Leer x leer

Literatura para chicos y no tan chicos

Archivos de la categoría ‘cuentos’

Charly y su perrito de fuego

Publicado por kareche en mayo 12, 2012

De todas las mascotas que tuvo Charly –y tuvo muchísimas– la mejor fue su perrito de fuego, Llamarada.

Apareció cuando Charly acababa de cumplir los ocho años. Un chispazo se desprendió del fuego que su papá preparaba para el asado y tomó la forma de un perrito de unos treinta centímetros de altura, de patas cortas, un poco rechoncho, y absolutamente naranja y ardiente.

Al principio, Llamarada no cayó muy simpático en la casa. Durante la primera semana, secó todos los malvones del patio y dos veces incendió las cortinas del living. Cuando venían visitas había que repartir  trajes de amianto, porque como era cachorro tenía la costumbre de saltar sobre los recién llegados.

Después de quemar dos cuchas, decidieron que lo mejor sería que durmiera en la chimenea. Lo alimentaban con carbón dos veces al día.

Con el paso del tiempo se fue tranquilizando y muy pronto todos apreciaron su cálida presencia. Era el que encendía las velas cuando se cortaba la luz, colaboraba con los asados, y se acurrucaba junto a la pava para mantener caliente el agua del mate.

A Charly le gustaba pasear de noche con Llamarada, porque iba iluminando el camino y ya no le daba miedo la oscuridad del campo. Se acostaban los dos sobre las rocas y miraban las estrellas por horas. A veces Llamarada les aullaba, como hacen los lobos a la luna.

Otro juego favorito de los dos era masticar petardos. Charly los arrojaba y Llamarada los atrapaba en el aire con su hocico candente provocando un estallido que hacía reír a los chicos y sobresaltaba a los grandes. Podían hacer el mismo juego con una pelota, pero no era tan divertido porque no hacía ruido y largaba un olor a goma quemada muy desagradable.

Un día, Charly desafió a Llamarada: le propuso el juego de las escondidas. Llamarada era muy malo en eso, porque siempre el humo lo delataba. Pero aceptó el desafío, porque era un perro muy orgulloso. Mientras Charly contaba hasta cien apoyado contra el tronco de un paraíso, Llamarada empezó a corretear buscando el sitio perfecto para su escondite. El galpón, no, porque tenía pinturas inflamables. La leñera, imposible. El bosque, peligrosísimo. El río,…

—¡Punto y coma, el que no se escondió se embroma!

Pssssss… Apenas una nubecita de vapor, etérea y suave, incapaz de delatar el escondite perfecto de Llamarada.

De todas las mascotas que tuvo Charly, la mejor fue Llamarada. Lástima que le duró tan poco.

Karina Echevarría

Publicado en cuentos | Etiquetado: | Deja un Comentario »

Torta de limón

Publicado por kareche en julio 13, 2011

Este cuento de mi autoría salió hoy en la revista Billiken, de Buenos Aires. Lo comparto, para los que están un poco lejos del kiosco de revistas…

–Cinco minutos de siesta, nada más.

–¿Cuánto es cinco minutos? –preguntó Carolina a su mamá.

–Hay que contar cinco veces hasta sesenta.

Carolina protestó un poco y finalmente se tendió en la cama, boca arriba, mirando el cielo raso sin mucho entusiasmo.

–Uno, dos, tres… –contó en voz alta para no olvidarse– …cuatro, cinco, seis… –su mamá cerró la puerta sin hacer ruido al salir– …siete, ocho, nueve… –una mosca daba vueltas cerca de la lámpara– …diez… –y la habitación se dio vuelta.

El techo se convirtió en el piso, y el piso en el techo. Carolina se encontró de pronto junto a la lámpara de vidrio que siempre estaba muy alta y que parecía una torta de limón. Porque las tortas de limón tienen una cubierta blanca, medio transparente, justo como el vidrio de la lámpara de la habitación de Carolina. La mosca se había parado sobre ella. ¿Qué gusto tendría? Espantó a la mosca y pensó en probar la torta-lámpara o la lámpara-torta, pero no encontraba un cuchillo para cortar una porción. Entonces recordó que en el último cajón de la cómoda su mamá guardaba un cuchillito de plata que usaba para abrir cartas.

–Ese me va a servir –se dijo–. Solamente tengo que cruzar hasta el otro lado del cuarto.

Eso era fácil cuando el cuarto estaba en su lugar, pero ahora que estaba patas para arriba se hacía un poco más complicado. En el medio del cielo raso el ventilador giraba amenazante haciendo un ronroneo repetido. Por suerte, su mamá lo había puesto muy despacio y las paletas daban vueltas lentamente. Carolina se acercó lo más que pudo y saltó la primera, hizo dos pasos cortitos y saltó la segunda, respiró hondo y saltó la tercera. Cayó sentada justo al lado de la cómoda. Sin embargo, no la veía. Tuvo que levantar la vista para descubrirla. El mueble estaba como atornillado en lo que ahora era el techo.

