros nos reíamos y después le repetíamos la canción a Rubén hasta el cansancio.

Íbamos al río casi todos los días en verano, pescábamos mojarritas con latas agujereadas y después las llevábamos en botellas de plástico para hacer un acuario. Es curioso, nunca ninguno hizo realmente un acuario. Los peces siempre acababan muriendo. A veces, porque olvidábamos la botella al sol. Otras, porque nuestras madres protestaban por el olor a aguas estancadas y terminaban tirando todo por el desagüe.

Rubén venía con nosotros, a pesar de que los más grandes lo cargaban y le hacían bromas todo el tiempo.

- ¿Qué hacés sándwich de lombrices?

- ¿Ya desayunaste hoy, o vas a buscar lombrices en el río?

- ¿Trajiste el pan?

Las carcajadas parecían no provocar enojo ni tristeza en Rubén. A veces, incluso creo que sonreía medio a escondidas.

Un día, volvíamos del río sin haber pescado nada. Las únicas tres mojarritas que habíamos logrado atrapar las habíamos devuelto al agua por pequeñas. En cambio sí habíamos jugado guerras de barro y algas, y estábamos bastante sucios y mojados. Veníamos caminando por la calle de tierra cuando un perro inmenso – nunca antes había visto uno tan grande – salió de la nada y empezó a ladrarnos con ferocidad. Alguno de los que iban más adelante le lanzó una piedra que fue a darle justo en medio del hocico. El animal se puso rabioso, primero aulló por el dolor, pero después inició una carrera desesperada hacia nosotros mostrando los colmillos y gruñendo de un modo que nos hizo palidecer y aflojó nuestras piernas. Ya todos corrían en rápida huída, atrás quedábamos Rubén y yo. Yo bastante más atrás, no sé por qué motivo. Quería avanzar, pero no podía evitar darme vuelta para descubrir que el animal ganaba terreno y se me acercaba cada vez más. Los de adelante lloraban histéricos presintiendo la tragedia que ya era segura.

- ¡Corré, Martín, corré que te alcanza!

Yo estaba por desmayarme cuando lo vi. Desde arriba de un árbol se me tendía una mano salvadora. Era Rubén que se había trepado y estiraba su brazo para que yo me aferrara a él. Pensé que no sería lo suficientemente fuerte, que ambos caeríamos en el polvo del camino y seríamos fatalmente devorados por la bestia. Pero no tenía otra opción. Así que cuando estuve a tiro, estiré la mano y me aferré con todas mis fuerzas y los ojos cerrados. Ambos caeríamos, estaba seguro de eso y también lo estaban los otros chicos que gritaban y lloraban desde lejos, sin atreverse a intervenir en nada.

Sin embargo, algo inesperado sucedió. Mágicamente, creo, sentí que subía. Fue un tirón firme pero suave que me llevaba hacia arriba. Los ladridos amenazantes quedaron abajo y yo sostenido en el aire, a salvo. Rubén me había salvado.

Karina Echevarría

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , | 3 Comentarios »

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 28 seguidores