Caramelos de menta

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Los únicos caramelos que no me gustan son los de menta. Cuando me equivoco y sin saber, o sin querer, como un caramelo de menta, siempre me pasa lo mismo. Me empieza a picar la lengua, los ojos se me ponen rojos, se me caen dos lágrimas y con un estornudo el caramelo se me escapa de la boca y sale disparado como el hombre bala del circo cuando hace su número.

Ese día mamá me pidió que fuera una niña educada – en realidad siempre me lo pide -, pero ese día me lo dijo varias veces. La razón de tanta insistencia con el tema de mi educación era que venía de visita una tía abuela mía, tía de mi papá, y parece que era una señora muy fina, muy elegante y seguramente muy aburrida.

Yo iba a decirle a mi mamá que si en seis años no me había educado bien, que no pretendiera educarme en cinco minutos, pero ella estaba tan enloquecida con el mantel de encaje que yo acababa de manchar con jugo de naranja, que decidí callarme. La tía llegó. Era una señora flaca y estirada, con un abrigo muy suavecito que olía a naftalina. Después supe que era un tapado de visón, y pensé que los visones serían unos animalitos muy felices de vivir acurrucándose uno junto al otro. Igualmente después de acariciarlo varias veces con mi mano llena de dulce de leche, ya no me parecieron tan felices los visones.

La tía me dio dos besos y me dejó los labios marcados en cada mejilla. A mí empezó a dolerme el estómago cuando escupió en un pañuelo para limpiarme sus besos, y corrí la cara cuando se me acercaba con el pañuelo. Mi mamá me agarró del brazo y me dijo en voz baja: “A partir de ahora aceptás todo lo que te diga tu tía y decís gracias”. Lo que me convenció no fue tanto su voz, sino la firmeza de sus dedos en mi brazo.

Y entonces pasó lo que pasó. La tía sonrió con todos los dientes, todos los que tenía porque le faltaban algunos, metió la mano en el bolsillo y sacó un caramelo de menta. Yo lo acepté y le di las gracias.

Mientras me lo llevaba a la boca pude ver como si fuera una película en cámara lenta la cara de espanto de mi mamá que ya presentía la tragedia, la sonrisa de la tía cada vez más cerca y con más dientes, y finalmente mi enorme estornudo, el disparo fatal y un diente de la tía volando por el aire junto con mi caramelo de menta.

Karina Echevarría

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Acerca de kareche

Escritora y editora. Profesora de castellano y Literatura. Especialista en Literatura infantil y juvenil.
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2 respuestas a Caramelos de menta

  1. Juan dijo:

    ¡Muy bueno! Sí, era el que había leído, pero me gustó rememorarlo. Imagino que habrá más ;-)

  2. Gisela dijo:

    Me encantó,…. realmente me lo imaginaba en camara lenta la madre diciendo noooo!!!!! y la vieja con la boca abierta y el diente volando ja.ja.ja.

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