–¿Y ahora? ¿Cómo llegó hasta allá arriba?

Decepcionada, Carolina no podía creer que ese cajón que siempre había estado tan cerca de sus manos ahora fuera el más lejano.  Se estiró todo lo que pudo y ni siquiera alcanzó la manija del primero. Y estaba a punto de darse por vencida cuando vio la biblioteca llena de libros que se extendía como una escalera sobre la pared opuesta.

Pasó por encima del ventilador repitiendo sus tres saltos, pero esta vez cayó parada como una bailarina. Eligió algunos libros gordos y duros y volvió junto a la cómoda. Armó unos escalones con los libros y se subió haciendo equilibrio hasta que alcanzó la manija dorada del primer cajón. Se sujetó con fuerza y empezó a balancearse. Muy pronto pudo agarrar la segunda manija, y después la tercera, y por fin la cuarta y última. Carolina se sostenía con los pies en el aire. Abajo, la pila de libros empezaba a desmoronarse. Arriba, el último cajón empezó a ceder y deslizarse muy suavemente. Cerró los ojos justo en el momento en que una lluvia de lápices, botones, tarjetas, moños de regalo, y otras chucherías sin importancia le caían desde el cajón abierto. Se soltó y ella también cayó sobre los libros que terminaron de desparramarse. El cielo raso antes vacío y blanco, ahora estaba cubierto por todas las cosas que habían salido del cajón.

–¡Qué desastre! –dijo Carolina– Voy a tener que ordenar todo esto –pero en ese momento vio junto a su pie derecho el cuchillito de plata y se acordó de la torta de limón.

No esperó ni un segundo, lo tomó y fue directo a la lámpara. Saltó por tercera vez las tres paletas del ventilador y estaba por hundir la punta reluciente del cuchillo en esa torta que seguramente era de limón cuando la voz de su mamá la detuvo.

–Arriba, Caro, dormiste más de dos horas –y la habitación volvió a darse vuelta. El techo fue techo, el piso fue piso, y la lámpara quedó otra vez lejos y en lo alto. Carolina la observaba desde la cama, acostada boca arriba. ¿Qué gusto tendría?

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , | 5 Comentarios »

La memoria de los elefantes

Publicado por kareche en mayo 22, 2011

Luc-H-14 no podía recordar que hasta hacía dos meses había sido Luc-H-13. Al cumplir años su nombre había cambiado como cambiaba el de todos los seres humanos. Automáticamente y sin que el cambio provocara conflictos con la MP o Memoria Permanente.

Esto nada tenía que ver con el tratamiento antidolor de los últimos dos meses en los que había asistido a su CiberPsiq con absoluta puntualidad.

Ahora caminaba por la calle, hacia la casa de unos amigos para ver el último partido de la copa Intergaláctica de King-Ball, y se sentía ligero como un colibrí.  Un sol otoñal se derramaba suavemente y lo acariciaba sin sofocarlo. Era una mañana de lo más agradable.  Pasó frente al vivero y las manchas rojas y fucsias de los geranios le trajeron la imagen de telas estampadas y volados. No supo definirlo. Eran sensaciones dulzonas y antiguas. Una intuición tierna y vaga. Pero le gustó lo que veía y se quedó allí un instante admirando las flores.

Bordeó la plaza y se detuvo frente a las hamacas vacías. Todas permanecían inmóviles excepto una que iba y venía con lentitud aplacando un último vaivén. No pudo entender el motivo, pero tuvo la necesidad de esperar a que por fin frenara totalmente. Una imagen táctil, tibia y húmeda lo desconcertó sin explicaciones. Un sabor conocido se pegó a sus labios.

Apuró el paso, sentía el bullicio de las hinchadas por los parlantes públicos. El partido comenzaría en cualquier momento.

Sus amigos lo esperaban impacientes en medio de la teletransmisión tridimensional. Cuando Luc-H-14 llegó, el partido acababa de comenzar.

Entre bebidas sintéticas, golosinas y habilidosas jugadas, la tarde transcurría mansamente. Luc-H-14 estaba a gusto con sus amigos, como estrenando días. Se sentía despreocupado y liviano. La vida era a los 14 años una laguna serena y luminosa, en la que él podía echarse de espaldas y flotar haciendo la plancha. Nada lo hundía. Todo era suave.

—La memoria de los elefantes es tan inmensa como ellos— le había dicho el CyberPsiq en su primera sesión—. Y eso la vuelve una carga pesada. No es bueno recordar tanto, y absolutamente insalubre recordarlo todo. La ciencia moderna nos permite activar químicamente los mecanismos cerebrales de la memoria y el olvido, para labrar en nosotros recuerdos que solamente nos sean útiles para avanzar en la vida, que no se conviertan en lastre. En dos meses te sentirás como nuevo.

—Imposible —murmuró entonces Luc-H-13, porque entonces aún era Luc-H-13. Todo lo que había vivido estaba tan claro, tan densamente impregnado en sus vivencias, que no podría olvidarlo sin entregar parte de sí mismo. “Adherido a mi esencia” se dijo, “perderlo sería perderme”.

—Pamplinas —retrucó el CyberPsiq—. Créeme que sé de lo que hablo. Esto está probado y la experimentación de los últimos 20 años lo prueba.

El partido terminó 53 a 46 para los locales. Luc-H-14 y sus amigos festejaron con la ciudad entera hasta entrada la noche. Las calles iluminadas invitaban a compartir su alegría. Había música y hologramas animados por todas partes. Una inmensa rosa roja que se deshojaba provocó en Luc-H-14 una sensación extraña, indefinible. Pero la algarabía generalizada pronto lo hizo olvidar lo que no recordaba. El bullicio resultaba contagioso y analgésico.

Visitaron varios locales de realidad virtual antes de volver a la plaza. El aire aún no se enfriaba. Era una noche serena, sin lluvias de meteoritos ni estridencias luminosas. La gente se hamacaba en la placidez del momento, como presintiendo que era una clara excepción del clima, una de las últimas noches de un otoño con vestigios del verano que había acabado.

Entre la multitud de personas festejando, Caro-T-15 atravesó la plaza con un vestido estampado de geranios rojos y fucsias, cargado de volados.

Pero Luc-H-14 estaba curado y no supo reconocerla. No podía recordar que en las hamacas de esa misma plaza, un año atrás, ella le había dado el primer beso, tibio y húmedo. Tampoco recordaría que allí él le había dado una rosa roja que se deshojaba impiadosa entre sus dedos. Y menos aún, que tiempo después ella le había roto el corazón. La primera pena de amor puede ser un recuerdo-lastre, de esos que borra la terapia antidolor.

Luc-H-14 ya no podía recordarlo. Se sentía liviano como un colibrí. Flotaba casi. Sin embargo, la liviandad de repente le supo a vacío.

Karina Echevarría

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , , , | Deja un Comentario »

Por arte de magia

Publicado por kareche en marzo 12, 2011

 

Calibrí limpió su varita mágica con mucho cuidado. La última vez que le había dado por pasarle el lustra-muebles se le había resbalado de las manos y había terminado con los sillones del comedor convertidos en miniaturas de colección. Es que era una varita muy potente, de madera de caoba, lustrosa y suave, lo que hacía mucho más sencilla su manipulación, pero lo que también implicaba cierta precaución para evitar accidentes de magia involuntaria.

Esperaba detrás del telón, en el escenario del Teatro Municipal, su turno en la Competencia Anual de Magia y Prestidigitación. Lo suyo en realidad no era magia, así como suelen llamarla los magos de galera que se limitan a hacer trucos, a engañar a los espectadores. Calibrí era en realidad un potente hechicero, un mago auténtico, de poderes mágicos y conjuros, de pociones y varita. Su presencia en la competencia no era del todo legal después de todo. Le llevaba gran ventaja al resto, y sin duda se llevaría el trofeo con cualquier desaparición de primer nivel, sin tener que llegar siquiera a las transformaciones, a la transmutación o a la teletransportación.

-No deberías participar -le había dicho su esposa. Pero Calibrí había insistido en que ninguna cláusula del reglamento indicaba impedimento para magos auténticos como él-. Eso es lógico –insistió ella- porque no creen en la magia, ¿cómo prohibirían algo que para ellos no existe?

El caso es que Calibrí aguardaba su turno impaciente mientras acababa de lustrar con una franela su varita mágica. Hasta el momento se habían presentado los típicos trucos de todos los años: la mujer seccionada a la mitad, el conejo que salía de la galera, la desaparición de la paloma y aburridos juegos de cartas. Calibrí saboreaba anticipadamente su triunfo. Era tan fácil como quitarle un caramelo a un niño.

Durante los diez minutos que duró su presentación, Calibrí mantuvo al público con la boca abierta. Hizo la prueba de la levitación del elefante, con transformación en lluvia de papelitos de colores que cayeron sobre el público justo cuando esperaban recibir el peso del paquidermo en sus cabezas. Después hizo la transportación de un dragón desde las tierras de Dragonia, lo enfrentó solamente con su varita y lo convirtió en un fósforo que utilizó para encender una vela. La vela fue convertida en volcán, y cuando la lava comenzó a desbordar el escenario y los espectadores de primera fila se quitaban los abrigos chamuscados, convirtió todo en una nube de vapor que se voló por las ventilaciones. La gente aplaudía, gritaba, lloraba y reía ante la destreza de aquel prestidigitador. Sin sospechar, claro, que lo que veían no era un truco, sino auténtica magia.

Los participantes que siguieron a Calibrí recibieron abucheos y gestos de aburrimiento o burlas despectivas. Todos sus trucos parecían bromas de mal gusto. Algunos, incluso, se retiraron de la competencia para evitar el papelón. Solamente quedaba una mujercita de cabello oscuro y gruesos anteojos. Llevaba un vestido gris, un sombrero del mismo color y una canasta con un gato negro que dormía y ronroneaba sin enterarse de nada. Calibrí se sentó a esperar que la mujer acabara, con la alegría del ganador pintada en su sonrisa.

Pero no pudo ser.

Calibrí tuvo que conformarse con un segundo puesto. Su primo Augusto, sí, su mismísimo primo Augusto, el que había estudiado en la academia de arte dramático, el que había seguido todos los cursos de cultura musical por correspondencia, el que había terminado la carrera de arquitectura, el que solía transformarse en gato negro cada mes, le robó el primer puesto.

Es que no hay muchos gatos que reciten Shakespeare, toquen el piano y construyan una catedral gótica solo por arte de magia. Y tampoco había en el reglamento ninguna cláusula que impidiera la participación de un gato.

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , | 1 comentario

Las historias nunca se terminan

Publicado por kareche en diciembre 4, 2010

Mi tía Marta siempre cuenta unos cuentos maravillosos. Bah, en realidad los cuentos no son tan buenos, lo que pasa es que ella los cuenta de una manera especial, sabe darle vida a los personajes: hace voces extrañas tapándose la nariz, inventa caras de miedo, de alegría, de tristeza, y le encanta difrazarse y dramatizar la historia que nos cuenta

- Contanos un cuento, contanos un cuento, contanos un cuento… – mis hermanos y yo no la dejábamos en paz ni un segundo. Hasta que un día, estábamos por irnos a dormir cuando mi tía se cansó y nos dijo que se le habían agotado las historias y que ya no nos podría contar más cuentos. La miramos asombrados y dijimos:

- No puede ser, las historias nunca se acaban.

- ¿Ah, no? Pues a mí se me acabaron, ya no se me ocurren más historias que contar.

- Bueno, pero esto que nos decís podría ser parte de una historia, una historia en la que se acaban las historias.

- Esto me suena como el cuento de la buena pipa – protestó mi tía – y ¿se puede saber cuál va a ser el final de esta historia?

- Claro, los chicos van al kiosco y compran una bolsa de historias, entonces la tía las va sacando despacito de la bolsa, de a una, y como si fueran globos las infla con todo el aliento que lleva dentro, y la historia se va estirando, cambia de color, se eleva, flota en el aire, vuelve a bajar…

- Hasta que alguien la pincha y se revienta.

- Y sí, a veces pasa eso con las historias y con los globos, si se los infla demasiado, revientan, sobre todo si anda cerca alguien con un alfiler… Pero en nuestra historia eso no pasa, la tía empieza a contar los cuentos uno tras otro y al final, con el último los chicos se quedan dormidos… – no había terminado de decir esto cuando se me cerraron los párpados y me dormí. Mis hermanos roncaban hacía un rato largo. Pero entre sueños me pareció que mi tía hacía algo: con mucho cuidado desinflaba los globos y los volvía a guardar en la bolsa. Por eso yo sé que las historias nunca se terminan…

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , , | 1 comentario

Los guantes del pulpo

Publicado por kareche en septiembre 5, 2010

Cazuelo salió de su cueva furioso. Llevaba los ocho tentáculos desnudos y cada tanto se estremecía con un escalofrío. Largaba chorros de tinta y revolvía el fondo del mar provocando una nube densa y oscura.

- ¡¿Dónde están mis guantes?! ¿Quién se ha atrevido, en pleno invierno, a quitarme mis preciosos guantes de anémona? El que haya sido pagará por ello.

Los demás animales marinos, se hacían a un lado para dejarlo pasar y se miraban con sospechas y acusaciones. Provocar la ira del pulpo era muy peligroso. La última vez que se había enojado, había convertido el mar en un tintero, y nadie había podido salir de su casa durante días.

La ostra Perlina se abrió un poquitín, apenas unos milímetros y dijo:

- Yo tengo uno. – y se cerró inmediatamente, esperando que su vocecita se hubiera disimulado entre los murmullos generales.

El pulpo la tomó entre dos tentáculos y la sacudió violentamente.

- ¡¿Cóoooomo?! ¿Qué has dicho? ¡¡¡Repítelo ahora mismo!!!

- Perdone, Señor pulpo,… – burbujeó la ostra entre sacudones.

- ¡¡¡Insensata!!! ¡¡¡Atrevida!!! Robarme un guante, ¿Para qué quiere una ostra un guante de pulpo? Quisiera saberlo ahora mismo.

- Bueno, yo… quería… quería guardar mis perlas, y no sabía dónde. Además era el último que quedaba, yo pensé que un guante solo no puede ya servirle a un pulpo, ¿no le parece?

- No, claro que no, para eso tengo cuatro pares. Pero es usted igualmente una ladrona.

- Por favor, Señor pulpo, no me quite su guante. Es solamente uno, a usted no le alcanza, y si yo dejo mis perlas sueltas en el mar, los hombres me las robarán y todo mi esfuerzo será inútil…

- ¿Inútil? ¿Es que acaso las perlas sirven para algo?

- ¡Claro que sí! Los hombres las buscan para hacer collares, y son collares muy hermosos. Yo quiero hacer collares también, y poner una joyería bajo el mar. Pero si no protejo mis perlas, no lo lograré nunca, se lo ruego, no me quite su guante…

- Está bien, ya no lloriquee. Puede quedarse con el guante, después de todo es solo uno, y si recupero los otros siete, me daré por contento. – y diciendo esto, comenzó una vez más a dirigir miradas inquisidoras al resto de los animales marinos.

- Y ahora, ¿quién más confesará? ¡¿Dónde están mis guantes?!

- Ejem… eh… bueno… yo… este… – la vocecita de Ico, el caballito de mar, sonó en el medio del silencio. Todos giraron para mirarlo y vieron lo que llevaba en su cabeza: ¡un guante de pulpo!

- ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡Ladrón! Ya veo que lo llevas puesto como un bonete, ¡devuélvelo! – y con un rápido movimiento de tentáculos le arrancó el sombrero. Los animales se paralizaron al ver lo que el guante había estado ocultando.

- Pero – el pulpo estaba confundido – ¿qué le pasó a usted en la cabeza?

- Buaaaaaa….Buaaaaaaaaaa… buuuuuuaaaaaaaaa…, ¡me estoy quedando pelado! Mis bellas y doradas crines han desaparecido. Buaaaaaaaaa…

- Bueno, bueno – dijo el pulpo volviendo a acomodarle el guante como bonete – no haga tanto escándalo, después de todo yo soy calvo de nacimiento y no digo nada. Quédese con el guante nomás, con tal que aparezcan los otros seis estaré conforme.

- Gracias, snif, gracias, Señor pulpo. Y para devolverle este inmenso favor, le diré algo, yo he visto otro de sus guantes, en el bosque de corales, cerca de la playa, lo tenía un pez anaranjado, de labios gruesos y ojos saltones.

- ¡El pez Garibaldi! Me pagará la osadía, ya verá cuando lo agarre.

Inmediatamente el pulpo se impulsó con sus tentáculos rumbo a la playa. Todos lo siguieron en comitiva, por pura curiosidad, claro. Peces grandes y pequeños, camarones y langostinos, calamares y almejas, la ostra Perlina, Ico el caballito, el doctor Tiburón,  y hasta un pez espada de nariz torcida y desafilada, nadaban a gran velocidad. Como si fueran un prolijo desfile, giraban a un lado o al otro casi al mismo tiempo y en absoluto silencio. Detrás de sí dejaban una hilera de burbujitas que subían y desaparecían en la claridad de la superficie, lejos, allá arriba.

A medida que se aproximaban a la costa, el agua se fue haciendo más tibia y el sol hacía clarear las piedras y las plantas. Pronto entraron al bosque de corales y allí encontraron al pez Garibaldi, aleteando sobre el guante de Cazuelo. La primera intención del pulpo fue tironear de su prenda, pero antes que le fuera posible hacerlo, el pez naranja le ordenó:

- ¡Alto, Cazuelo!

- ¡¿Cómo?! ¿Te atreves a darme órdenes? Después de robarme, ¿te atreves a darme órdenes? Pescado insignificante, levántate de mi guante ahora mismo.

El pez obedeció al instante, y cuando se levantó, dejó al descubierto varias decenas de huevecillos transparentes. Todos los animales suspiraron enternecidos.

- Garibaldi está cuidando huevecitos, ¡va a ser padre!

- Así es – dijo el pez – y por eso tomé prestado su guante, Sr. Cazuelo, pero pienso devolverlo en cuanto hayan nacido mis pequeños.

- ¿Y cuándo será eso? – preguntó el pulpo impaciente.

- Exactamente en dos semanas. Entonces le devolveré su guante.

- ¡Ja! Para entonces mis tentáculos estarán congelados, de ninguna manera puedo permitirlo.

- Se lo suplico, Sr. Cazuelo, es la primera vez que seré padre y quiero que todo sea perfecto. Además con un solo guante, ¿qué puede usted hacer?

- Bueno, sí, eso es cierto, pero es que…

- Por favor, por favor… – suplicaron todos los animales a coro, y Cazuelo no tuvo más remedio que acceder a su pedido.

- Todavía me quedan cinco guantes, y tal vez, si los voy rotando, es posible que pase el invierno sin enfermarme.

La multitud de animales marinos decidió regresar hacia las profundidades del océano. Emprendieron otra vez la marcha, en silencio, y pensando cómo continuaría la búsqueda de los guantes. Y así iban, ensimismados, cuando se cruzaron con la Estrella Bella, con cara de preocupada y un termómetro en la mano.

- ¡Qué suerte que los encuentro! Estoy buscando al Dr. Tiburón, mi marido arde de fiebre y tiembla de frío, y yo ya no sé qué hacer.

El doctor Tiburón inmediatamente se ofreció para revisar al enfermo.

- Pero, ¿y mis guantes? – preguntó el pulpo que había pasado de la furia a la decepción y estaba por ponerse a llorar.

- Usted comprenderá que esto es una urgencia – dijo imperativo el doctor – después seguiremos buscando sus guantes. – Y toda la comitiva se dirigió a la gruta de las estrellas. Allí encontraron al marido de Bella. El pobrecito tiritaba y para abrigarse se había puesto en cada una de sus cinco extremidades lo primero que había encontrado. ¿Y qué era esto? Pues nada más y nada menos que ¡los cinco guantes de Cazuelo!

- ¡Esto es el colmo! – bramó el pulpo – ¡Mis preciosos guantes de anémona!

- Por favor, Sr. Cazuelo, mi marido está muy grave, podría morir, no grite ni se enoje.

- Sería muy peligroso desabrigarlo. – confirmó el doctor – al menos por un par de días debe permanecer abrigadito y en reposo.

- ¡Un par de días!, pero estamos en pleno invierno, ya tengo la piel de gallina y no puedo disponer de mis guantes. Acabaré enfermándome yo. – protestaba Cazuelo. Y tenía un poco de razón. El pulpo era muy sensible a los cambios de temperatura y nunca había pasado un invierno sin sus preciosos guantes. Los animales estaban conmovidos. Más allá de su mal carácter, Cazuelo había sido muy generoso con la ostra, con el caballito de mar, con el pez y con la estrella. Pero ahora sufría las consecuencias de su generosidad.

- ¡Atchiiiiiiisssss! – estornudó Cazuelo y dejó escapar un chorro de tinta. – Creo que empiezo a resfriarme,…

- Tengo una idea, – dijo un camarón pequeñito – nosotros le tejeremos cuatro pares de guantes de algas.

- ¿En serio? ¿Y cuánto tardarán?

- Apenas un ratito, ya verá, somos muchos y lo haremos enseguida.

Inmediatamente se juntaron veinte, treinta, cuarenta y hasta cincuenta camarones. Empezaron a hacer ovillos de algas y a entretejerlas con una velocidad asombrosa. Subían y bajaban, iban de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Las algas se cruzaban, se trenzaban, se unían y separaban formando un tejido suave y mullido.

Cuando terminaron, Cazuelo se probó los cuatro pares. Le quedaban perfectos, a la medida.

- Son hermosísimos, y mucho más suaves que los de anémonas. Han hecho un trabajo excelente.

Los camarones se pusieron colorados de orgullo. Cada uno de los animales marinos asintió satisfecho y regresó a su hogar. Y así Cazuelo tuvo unos hermosos guantes nuevos ese invierno.

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , | 1 comentario

Destino antroponímico

Publicado por kareche en julio 17, 2010

Adelina Marina Rovina odiaba la rima. Su nombre, por lo tanto, era su peor desgracia, la única en realidad.¿Qué culpa tenía ella de haber heredado el nombre de sus abuelas? ¿Cuál era su responsabilidad en el apellido italiano del abuelo que venía a coronar como la cereza del postre dos nombres rimados? ¡Qué injusto el destino que venía a llamarla de ese manera redundante y monótona!

De pequeña le hubiera gustado aprender a tocar la mandolina, pero con sólo imaginar la presentación de su primer concierto: “Y en la mandolina, Adelina Marina Rovina”, había desistido inmediatamente. En el jardín de infantes no se atrevía a tocar la plastilina, temiendo que alguien le dijese: “Dejá la plastilina, Adelina Marina Rovina”. No hubiera podido soportar semejante vergüenza.

Nunca pudo comprar mandarinas en la verdulería del barrio, ni harina en el almacén, ni aspirinas en la farmacia. Descartó el sueño de ser bailarina, ignoró sus dotes de adivina y negó su natural inclinación por la cocina. Nunca viviría en las Malvinas, ni tomaría Hesperidina, ni comería sardinas. Eran tantas las cosas que Adelina había descartado a causa de su nombre, que por eso lo odiaba tanto.

Cuando cumplió dieciséis años, Adelina supo que el nombre podía cambiarse, sólo debía esperar hasta la mayoría de edad. Entonces sí sería libre de hacer lo que quisiera: abusar de la sal fina, comprarse una mascota felina, navegar una lancha a turbina, gritar de esquina a esquina que no era una asesina sólo por matar una rima. Porque en el fondo, a pesar de que ella sentía tanta inquina no podía renegar de la culpa inquilina que la embargaba ante la idea de cambiar su nombre.

Al cumplir los dieciocho, Adelina fue al registro civil y tras un trámite burocrático pasó a ser Teresa. Al principio se sintió feliz, eso era lo que siempre había deseado. Sin embargo, casi inmediatamente empezó a sentir que algo le faltaba. No lograba darse cuenta de qué era. Quiso espantar, como un mal sueño, esa tenue desazón que parecía abrirse en el fondo de su estómago. Pero no pudo. Al cruzar la calle, frente a la vidriera empañada de una rotisería, como una sutil nostalgia de algo perdido, con la expresa certeza de lo irrecuperable, comenzó a sentir el deseo de comer milanesa…

Publicado en cuentos | Etiquetado: , | 3 Comentarios »

Mensajes lejanos

Publicado por kareche en junio 7, 2010

“Mi nombre es Juliana, quisiera que fueras mi amigo. Si te gusta la idea, escribime, mi dirección está al final de este mensaje.” Eso decía el papelito que Juliana había enrollado y metido en una botella. Caminó por la playa más de una hora, hasta encontrar el lugar apropiado para lanzarla al mar. Recorrió el espigón completo y llegó hasta la parte de las piedras, donde no había turistas ni pescadores. Se internó lo más que pudo mojándose las zapatillas con la espuma que trepaba entre las rocas. Con un impulso que casi le cuesta un chapuzón, arrojó el mensaje. Su mirada cristalina y luminosa siguió por unos minutos el rumbo de la botella que flotaba alejándose, después la perdió de vista.

La semana siguiente la pasó imaginando el posible destinatario de su invitación. Calculó distancias, velocidad, dirección de las mareas y concluyó que su carta podía llegar a cualquier región entre el Amazonas y Ushuaia en unos veinte días, y casi a cualquier rincón del planisferio con un poco más de tiempo. La idea de tener un amigo desconocido en otra parte del mundo la llenaba de ansiedad y no pasaba un día en que no revisara el buzón por lo menos dos o tres veces.

— Ojalá me escriba antes de mi cumple, si no vive lejos lo invito —se dijo a sí misma, aunque en el fondo soñaba con que su amigo viviera lejos, muy lejos, en algún lugar exótico. Lo imaginaba con turbante en medio de un desierto. Otras veces lo creía bajo un grueso abrigo en medio de la nieve. Lo soñaba de su edad y de las otras edades, varón y mujer, alto y chiquito, gordo y delgado, rubio casi albino y negro como el carbón. Siempre lo pensaba y no se cansaba de pensarlo.

Llegó su cumpleaños, y hasta último momento Juliana guardó un globo y una bolsita. Tuvo una porción de torta en el freezer durante un mes entero. No había noticias del amigo, quizás no pensaba escribir, sino caer de sorpresa un día y tocarle el timbre y contarle cómo la había imaginado a ella misma, su amiga lejana. A veces la asaltaba el temor de que la botella se hubiera roto en los acantilados y el mensaje borrado por completo. ¿Había sellado bien el corcho? ¿Y si se llenaba de agua y se hundía para siempre? Pero trataba de alejar esas ideas de su cabeza.

Pasaron varios cumpleaños. Las playas se llenaron de turistas en los veranos para después quedar despojadas en invierno. La jornada de ocho horas en el correo le dejaba a Juliana poco tiempo para pasear por la orilla, algo que siempre había disfrutado de pequeña. Sin embargo, ocasionalmente lograba escaparse temprano para ver la caída del sol sentada en la arena. A veces se acordaba de la botella y sonreía, sintiendo una extraña ternura por aquella aventura infantil. Su mirada, algo más opaca y oscura, entonces se escapaba por el espigón para terminar trepando al horizonte en busca de algo indefinible.

Un día estaba separando la correspondencia cuando encontró aquella carta. Un sobre amarillento, de letras borroneadas por la humedad y las inevitables peripecias de un largo viaje. Apenas pudo leer su nombre y dirección en el lugar del destinatario. El remitente resultaba ilegible. Adentro, un papel escrito con letra apretada en una lengua que nunca nadie supo identificar. Una foto turbia pero visible mostraba a una nena de unos ocho o nueve años, con largo cabello rubio que le cubría el torso desnudo y una plateada cola de pez que se apoyaba suavemente en una piedra. Desde la fotografía, una mirada cristalina y luminosa la interpelaba a la distancia. El resto era la inmensidad celeste del mar.

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , , | 3 Comentarios »

La hormiga música

Publicado por kareche en mayo 20, 2010

Cuando Emilia anunció que sería música, las demás hormigas se quedaron pasmadas.

—¡Eso es imposible! —gritó una.

—Jamás en la vida ha habido una hormiga música.

—Entonces yo seré la primera —dijo Emilia cada vez más contenta.

Las hormigas vivían justo debajo de la sala de ensayos de la Orquesta Municipal. Por las noches salían de su hormiguero y buscaban restos de comida entre los instrumentos y las partituras que parecían abandonados.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cómo vas a hacer música vos?

Emilia todavía no lo tenía decidido, así que empezó a pensar y dijo:

—Instrumentos de viento: creo que empezaré con la flauta, el saxofón o la trompeta.

—No tenés suficiente aire en los pulmones, ¿no has visto como inflan los cachetes los músicos de la orquesta? Vos no tenés espacio para albergar tanto aire.

—Es cierto. —admitió Emilia—. Entonces… percusión, ¿qué tal los platillos, o el tambor o la pandereta?

—¡Ay, Emilia!, qué tonta que sos. ¿Cuántas veces hemos caminado sobre estos instrumentos? —preguntó un hormiga gorda que justo estaba parada sobre la batería y había comenzado a dar grandes saltos. — ¿Acaso escuchás algún ruido? Vos, que sos más pequeña y ligera que yo, ¿cómo pensás hacer sonar una nota siquiera?

—Es verdad, —aceptó Emilia— me falta fuerza para esto. Pero, ¿qué tal con las cuerdas? Podría ser el chelo o la guitarra o el violín…

—¿Ah, sí? ¿Y con qué dedos si se puede saber?

Emilia miró las pinzas de sus extremidades, no servirían para las cuerdas.

—Dejá ya de soñar y terminemos de juntar las miguitas que los músicos dejaron después del ensayo, que ya pasa de la medianoche.

Las hormigas hicieron la recolección de las migas y en fila india volvieron al hormiguero. Todas, menos Emilia, que se subió al atril del director y empezó a caminar por los pentagramas llenos de notas. De repente, el músico entró y sin dar tiempo a nada cerró su cuaderno con todas las partituras de un golpe. Emilia quedó adentro, aplastada entre las hojas.

Al día siguiente, cuando empezó a dirigir la orquesta, el director descubrió una nueva nota en el pentagrama. La marcó y la orquesta la tocó, clara y vibrante. Emilia, por fin, era música.

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , , | 3 Comentarios »

Gotas de lluvia

Publicado por kareche en mayo 1, 2010

El cielo se puso gris de a poquito. Cada vez más oscuro, cada vez más lleno de nubes esponjosas, algodonosas, gordas y grises. La gente tuvo que encender las luces de adentro de las casas y los chicos pegaron las narices en los cristales de las ventanas para ver la lluvia que muy pronto comenzaría a caer. Las mamás cerraron las puertas y ventanas justo cuando el viento empezaba a levantar hojitas y tierra de las calles formando remolinos en las esquinas. Salieron los paraguas de los rincones, los pilotos de los armarios y las botas de goma de los placards.

Un relámpago iluminó de pronto el cielo y los chicos cerraron los ojos como si les hubieran sacado una foto. Después vino el trueno que hizo retumbar todo: cristales, puertas, ventanas y narices también.

Desde el cielo, como con paracaídas empezaron a bajar dos gotitas jóvenes y transparentes. Una de ellas le dijo a la otra:

- ¡Cómo me gustaría caer en un río! Entonces me convertiría en agua de su cauce, agua de río, y sería el hogar de los peces y las ranas, y los chicos en el verano me buscarían para bañarse y jugar conmigo, ¡sería tan divertido!

La otra dijo:

- Yo quisiera caer en la tierra y ser absorbida por la raíz de un rosal y transformarme en una rosa. Un señora me llevaría a su casa, me pondría en un florero y me convertiría en el centro de mesa más bello. Todas las visitas le dirían : “¡Que flor más hermosa!”

La primera entonces dijo:

- Si no, podríamos caer en una montaña y mezclarnos con el agua de las vertientes y calmar la sed de los alpinistas que suben con tanto esfuerzo hasta la cima.

- ¿O por qué no en una piscina? – volvió a sugerir la segunda – Entonces jugaríamos todo el tiempo con los chicos que practican natación.

Tan entretenidas estaban soñando dónde caerían que no vieron que los chicos habían salido a la puerta esperando la lluvia. Y cayeron en las narices de los niños, resbalando hasta la punta y haciéndoles cosquillas. Los chicos se rieron a carcajadas, y las gotas también.

Karina Echevarría

Publicado en cuentos | Etiquetado: , , | 10 Comentarios »

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 28 seguidores